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í B -Ais í. ¡s 1 ñ -4 t- L ÍWW H K- íí f 3 gPÍ ¡J E RDIMIENTO celes de Holbein... Yo, amigo mío, debo confesárselo, odiaba á Eva con una pasión y una saña que hoy me sorprenden; me era imposible perdonarle la hermosura de su pelo. Por las tardes, en el jardín, el sol hacía brotar chispas de las trenzas de oro; aquellas chispas de luz irisada me quemaban, y para vengarme no desdeñaba medio de molestará Eva... Nada más dulce jara mí que, aprovechándome del tumulto del juego, tirarle de las trenzas, y después, riendo nerviosamente, ¡luir... Como éramos varias las envidiosas, Eva casi nunca lograba encontrar á su verdugo... Hubo niñas que con tinturas quisierou vencer al pelo d Eva; fué imposible: aquel matiz de sol de crepúsculo no había químico que lo consiguiese... Yo, desdeñosa, no modifiqué ea nada ffli peló vulgar, ni rubio ni negro... Hice más, ya verá usted... Después de sufrir mucho, después de decidirme y arrepeutirme mil veces, una noche, ¿no lo adivina? -No. -Tomé unas tijeras... -Anita, por Dios... ¿Y lo hizo usted? -Lo hice; sí, señor... La sorprendí dormida, y sin que su parecido con un ángel me detuviese, sin lástima, implacable, fríamente... -Anita, éso fué un crimen... ¿Verdad que sí? Un crimen horrible... Hoy m. e daría menos miedo hundir un puñal en la carne... Aún me estremece el cric- cric de las tijeras, que se resistían á destruir tanta hermosura... ¿Y después? -Nada... Me retiraron de la pensión... Hubo allí días de duelo... No quiero recordar... Pero dígame, ¿no tengo derecho á los remordimientos? ¿No soy... mala? Y como. no era oportuno hablarle á Anita, tan novelesca y tan ingenua, de la psicología de los niños delincuentes, y como ella deseaba que la condenase, le contesté: -Sí; debe usted tener un remordimiento atroz. El crimen de usted es peor que los que dejan huella de sangre; es un crimen exquisito y temible por su perfidia y por su frialdad... Anita sonrió coinplaciáa... Yo era exagerado y era cruel por galantería. Para no parecerle trivial, no le pregunté por las trenzas muertas de Eva: hubiese dado ínilcho por admirar aquel raatiz de sol de crepúsculo que en un tiempo había torturado los pinceles de Holbein. ALBERTO I N S Ú A DIBUJO DE FRANCÉS T DESPUÉS del té, Lucrecia de Oca, aficionada á las conversaciones extravagantes, digna por su palidez y su pose pensativa de figurar en una narración de Hoffman ó de Poe, inició un tema inquietante: el de los remordimientos... Distraída frente á un espejo, con una sonrisa de escepticismo de buen tono, aseguró: -Ninguno de ustedes está libre de ellos. Todos hemos cometido alguua vez un crimen, una perversidad. A todos nos sigue la sombra del remordimiento... A ver quién dispara la primera piedra... Si tuviésemos el valor de descubrirnos, ya verían ustedes... Alguien repuso: ¿No exagera usted. Lucrecia? Sólo poniéndose en un plano muy elevado de moral, sólo comparando la arcilla humana con el espíritu del Creador puede encontrarse ea todas, absolutamente en todas las conciencias, como usted pretende, un lugar tenebroso... No sea usted cruel; no llame crímenes á pequeñas faltas, á impulsos disculpables de nuestros instintos y pasiones... Entonces Anita Olmos fijó en mí la mirada candorosa de sus ojos verdes, y apartándose de la conversación general, me dijo: -Pues vea usted casi tiene razón Lucrecia... Yo, al menos, tengo remordimientos, y de seguro parezco la persona más inocente y más buena de cuantas estamos reunidas, -Y lo es usted, Anita. -Para que deje de creer eso, voy á contarle mi crimen en secreto... Usted sabe que yo me eduqué en Berna en una pensión. Mis compañeras de colegio eran principalmente suizas y alemanas, niñas muy blancas y muy rubias, como la nieve y como el oro... La más bonita se llamaba Eva; había nacido en Basilea... Preciosa: los ojos, como dos esmeraldas muy claras; el color, blanco pálido; los labios, finos, muy rojos... Pero sobre todo, el pelo... Era una madeja de oro; no le puedo decir á usted el tono exacto: ¿cha 7 npagite? ¿vaiesí, ¿el oró viejo d é l a s onzas? ¿el oro de estas pulseras? -y mostraba las que fulgían en sus brazos niveos, -no sé, no le puedo decir á, usted el tono exacto... El pelo daba envidia... Y fascinaba... Eva lo partía en, dos trenzas que lé pasaban, con mucho, de la cintura, y lo adornaba con cintas azules... Parecía una princesa ó un hada del Rhin. Los cabellos blondos de sus abuelas habían torturado los pin-