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i í r o- M ii.ii I Ño? DAR POSADA AL PEREGRINO I5 ra un camino negro. La noche estaba loca de relámpagros. Yo iba en mi potro salvaje por la montaña andina... SANTOS CHOCANO. -La canción del caíiiino. Mandé parar el coche y me puse á escuchar Y una decía: Todos llegan de noche, todos se van de día... La calle estaba obscura. I a noche, como boca de lobo. Yo venía tumbado en el carruaje, ¡con nna papalirici. Y, formándole dúo, otra voz masculina concluyó así la copla, que á m i s e me rú. o zhñ. sicalíptica: Esta mansión es sólo una posada en mitad del camino de la vida... Los adoquines del arroyo, duros como dientes (ó muelas) de monstruosas mandíbulas agitaban los vidrios de mi coche con fuertes sacudidas... Tres docenas de dobles de cerveza mi cuerpo llevarííí. (Que es la frase del clásico italiano: i.i n mezzo del camín de nostra vita Y las dos voces, juntas, repitieron al unis, ó sea en forma unísona: Todos lleg: an de noche, todos se van de día... De pronto, allá, á lo lejos, por entre aquella mole negra ó ennegrecida de la calle, vi un puñado de luces (era una sola) tristes, mortecinas... ¡I, a vértiga! El caballo se encabritó á los golpes que el auriga dábale con la tralla. Y en los aires se oyó cual un relincho de agonía. Como si mi persona lo comprendiese todo quse pensativa... Llegó á mi oído entonces como una sonatina cantada á voz en cuello por una mujer. Y era una canción latosa, latosísima: cual un discurso del señor Rodríguez San Pedro, que comienza... y no termina. Entre el hondo silencio déla noche y al través del reposo de la calleja, oía la tabarra de aquel canto... en conserva. Y, en medio de 3. piiima, me paiecieron voces que llegaban desde la otra vida Yo entonces, me apeé de mi carruaje, y me acerqué, tan fresco, á la mirilla de una puerta. Y oyendo aquellas voces que subían á través del misterio de una cueva, se me ocurrió ¡vislumbres de la birra, que- -si á veces no alumbra -tiene corazonadas de adivina! que era, de fijo, aquello la hórrida prevención de una comisa ría de Vigilancia... Y desde entonces, cuando voy en carruaje por rutas no sabidas jamás me paro á oir en las delegas (me causa un gran horror la policía) porque me acuerdo siempre de esta canción latosa, latosísima: Todos llegan de noche, todos se van de día... que (como ustedes saben por lo dicho) termina: Esta mansión es sólo una posada en mitad del camino de la vida... O, según dice el clásico italiano: In mezzo del caniin de nostra vita, CARLOS MIRANDA. DIBUJO DE MEDINA VERA