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lirí V j (i V i v í f 1 Tí Au. 1 v -V guantada, calzada de fino, oscilando el plumaje clorón sobre el cuello velado de tul, ¡quién creyera que al volver á casa, depuesto el disfraz, cayese sobre ella todo el peso del menaje, porque no tenía criada, y la madre sufría violentos ataques de. un asma que la impedía acercarse al fogón! La rubia hacía de fregona, guisaba... ¡á bien qué allí había que guisar tau poco! Las sopas de ajo, con su olorcillo castizo y d o méstico, parecían cantar un anticuado himno á la virtud efectiva de la rubia, una viitud escondida, como se esconden los vicios... Y engullida la humilde pitanza á la luz de la candileja de petróleOj velábala señorita hasta las dos de la madrugada, volviendo patas arriba sus pingos, transformando el redingote en fígaro, el sombrero de campana en chambergo, lavando los guantes, almidonando un tantico el volante fru- frú de las enaguas... Era preciso variar- sorprender con una nueva combinación de elegancia suprema á los transeúntes, por si alguno se fijaba, y el Mesías conyugal- -capitán de Infantería ó empleado en Hacienda surgía en el horizonte. Ocurrió que la fascinación compasiva que me obligaba á observar frecuentemente á la rubia, estudiando el artificio complicado y laborioso de sus galas y el heroico esfuerzo de su sonrisa, la hicieron creer... Fué una cosa cruel de esas que nos abruman con el remordimiento de malas acciones no cometidas y, sin embargo, presentes en la conciencia. Mi manía de estudiar, dé analizar y descomponer la vida que pasa á mi lado, había producido este fruto: una ilusión en la pobre cabeza blonda- -blonda artificial, -y para lo venidero la semilla de una decepción acerba. Yo seré siempre en las conversaciones familiares aquel que te dio el camelo... aquel tipo que te creíste que te hacía el amor... Y la mirada burlona de la hermana pequeña- -una chicuela despabilada ya- -se le clavará á la mayor, como alfiler de á ochavo, en la cara y en las entrañas. Así es que me sentí culpado, reo de algo malo y duro, de un desalmamiento, y decidí desaparecer- -el recurso de los C 07 bardes. -Por una de esas anomalías del sentimiento, tan frecuentes en los imaginativos, no quería, sin énibargo, dejarle á la rubia- ¡pabrecilía! -un mal recuer- do. A fuerza de discurrir, tuve una idea... desastrosa Ya he dicho que las tres sillas ocupadas por ¡a se- ñorita de mediopelo y su familia estaban cercanísimas al quiosco de las flores. Más de una vez, al observar, vi que los ojos de la muchacha se posaban en la embalsamada cosecha traída de Valencia ó de Murcia, los mazos de claveles cuyos rabos empapaba y salpicaba de bolas de azófar el agua, los haces de rosas y de narcisos cuyos colores claros reían al sol. Adivinaba yo la amante debilidad de la mujer joven por las flores, el ansia de rodearse de ellas, de prenderlas en su pecho, de disponerlas en un búcaro sobre su tocador... cuando lo tiene. Y el último día en que paseé por Recoletos, di una orden a l a florista, y la entregué un billete de Banco... Todo el mes recibió la rubia por las mañanas, en su casa, un ramilletf; fresco; tales eran mis órdenes, y me enteré de que sé cumplíatí puntualmente... ¿Y no sabes el efecto que la hizo á la cursi ur obsequio tan galante? -pregunté á Servando, que al terminar esta larga relación se había quedado pensativo. ¡El efecto! -Servando saltó. ¡Sí; lo supe, por desgracia, al cabo de mucho tiempo... y casualmente, como se sabe, por lo general, lo que más puede afectarnos. L, a hizo un efecto... ridículo, como todo o suyo... No pensaba sino en mí... Se... se preocupó... de un modo tal, que... que enfermó... y... al cabo... ¡Basta... -exclamé. -Ya, ya entiendo... ¡No te habrás hecho mala sangre por eso, criatura! Esas chicas insuficientemente alimentadas, sin higiene, torturadas de vanidad, en espera febril de lo que n a llega: del esposo, de la posición, son candidatos naturales á la tisis... Servando movió la cabeza, suspiró, y en toda la tarde se le pudo sacar del cuerpo otra palabra. LA CONDESA DE PARDO BAZANDIBUJOS DE MEDiNA YERV