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llL V O g) m l! L B 1 QS célebres aviadores hermanos Wrigth van á vol- ver loca á media humanidad, si es que todavía hay media humanidad con juicio. -La obsesión del aeroplano es actualmente una verdadera obsesión. Las revistas t r a n j e r a s apenas si hablan hoy de otro asunto. En las. conversaciones familiares se discute con fasión la posibilidad del problema. La suprema elegancia consiste en estos tiempos en poseer un aparato aviador. Hubo una época en que la moda se pronunció por lo extraplano. Hoy todo tiene que ser aeroplano. Dentro de poco, la persona que no tenga atado al balcón de su casa su corre. pondiente chisme para volar, será despreciada por sus semejai- tes. Hasta ahora había sido signo de riqueza, de gusto y de sport poseer un automóvil ó patronear un balandro. Afortunadamente eso ya pasó. La conquista de la tierra y la conquista del agua son un par de conquistas fáciles. Hoy es preciso volar. Y el que no tenga aeroplano, no es nadie. Varias bodas se han deshecho recientemente por haberse cruzado entre los prometidos el siguiente diálago: -Y tú, Arturito, ¿con qué cuentas para casarte... -Pues con un corazón tierno y una mediana fortuna... ¿Y aeroplano? ¿No tienes aeroplano... De los dos hermanos Wrigth, uno se medio matd en reciente experiencia; pero el otro, qwt: goza de perfecta salud, y es pot lo visto el vivo de la familia, ha ideado la construcción de una serie de aeroplanos destinados á la venta. Claro que estos aparatos estarán al principio por tas nubes, mas con el tiempo abaratarán, y habrá hasta aeroplanos de punto para alquilados por los que no puedan poseerle propio. Es seguro, pues, que en tiempos venideros podremos todos gozar del aeroplano. Hoy por hoy significa un grave desembolso adquirir uno cualquiera de los seis únicos aparatos que, al precio de 40.000 pesetas cada uno, ha puesto á l a venta Vilbur Wrigth. Y significa además un gran peligro. Porque el que se gaste ese dinero y le salga malo el armatoste... se ha caído. Pero dejando á un lado esta parte industrial del problema, lo cierto es que hombres, mujeres y niños están hoy locos con la idea de sus posibles vuelos. La mujer es la más entusiasta de este prodigioso invento. Las damas se mueren por volar. Son pájaros que suenan con tender sus alas por los espacios azules. Las señoritas románticas, sobre todo, están encantadas con la idea de que llegará día en que el hombre podrá raptarlas en aeroplano. Huir del nido paterno, y huir volando de dicho mdo, ¡qué mayor felicidad... Muchas niñas cloróticas están á punto de perder el juicio. Las hay que se lian enamorado platónicamente de Wrigth, y escriben tarjetas postales á su Vilbur un día sí y otro no. Claro es que el frmoso J- -No, vida mía. Nosotros no podremos remontarnos tanto. -Entonces hemos concluido... Y, efectivamente, el enlace se deshacía. Esto prueba la gran importancia que para todo el mundo debe hoy tener la adquisición de aparatos aviadores. Adquisición que, por cierto, será en breve cosa muy fácil. nauta, ocupado en sus experiencias científicas, no las contesta; pero ellas siguen escribiendo al hombre pájaro y soñando con que de un momento á otro va á Viajar por el aire y se las va á llevar lejos, muy lejos, entre nubes blancas y celajes rosa... ¡Pobrecillas... Será preciso caminar con cautela en esto de proveer á las señoras de aparatos voladores. ¡Buena es la mujer para darla alas... O se vuelve soberbia ó se convierte en loca. En ambos casos es digna de lástima. Y no son sólo las mujeres Jas que se han chiflado con esto de la aviación. Un sinnúmero de hombres han perdido la tranquilidad desde que tal problema está planteado. Los sa-