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LA CORTE DEL KAISER A MERlcAN- BAR Poco á poco toüG va americanizándose en Berlín... E i los barrios modernos las calles y- Y son inmensas, tiradas á cordel, con pequeñas peíouses en el centro... Los escaparates dé los comercios se abren inundados de luz como las puertas dé un horno... Los sastres imponen los talegos deformes de la moda yanqui, y los zapateros nos calzan al gusto de los neoyorquinos. Todo es americano en Berlín, y la corte del Kaiser dentro de algunos años, más que u n a capital de Europa se nos antojará una villa como Chicago, San Luis ó Filadelfia. Faltaba el bar á la americana, y hele aquí lujosamente instalado, ricamente servido y, como todo lo que es original y nuevo, llevándose á la gente de calle. Y ¿por qué no? El American- Bar s elegante es confortable, es simpático... Las muchachas alegres, que en Berlín f o r m a n u n a legión q u e asusta, acuden á él animáni HElS dolé con sus risota P WlH? jáf 3.8 sonoras y fresj r j. f OHEI cas. Todas las Lully, todas las Mitza, t o das las Elly del mundo galante berlinés van á pa; a r u n a hora eu el American- Bar k la salida del teatro y á beber una copa de cliampagne, apoyadas en el dorado barrote del mostrador, en tanto que comienzan el inocente ó pecador Zzr ís, que estas cosas del flirt se sabe cómo empiezan, pero no hay quien íjdivinar pueda nunca cómo acabarán. Lully, Mitza y Elly han revoloteado por el promenoir de los teatros á la moda paseando sus elegancias un poco chillonas, luciendo las toilettes Directorio qu ahora hacen aquí fu. ror, dándose envidia unas á otras... Después vienen á concluir la noche en el American- Bar... ¡Oh, no os asustéis! Son muchachas de buenas costumbres... A las doce d é l a noche so meterán en un laxi- auto y se retirarán pacificamente. ¡No hay que jugar con la salud! El American- Bar es u a lugar frecuentado principalmente por extranjeros. Los berlineses sólo acuden á él los sábados por la noche, porque al día siguiente, domingo, no hay que madrugar para ir al escritorio, al taller ó á la fábrica. ¡Y hay que verlos un sábado invadir el American- Bar con una sed de condenados, y dispuestos á beberse todas las existencias del establecimiento... En vano Lully, Mitza y Eiíy los confunden lanzándoles miradas- ta paces de resucitar á un difunto... Ellos no tienen en aquel momento otra ocupación que vaciar botellas, hacer mezclas de vinos y ver quién resiste más... Sus ojos acarician amantes los panzudos frascos, sus manos se deslizan suaveinente á lo largo de las altas copas de cristal, y saborean el vino con delicia, con éxtasis, entornando los párpados beatamente y abriendo eFgaznate de par en par... ¡Oh, cómo los desprecian Lully, Mitza y Elly! ¡Con qué desdén miran á estos hombres gordos, pesados y ruidosos, que hablan á gritos, ríen con el estómago y... no hacen caso de las muchachas bonitas! Parg, vengarse de ellos, las alegres muchachas berlinesas buscan al extranjero. Todas tienen recuerdos, ya dulces, ya amargos, de extranjeros amantes. Lully piensa sin, cesar en un parisiense que la juró amor eterno y desapareció un buen día... Mitza se perece por los italianos, sobre todo si saben cantar las melosas rómancitas de Tosti... Elly sueña con ser la favorita de un pacha. ¡Los turcos la enloquecen! Y los pobres berlineses, que al llegar al American- Bar se encuentran aislados y ven que las mujeres huyet de ellos como de la peste, se consuelap bebiendo y cantando alegres canciones estudiantiles, mientras el amot se aleja asustado de aquellas mesas, donde sólo triunfa el cuello esbelto de las botellas de Rhin... ¡Vamos! ¡Vamos al Rhin! -cantan patrióticos. ¡A bebéroslo! -murmuran Luüy, Mitza y Elly. JOSÉ JUAN C A D E N A S DIBUJO DE GINEK