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él... Estoy estérilmente pesaroso y lleno de furor contra mí mismo. Yo sé y siento, después de haber pasado al través de experiencias múltiples que me han aHccionado y tal vez han elevado en definitiva, á costa de dolores de mi corazón, el tono de mi sensibilidad y mi conciencia, que es un deber estricto ser sincero, absoluta y transparentemente sincero en el verdadero amor; me he propuesto cumplir con fidelidad, en todo conflicto amoroso de esta clase, por poco trascendental que parezca, el octavo mandamiento; no decir- -á una muchacha de diez y seis años que nunca tuvo novio- -que la amo, sino cuando sea tan incontrastable el impulso que á ello me obligue, que las palabras pronunciadas por mis labios surjan directamente de mi alma como un manantial de la roca viva; es decir, cuando ame de veras. Lo demás me parece qiae puede llegar á ser hasta un delito, por lo mismo que he padecido mucho, en ocasiones j a pasadas, á causa de la mentira. Y sabiendo todo esto, en la primera oportunidad en que he sentido una ligera simpatía por una muchacha inexperta y muy joven y he creído percibir en ella ¡ojalá que erróneamente! la me- nor inclinación hacia mi persona... he caído. ¿Por qué? repito. Por puro egoísmo y amor propio. No me disculpa ninguna circunstancia atenuante. Por el egoísmo refinado y estéril de sentir las primeras turbaciones de un corazón que despierta, sentirlo vibrar con mayor ó menor intensidad bajo la pulsación ideal de mis dedos culpables por el sutil placer de sentirlo vibrar; nada más. Para conseguirlo, he exagerado la realidad, deformándola malvadamente, autosugestionándome con mis propias frases, magnificando la verdad hasta hacerla mentira... ¡Oh, débil voluntad mía! Mañana nos hemos de separar esta muchacha y yo; la temporada termina; acaso no nos volveremos á ver. ¿Por qué he tratado de sembrar un germen de inquietud en esta almita delicada, palabras con que acaso tan sólo había hasta ahora soñado? Y lo más grave es la peifecta lucidez de mí conciencia. Muchos hacen lo mismo que yo; pero no se percatan tan bien como yo de! mal que hacen ó pueden hacer. Yo me doy clara cuenta de todo... y hago igual que ellos. Soy, por tanto, mucho peor que ellos. Mi único deseo ahora es que ella se ría de mis palabras y no vuelva á pensar en mí. Haré todo lo que me sea posible para obtener este resultado... II Septiembre 27. Terminó el breve idilio de este verano idílico. ¡Dios sea loado! Estoy más satisfecho de mí mismo que anoche. Pero no sé, no sé porqué estoy también más conmovido y triste de lo que yo esperaba... Hablé con Julita lo más francamente que pude. Con cuidado exquisito, con amore, hablándola como si me refirie. se á una tercera persona, la hice ver que si yo le digo que ia amo, no debe darme mucho crédito, pues no suele el amor nacerían de repente; y que, por tanto, no debe creer á quien, por medio del halago mentido, trate de sorprender su corazón, sino cerrar éste: á piedra y lodo, no permitir que lata más íde prisa por quien no lo merezca, por quien no haya él comprobado aátes, con abundancia. de datos, que lo merece. Todo esto, claro está, se lo fui diciendo con gran cuidado, en tonov entre ligero y serio, antes de sonar la primera camp nada de salida en el andén de la estación, donde, aprovechando Ja división en grupos de Jos amigosy amigas que viniéramos á despedir, á los que se marchaban, logré por unos momentos charlar con ella sola. Si no me engañan la vista y la experiencia, mis palabras produjeron en ella, primero, sorpresa; después, algo muy cercano pariente de