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LA CORTE DEL KAISER Los alemanes adoran á estas dos estrellas que iluminan el cielo del arte berlinés. Una, Geraldiiie Fairar, triunfa en los imperiales teatros. La otra, Frilzi Massary, enloquece al público que asiste á los teatros alegres. Y los retratos de ambas llenan los escaparates, y sus nombres aparecen siempre unidos, aunque las dos célebres estrellas cultivan opuesto género artístico. Son los ídolos del público berlinés, que en estas cosas de teatro no resulta patriotero. Ninguna de las dos estrellas es alemana. Geraldine Parrar es yanqui, una deliciosa Gibron Girl, un tipo de mujer de Boston ó Chicago. Fritzi Massary es vienesa, una Fraiikin pizpireta y alegre escapada un día de las tortuosas encrucijadas del Graben. Y, no obstante, los berlineses tienen artistas de grandes méritos que se destacan poderosamente en la tragedia, en la ópera, en el vaudevilk y en el cuplé. ¿Por qué no distinguen á ninguna de ellas con el favor que dispensan á estas dos extranjeras? Es un misterio... o D 2 Ís ESTRELLAS Geraldine Parrar arraigó en Berlín porque se supo que el Kromprinz, entonces soltero, bebía, los vientos por la gentil americana... La verdad es que la hermosa artista no bacía palidecer la fama de la Patti y de, la Melba en punto á órgano vocal; pero cuando se asomaba al balcón de Palacio en el acto segundo de Loheng. nn y la luz de la luna bañaba su figura espléndida, todo la era perdonado... ¡Hasta los gallos! Y sin la intervención déla diplomacia, sin dar el menor trabajo á las respectivas cancillerías, la inteligencia germano- yanqui quedó establecida un buen día de primavera. La ae Nueva York cobijóse amante bajo el GERALDINE FARRAB casco que corona el águila de alas abiertas. Después... ¡Oh, después hubo casi una tragedia! El Kromprinz enamoróse perdidamente de la cantatriz, y en la linda cabecita de la hermosa yanqui comenzaron á anidar sueños ambiciosos... Ya se veía Princesa, Emperatriz, y los papeles de Reina que interpretaba en la Opera los vivía, prestándoles un fuego, una verdad que asombraban. No... Aquello no podía continuar... Papá Kaiser se decidió á cortar los incendiarios amores, y al Kromprinz lo encerró en un cuartel, como á ios niños desobedientes, y á la diva la expulsó del territorio alemán, cerrándola airado las puertas de los imperiales teatros. Geraldine Parrar, viéndose desposeída, adoptó el severo continente de las reinas destronadas. ¿Qué era ella sino una reina despojada de su trono y su corona? Y primero vistió las tocas negras, que tan uiaraviliosamente sentaban á su belleza morena, y después, cuando se convenció de que con el sentimentalismo no conseguía nada, rompió airada las partituras alemanas, y se fué á París á cantar en la Opera Cómica el Bamlet y Él down. Antes de debutar juró solemnemente no pisar más la tierra alemana y olvidar la lengua infame, en la que tantos juramentos la hiciera un príncipe desleal y desamorado. ¿Lo cumplió? Ya la veis de nuevo en Berlín, triunfando otra vez en aquellos escenarios que tantos recuerdos tienen para ella. Y el público la ha perdonado también, y la recibe cemo á la artista pródiga que abjura de Hamletj de Thomas para arrojarse en brazos de Lóhengrin. Fritzi Massary, en cambio, no tiene tan accidentada vida artística, ni se sabe que haya subyugado á ningún príncipe. Surgió un día de repente cantando cuplés atrevidos; los compositores la hicieron repertorio; los empresarios se la disputaron, y el alegre pájaro vienes hizo definitivamente su nido en la Corte del Kaiser. ¿Canta? Todo lo mal que puede... ¿Hecita? Como Dios la da á entender... Pero tiene gracia, una gracia original, rarísima, y en cuanto ella aparece en escena, el público, sin saber por qué, aplaude... No es bonita, aunque el conjunto de su rostro es agradable; no viste bien, aunque la totalidad de la figura resulta elegante; no es alta, ni baja, ni morena, ni rubia, ni gorda, ni delgada... Es una mujer original, que canta canciones atrevidas, dándolas una gracia personalísima, y exhibe las pantorrillas más bonitas de Berlín. ¡Oh, esto es indudable! Cuando un cuplé no gusta, Fritzi enseña la liga al final... y el cuplé se repite. El público que asiste al Metropol va á verla á ella nada más. y llena el teatro un año y otro año, j en aquella escena no se concibe que pueda presentarse otra artista que no sea la endiablada y alegre Fritzi. El teatro es ella. Estas son las dos estrellas que reinan e- n Berlín. Una es triste, lánguida y sentimental; otra es gozosa, alborotadora y nerviosa. Y el mismo público que aplaude á Geraldine primero, aclama á Fritzi después... Y aplaude convencido y emocionado á Elsa, y al salir se va al Metropol á escuchar á Frou- Frou la última canción, y la grita ¡Bravo! con la boca llena de salchicha... José JUAN CADENAS. FRITZI MASSARY