Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ñera de un tesoro, pues era como la patria misma, ya que sólo él podía llevarlos y traerlos á través de los mares. Cuando este barco volvía de sus expediciones, fuesen éstas en los ríos ó entre cabos marítimos, todos los pobladores acudían alborozados á la playa á ver los pasajeros, conocer las noticias de los compañeros ó de la amada tierra lejana y recibir los objetos encargados. El bravo capitán D. José quería mucho á su sobrinita, que en la época de nuestra historia contaría unos doce años. Representaba un tipo nuevo y gracioso, que encantaba al marino. Poseía el donaire y la gracia de las andaluzas, mezclados con cierta languidez soñadora; sus movimientos eran suaves; sus ojos, granaes, obscuros y aterciopelados; su tez, bron. VI ÜÍT: L j -Hazlo así, niña- -repuso D. José conmovido. -Y dime, ¿qué quieres que te traiga de Bspaña? Vamos, ¿no tienes ningún deseo? -continuó al ver que ella no contestaba. ¿Una crucecita de oro? ¿Un collar de corales? ¿Un hermoso rosario? ¿Nada de eso? ¿Qué quieres entonces? Ana María á todo movía la cabeza. Su padre, que se hallaba presente, sonreía. -Me parece que quiere algo que no se anima á pedir. Vamos, chica, dilo para acabar. D. José sentó á la niña en sus rodillas. ¿Hay alguna cosa que deseas y no me lo dices? -preguntó. Ana María hizo un signo afirmativo coa la cabeza, muy colorada y bajando los ojos. i 1 V m m W hm y i v 1 1 1 o. v m. í. 1 i i 1 j ttli ceada, sin ser tan obscura como la de los indios; su cabello, negro, lacio y abundante. Su voz era dulce, y pronunciaba el español cantando ligeramente, lo cual era muy agradable al oído. D. José solía pronosticar que su indiecilla, como la llamaba cariñosamente, llegaría á ser la joven más hermosa del Paraguaj Siempre que volvía de sus viajes le traía algún regalo: vestidos, alhajas, semillas de flores desconocidas ú tras cosas extrañas que pudieran agradarle. Una vez, antes de emprender un viaje á España, la llamó á su lado. -Ven aquí, indiecilla. Mañana me voy, ¿sabes? -Que tengáis feliz viaje, señor- -replicó Ana María con la humildad y respeto que se inculcaban entonces á los niños en el trato con sus mayores. -Rogaré todos los días á Nuestra Señora de los Buenos Aires. E n t o n c e s larga shi demor, que, mientras no sea la luna, te prometo traértelo. Ana María echó los brazos alrededor del cuello de su tío, y acercóle los labios al oído. -Yo quisiera... quisiera uno de esos animales llamados gatos- -murmuró, avergonzada de pedir una cosa tan insólita y que ella creía de enorme valor. Con gran sorpresa suya, el tío se echó á reír alegrem. ente. -Pues ¿qué pide? -preguntó D. Felipe con curiosidad. ¡Un gato! ¡Quiere un gato! -exclamó el marino riendo siempre, en lo cual le imitó su hermano. ¡Qué! ¡Pues está atinada, desde que no los hay en la Asunción ni en todas estas regiones, según creo! -Ni uno solo, y ahora que reflexiono me parece