la decepción. Sm dujda esperaba otra actitud de mi parte, después de lo qáe hablamos anoche, más fuego; una promesa cierta de recordarla, de escribirla, de volverla á ver. Al advertir esto, traté- de ser aún más explícito, á fin de que no confundiera los móviles de mi conducta. -Usted se marcha ahora, y quién sabe cuándo no. s volveremos á ver. -Si usled va pronto por París, según me ha dicho que pensaba hacer... -Sí; ojalá pueda ir pronto. Yo espero poder ir. Ese es mi deseo. Pero lo que yo quiero es, sobre todo, que, vaya ó no vaya, usted no se preocupe en lo más mínimo ¿e que yo existo mientras no nos volvamos á ver. ¿De veras? -preguntó entre asombrada, risueña y confusa. Y después: ¿Sabe u, sted que me va ustet. pareciendo un poquito raro? ¿Raro? Si lo que yo quiero es que si yo sufro, poi lo menos no sufra usted por ello, no me compadezc siquiera, no se acuerde de mí. -Muchas gracias. Entonces- -añadió riendo- -nr debo pensar nada en usted, ¿verdad? ¿Ni de pasadai Me acordaré de Albértiz, del conde, de los demá; amigos, pero de usted no. ¿Es eso lo que usted quiere: -Hasta que nos veamos otra vez. -Bueno. Pues usted avisará cuándo he de enapezfr. -En cuanto parta el tren. Nos reimos como dos chiquillos, olvidados del viaje. Y mi alma, ¡ch, alma mía contradictoria! iba bañándose, como en una dulzura de amanecer, en el rocío primaveral de aquella risa. -Dice usted cosas tan raras á veces, que hay que reírse por fuerza. ¿De mí? Ríase usted cuanto quiera. Verla á usted reírse es rrna fiesta. -De lo que usted dice. Me hace reír, aunque después me hace pensar un poco. ¿En mí? -pregunté ávidamente. -En lo que usted dice. En usted no. ¿No lo hemos convenido? -Es verdad... Por el andén bullicioso resonó bruscamente, dominando todos los otros ruidos, la campana anunciando salida. Hubimos de separarnos; e- ntraban los viajeros en sus respectivos compartimentos. Comenzaron las despedidas y recomendaciones, el cerrarse de las portezuelas, los diálogos rápidos de tren á andén. Me despedí de todos apresuradamente. De pie junto á la ventanilla, la miré á ella una vez más. Una leve sorc. bra había en sus ojos al hallar los míos, leve sombra de preocupación ó de duda, que me turbó. ¿Pensaba en mis palabras? ¿Ee parecían nobles, extravagantes ú ofensivas? ¿H a b í a penetrado en mi intención? Nunca como entonces tan viva y hondamente me había interesado. -Que sea usted muy feliz- -la dije- -y que se ría usted mucho... y yo lo vea. -Bueno. Trató de reír, y sonrió. De pronto, como si no no, hubiésemos dado cuenta hasta aquel instante, la realidad de la separación inminente y del mes y medio de vida sentimental, pasado ya de modo irremisible, parecía surgir ante nosotros. Entonces... -Hasta la vista. -Hasta la vista. Así dijeron nuestros labios. Comenzaba á moverse la mole pesada del tren. Me aparté. En mi corazón, que yo creyera hasta ho mismo casi indiferente, se desgarró de pronto algo, con un gemido de angustia que casi me asustó. Ella me miraba al alejarse. Yo me descubrí. Su manecita se alzó en un gesto final de despedida, ondeó en el aire unos segundos, blanca y leve, como queriendo aprisionar entre sus frágiles dedos el espacio impalpable. -Adiós. -Adiós. Así dijo nuestro presentimiento. Y así se fué alejando ella de mí, más rápidamente á cada instante. Antes de perderla de vista, vi por vez última la paloma de nieve de su mano. Y mi sombrei o de paja agitó el aire por vez última. Después, tras de un recodo, el tren desapareció de súbito, fugaz como un sueño de amor, imperturbable como el Destino... Luis RODRUGUEZ- EMBIL. DIBUJOS DE MlÍNDEZ BRJNC. V