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T a- Tiis A... ¡1 feJ v! 4 fú ¡EL KAISER VIENEI el famoso paso de parada el saludo en marcha, un saludo muy curioso, porque le hacen los soldados con los pies, y tan rápidamente, moviéndose de tan ridicula manera, que parecen muñecos articulados. A veces el Emperador llega durante el relevo. Entonces los polizei, colocándose en medio de la calle, dan el aviso, porque van echando á los lados automóviles y carruajes y ordenándoles que marchen al paso. Esta es la señal... Eos berlineses saben que el Kaiser va á pasar de un momento á otro y no quedará uu solo transeúnte, por perentoria que sea su ocupación y por mucha prisa que tenga, que no se apresure á colocarse en primera fila para saludar al Emperador... Y, en efecto... A lo lejos óyese una bocina que suena de manera distinta que las otras; luego vemos avanzar solo, rápido y recto, un automóvil blanco, y en el farol de la izquierda flota una pequeña bandera, y esta bandera nos anuncia que allí viene el Kaiser... Es el pabellón imperial. El Kaiser pasa... Ea multitud le aclama descubierta, y él, estirado y tieso, no aparta la derecha mano del casco, haciendo constantemente el saludo militar. Atraviesa el Lutsgarten raudo, y penetra en el palacio por la puerta central. Detrás, en otros dos automóviles blancos también, le siguen sus ayudantes. Ea multitud ya está sati. sfecha y corre ahora á tomar posiciones en la plaza alrededor de la música de la guardia, para no perder una sola nota de las piezas que ejecute mientras duran las operaciones del relevo. Sío importa que llueva, que nieve ó que haga sol. Alrededor de la charanga habrá todos los días mil personas, aunque del cielo caigan chuzos y el mismo sol gotee... Eos músicos lo saben y procuran lucirse ejecutando lo más escogido y nuevo del repertorio. En el Eutsgarten oyen los berlineses siempre el último pasodoble dé Paul Einke, el vals de la reciente revista de HoUaender y los trozos de más éxito de las operetas en moda; La viuda alegre, Un vals de ensueño. La Princesa del Dollard... Y el director de la banda dirige atildado y correcto, calzado eí guante blanco y con la misma importancia que si estuviera interpretando El fuego encantado ó la sinfonía del Tankausser. De pronto un redoble lejano anuncia que el relevo está terminado. La banda entonces calla y va á colocarse á la cabeza del regimiento, que, al son de los pífanos acompañados por la lira, atraviesa otra vez el Eutsgarteu, escoltado sier- -e por unos cuantos centenares c. c untarios y curiosos. De nuevo queda interrumpida la circulación mientras los soldados pasan marciales siguiendo al tambor mayor, que hace de vez en cuando jeroglíficos en el aire con la brillante cachiporra. Ea gente se agolpa en las aceras; en los cafés y restauranis el público se precipita á los balcones... ¡Ya vienen! ¡Ya vienen! -parecen decirse unos á otros, y los hombres tararean la guerrera marcha, y las muchachas dirigen melancólicas miradas álos elegantes oficiales que, aburridos, fatigados, clavado el mo? iocle impertinente, pasan de largo, con cara de mal humor, indiferentes... JOSÉ JUAN CADENAS. LA MÚSJC