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i íF líbMMoii X; ifv j w. LAS IGLESIAS ALDEANAS jÁs de una vez he detenido mis pasos ante el pórtico de tina vieja iglesia en esos días abrumadores del estío. ¡I,o s pueblos vascongados son tan atrayentes y tan característicos, metidos como están en lo profundo de una encañada ó en mitad de un frondoso valle! Y de esos amables, reconcentrados pueblos vascos, ¿qué cosa más característica y predominante que su inmenso templo con su alto y macizo campanario erguido á la manera de un torreón marcial? Y dentro de esas macizas iglesias, ¡qué sombra tan amigable y qué íntima paz! Si entráis á la hora de la tarde, cuando el sol va de vencida, os creeréis sumidos en un lago de quietud. Como la mística vascongada es de esencia muy severa, pa. ra alurnbrar la alta nave no existen sino raras y estrechas ventanas, de modo que- en aquel religioso ámbito siempre reina una vaga y reconcentrada penumbra. Y los ruidos de la calle ó del campo se han quedado fuera, mientras que dentro se escuchan únicamente el chirrido de las lámparas, el pisar tácito de alguna mujeruca, el tintineo argentino de un reloj que no se sabe en dónde está. Allí dentro se siente uno bien, se siente uno calmado, tal como si lo hubieran sumergido en olas de silencio. Se olvida uno de si mismo, hasta se olvidan las mil futesas que envnelven la vida de nosotros, hombres civilizados: tanto la política como los automóviles, el ruido y la controversia, todo se olvida. El álnla flota, se mece y ondula igual que si se hubiera desprendido de la materia. Y van entrando los fieles. Son mujeres casi todos los rezadores. ¡I, a mujer es la eterna alma triste que busca eti el rezo una compensación á las groserías y fracasos del amor del hombre... Van llegando suavemente una tras otra, envueltas en su pañuelo ó en su velo de crespón; traen su vestido negro; traen también una especie de cirio muy delgado de ccilor amarillento, el cual cirio, que por su delgadez llamaremos cerilla está enroscado en forma de rueda. I as mujerucas encienden sus cerillas las dejan sobre el suelo, y ellas se arrodillan detrás y oran. Entonces la iglesia aldeana adquiere un carácter místico de una fuerza y un encanto maravillosos. Todo está en silencio; nadie perturba la paz con bruscos movimientos ni con vanos ruidos. Arrodilladas delante de sus cerillas rumiando interiormente sus oraciones, las mujeres aparecen como sombras inmóviles, como figuras extáticas; entre la negrura de los vestidos amarillean las lucecitas de las candelas votivas. Diríase una congregación de muertos cuyas almitas estuvieran temblando aún ante los cuerpos á manera de luces antes de hundirse en el misterio de lo infinito. J. M. a SALAVERRIA. DIBUJO DE KEGIDOR