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de zurriagazos ya recibidos en otras ocasiones; pero el séptimo mandamiento no entraba en su alma, y Juan acababa por ceder á la tentación. Lo propio le sucedió con el cuchillo de monte. Sabía muy bien que el objeto no le traería ningún provecho, que no podría usar ni venderlo sin traicionarse como ladrón. Probablemente se lo descubrirían al día siguiente, y entonces no se salvaba de algunas docenas de azotes, sin contar la penitencia que le impondría fray Manuel, el padre franciscano, cuando se confesara. Pero... ¡era tan hermoso el cuchillo! Solamente mirarlo y tocarlo, tenerlo en su poder II durante unas cuantas horas, ya le parecía á J u a n el colmo de la felicidad. Y en cuanto al pecado, con los El marino cumplió su palabra. No sabemos si encon- azotes y la penitencia quedaría purgado, puesto que tró precisamente el gato más hermoso que existiera para eso existían los castigos. Esa era toda la lógica en el reino de España; pero lo cierto es que embarcó de Juan. en la Estrella del Mar, no uno, sino dos de esos lindos IV animalitos juguetones, que hacían las delicias de los; ainos de entonces como encantan á los de hoy. Era; Era cerca de media noche. No había luna ni estreuna pareja: el gato, completamente negro, y la gatita, llas, ni un rayo de luz se filtraba á través de las comblanca como la nieve. El bueno de D. José se regoci- pactas nubes que se amontonaban en el cielo. La jaba de antemano al imaginar la sorpresa y alegría Asunción estaba sumida en tinieblas y silencio. de su indiecita cuando viese esos animales llainados Ana María no había querido acostarse sin preparar gatos como decía ella. antes la cama á sus queridos gatos. Se imaginaba que Después de un viaje de muchos meses, realizado pasarían la noche quietecitos y dormidos como ella. sin contratiempos, la Esltella del Mar entró de regreso Pero cuando todo quedó tranquilo, se deslizaron fuera, en el Mar de Solís (estuario del Río de la Plata) y primero uno y después el otro, á dar un paseo noctranscurrido un mes más, fondeó frente á la Asunción. turno por los techos, y quizá á ver si no existían allí D. José tuvo el placer de saludar á su hermano y congéneres con quienes trabar relación. á Ana María, y de presentar á ésta su regalo. Juan había tenido buen cuidado de ño dormirse. I a pequeña quedó encantada. Cuando el silencio fué tan profundo que ni auii su Al principio, es cierto, podría haberse discutido oído de hijo de los bosques percibía el menor ruido, acerca de quién estaba más asustado, si ella ó los se escurrió fuera de la choza que compartía con otros gatos; pero cuando éstos, tranquilizados por la voz indios sometidos, y atravesó sigilosamente el amplio familiar del marino, tomaron unos pedacitos de carne patio plantado de árboles, alrededor del cual se levanque la niña les ofrecía tímidamente, ambas paites taba el edificio principal. Sabía dónde había guarcobraron valor y se hicieron amigos. Él gozo de Ana dado su amo el cuchillo. Las puertas estaban cerraMaría no tuvo límites. Al cabo de algunas horas, su das; pero Juan conocía una que tenía un desperfecto, padre y su tío la hallaron sentada en el suelo, teniendo por lo cual era fácil abrirla desde fuera. La buscó á en su falda un sedoso ovillo negro y otro blanco. Eran tientas en ia obscuridad y se disponía á entrar, cuando los dos gatos, ya completamente á sus anchas, que se detuvo sobresaltado. roncaban entrecerrando los ojos de placer, mientras Precisamente encima de su cabeza resonó un grito Ana María les acariciaba la piel y les hacía suaves extraño, seguido al punto de otros igualmente raros. cosquillas en la cabeza. Toda la vecindad acudió á Eran sonidos indescriptibles, ora largos, ora breves, verlos. I OS europeos los contemplaron casi enterne- eomo ahogados de pronto. A veces, hubiérase