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J Ij j í 5 iítíF. í s, Tlíf i- o i XviLS T i O J j L s eKCJLe p L NiSo, ¿Qué es aquello que vuela? ¿Es una flor, un ave, una mariposa... E L HOMBRE. -No es ni fior, ni ave, ni mariposa; es una hoja que se ha secado y que ahora cae á tierra. He ahí la señal más clara del otoño, así como la demostracióu más absoluta de la muerte. A las hojas les ha llegado su turno. Nacieron de un beso del sol, se convirtieron en flores, de flores pasaron á hojas; los pájaros venían á cobijarse bajo ellas, el viento las movía alegremente, la luz les prestaba su brillo encantador. Pero han cumplido ya su misión; la misión que el destino las diera se ha consumado; han dado alegría al campo, flores al viento, frutos al hombre. Ahora, ya lo ves, las hojas se resignan á morir, y caen á tierra, al seno de donde nacieron, á la madre que las nutrió y que les servirá de sepulcro. E L NIÑO. ¡Triste cosa... E L HOMBRE; ¿Por qué llamas triste á ese fenómeno? Nada existe bajo el sol que sea tan lógico y tan necesario como el círculo de la vida y de la muerte. Las cosas vienen á la vida para morir; aún podríamos decir que el fin de la vida es la muerte... y también acertaríamos si dijésemos que el fin de la muerte es la vida. Éa vida y la muerte son los términos de un círculo eterno, que se buscan, se encuentran, se separan y vuelven á encontrarse. E L NIÑO. ¡Pero el morir es tan triste, es tan triste... E L HOMBRE. -Si no tuviéramos por costumbre el considerar los hechos á través del cristal de nuestro egoísmo, la apariencia de los fenómenos que bullen en nuestro rededor variaría completamente. Pero miramos al mundo con- los ojos de nuestro egoísmo, y á cada paso nos asalta la tristeza. Nuestro egoísmo no quisiera morir nunca... Pero veamos, pobre niño: si los primeros seres de la creación no hubiesen querido morir jamás y hubiesen logrado su deseo, ¿qué es lo que hubiese ocurrido? Ocurriría que no se hubieran muerto, y al no morir, nosotros, sus descendientes, no existiríamos ahora. Porque has de saber que la ley de la vida exige que unos perezcan para que otros nazcan; sin muerte no existiría vida, y es necesario que cada cual, luego de haber ocupado un puesto en el mundo, se retire humildemente para dar lugar á que sus hijos ocupen aquel puesto. De manera que el acto de morir es un acto de amor. Muriéndonos nosotros, traspasamos la vida á nuestros hijos. ¿Qué ocurriría si al encontrar una fuente estuvieras bebiendo su agua horas y más horas, ocupando el manantial con celo constante? Ningún semejante tuyo podría beber de aquel agua, y tus hermanos se morirían de sed. Ahora bien, bebe del agua, sacíate, recréate cuanto puedas, y deja luego que beban tus sucesores. Mira esa hoja. ¿Has visto con qué humildad se abandona á su destino y cómo se entrega á la voluntad del viento, brazo del destino, que la condena á morir? Ni se queja, ni llora, ni se rebela. H a vivido, ha cumplido su misión, muere. Y al morir, sirviendo de abono al árbol donde naciera; hará que en Abril revivan nuevas hojas, hijas suyas en le rueda de la vida... ¡Qué noble sacrificio y qué sabia resignación: Aprendamos los consejos de las hojas. JOSÉ M. a SALAVERRIA