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EL rioriBRE SEABUFM E era necesario romper á llorar. Entonces mis padres ó el ama me aturdían con un sonajero orlado de campanillas de plata... pero, ¡que si quieres! Un sonajero no ha entretenido jamás á un niño. Yo seguía llorando, y dos recursos finales poseía mi nodriza para entretenerme: el canto y el pecho. Sus canciones rara vez ACE pocos días tuve la desdichada idea de visitar, en el paseo de iVtocha, las pomposamente llamadas ferias de Septiembres. ¡Jamás he sentido una tristeza mayor! Aq siellos pues os solitarios y cubiertos de blancas telas me parecieron alineados fantasmas. Los libros empolvados y amarillentos me abrumaron con toda la pesadez de la ciencia huera y de la literatura rancia. I,o s juguetes de á real y medio la pie? Ml colgaban, como ahorcados, de un tirante cordel que corría de largo á largo el miserable bazar. En sus sacos, las nueces medio partidas ofrecían al aire sus carnes sinuosas, semejantes á involuciones cerebrales de amarillentos cráneos. Unes hombres chiquitillos y ruines, con trajes serranos, dormitaban sobre vacíes costales y entre las verdes tablas de desarmados catres. Hasta las frutas sanas y brillantes mostrábanse rojas e pudor ante aquella triste soledad. Las arrugadas azufaifas parecían encogerse de pena... Yo nunca experimenté un í i íí? í! tan espantoso. D é l a contemplación de aquellas ferias de Septiembre deduje que la enfermedad más terrible del otoño, y de todas las demás estaciones del año, es la enfermedad del tedio. Contra el tedio no hay más defensa que hablar de él en broma. Y eso es lo que pienso hacer j- o. Porque aburrir á los lectores con este tema sería el colmo de la demostración de la tesis... Y entremos en materia. El hombre se aburre horriblemente á todas las edades y en todos los momentos. Yo recuerdo muy bien lo mucho que meaburrí de recién nacido. Echado boca arriba sobre mi cunita, la contemplación del techo de mi alcoba no me divertía lo bastante y me me distraían: con la teta algunas veces logré divertirme. Fuera de aquellos ratos de: inados á la alimentación y de otros dedicados al sueño, yo me aburría soberanamente de chiquitín. Y como á mi, creo que les suceda á todos los niños de pecho. Pasada esa primera edad, el aburrimiento en los chicos toma otra forma más consciente. Soa ellos mismos los que lo dicen apenas saben hablar: -Papá, me aburro... ¿Qué hago... Frases son éstas que todos habréis escuchado á vuestros hijos ó á los hijos de vuestros amigos. Y aquí del contar cuentos y del comprar juguetes. Pero, ¡ay! que ni los cuentos logran su objeto ni los juguetes son lo bastante distraídos para vencer el spleen infantil. Realmente esta industria no se preocupa mucho de dar novedad á sus productos. Los chicos parecen conocer ya todos los juguetes que existen. No hay uno verdaderamente entretenido. Si el que inventase un guiso nuevo haría más bien á la humanidad que el que descubriese un astro, el inventor de un nuevo juguete sería el más grande de todos los hombres, apenas si le tendríamos que estar agradecidos! ¡Ahí es nada, librarnos de la eterna canción del me aburro ¿qué hago? La época de los estudios no hay qne decir si es entretenida. Hasta los mismos profesores reconocen ia necesidad de las horas de recreo para que los colegiales no se mueran de tedio. Pero no bastan las horas de recreo el verdadero aburrimiento está en las clases. De ahí surge la necesidad de poner papeles en el abdomen de las moscas, de pegar del techo del