jurado cidos. ¡Tanto tiempo hacía q u e n o veían gatos! Ea, oír el llanto de una criatura; otras, el viento soplando figura familiar de los pequeños felinos, que en España á través de un caño. Seguía después una especie de habían visto todos los días sin hacer caso, les recor- lamento, suave, melancólico y prolongado, que terdaba intensamente la patria querida. Los indios ami- minaba de pronto en un furioso aullido. Sobrevino gos también vinieron á mirar los animales que aca- un momento de silencio, y después estalló una escala baba de traer el barco de los cristianos, y hallaron fantástica y sorprendente de sonidos indefinibles: inmediatamente que se parecían 2I yaguareté 2, gruñidos, bufidos, chillidos, alternados con notas proselvas. Los niños, absortos, formaban rueda en torno fundas y solemnes, que acabaron en un grito penede Ana María, la cual, muy ufana con sus tesoros, no trante. quería que nadie los tocase para que no se asustasen. i Horrorizado, Juan miró hacia arriba para descubrir Así, la llegada de los primeros gatos, fué todo un de dónde procedían esas voces jamás oídas. La obscuacontecimiento en la Asunción. ridad era espesa, y nada distinguía en torno de él; pero después de un momento alcanzó á ver cuatro III puntos luminosos, como dos pares de ojos brillantes Servía en casa de D. Felipe un muchacho guaraní, que le estuviesen mirando. Juan, que mezclaba en su que en el bautismo había trocado su nombre indio mente inculta las supersticiones indias con las furias Abaporé por el de Juan. Fuerza es decir que ese infernales que había aprendido de los españoles, no cambio era, sobre poco más ó menos, todo lo que dudó que aquellas fuesen brujas cantando un himno había aprovechado en su conversión. No sucedía al diablo ó algún ensalmo maléfico. Uno de los pares otra cosa con los demás indios: mudaban de nombre, de ojos de fuego le miraba fijamente desde el alero; adquirían algunas nociones vagas de religión, y siem- parecía acercarse más y más, y luego, súbitamente, cruzó el espacio, como dos luces que cayeran al suelo. pre más miedo al infierno que amor á Dios. Juan era muy querido en casa de D. Felipe; pero Juan no esperó á ver más, y echó á correr, como si tenía un vicio, por el cual había sido castigado ya sintiese en sus espaldas las garras de las brujas. numerosas veces: no podía comprender la noción de Abrumada su alma por lo que creía una diabólica la propiedad. Sobre todo, los objetos brillantes, aun- revelación, no pudo cerrar sus ojos aquella noche, y que no tuviesen ningún valor, le atraían irresistible- cuando la aurora con sus primeras luces afiligranó mente. la obscura mancha de la selva próxima, fué ante fray El marino había obsequiado á su hermano con un Manuel á deponer sus terrores. El anciano confesor hermoso cuchillo de monte, de hoja muy fina y mango y viejo soldado pudo á duras penas conservar la artísticamente labrado. En cuanto lo vio Juan, se seriedad de su alto ministerio, y el secreto se difundespertó en él el deseo de poseerlo. Cuando le aco- dió luego por la pequeña colonia, como más tarde la metía este deseo, dicho sea en su honor, luchaba raza de los dos hermosos gatos en las provincias heroicamente para vencerlo, en obsequio al recuerdo argentinas. ADA M ELFLEIN. extraño que á nadie se le haya ocurrido todavía traer algunos de eso. -3 animales graciosos. La verdad es que hemos tenido poco tiempo para pensar en ello. Y esta chica ¿de dónde habrá sacado la ocurrencia? -Bien, pues, indiecilla, tú teodrás el primer gato que se haya visto en el Paraguay- -dijo el marino abrazando á la niña. -Buscaré el más hermoso que exista en todo el reino de España. Verás si no cumplo. Poco después D. José se despidió afectuosamente de su hermano y de su sobrina para ir á bordo de su bergantín, que debía levar anclas antes del alba. DIBUJOS DH MÉNDEZ B; n. NGA