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V: 4 LOS RAMILLETES I fN paseo- -díjome Servando- -á las horas concurri das, por la acera de la calle de Alcalá, que desde hace muchos años está bautizada con el nombre de mar de las de Gómez, ó por la playa de Recoletos en que se sienta la gente de á pie á ver cómo desfila el boato de los trenes, es un filón de asuntos regocijados para un sainetero y un trozo de dolor humano para un novelista. Dolor pequeño, envuelto en apariencias cómicas, y por lo mismo más punzante. La observación y la sensibilidad se afinan cada día; llegamos á tener en carne viva el corazón. ¿A qué sentir males que no podemos ni aliviar? Y, siu embargo, los sentimos, y sobre nuestra serenidad destiñen manchones de melancolía las miserias ajenas. La melancolía de lo frustrado, de lo inútil, de lo ridículo... ¡Sobre todo, lo ridículo, que tanto hace reir, es infinitamente, profundamente melancólicoi Todo el contenido amargo de las reflexiones que sugiere el gentío aglomerado en esas vías madrileñas, me dio por encerrarlo en un solo sujeto: una muchacha rubia, vistosa, que indefectiblemente ocupaba, con su mamá y su hermanita pequeña, las sillas más próximas al quiosco de las flores. Desde lejos creyerais que era alguna señorita del gran mundo. La nivelación en el traje, en las modas es uno d é l o s absurdos de nuestra civilización, y los recursos y triquiñuelas del falso lujo, el suplicio y el bochorno del hogar modesto. Poco valían aquéllas plumas alborotadas del sombrero amplísimo, aquéllos encajes del largo redingote, aquellos guantes calados, aquellas medias transparentes; no podía deslumhrar á nadie el hilo de perlas, el brazalete- reloj, la sombrilla con puño de nácar figurando una cabeza de cotorra; poro así y todo, ¡qué saciificios no suponían, vistos al lado de la capota ya rojiza de la mamá y el dril cieu veces lavado del blusón de la hermana menor! Rondando por allí, me fijé más despacio en la rubia. Lo mismo su traje que su belleza querían ser vistos de lejos. Las plumas eran ordinarias y tiesas; el encaje, basto; los guantes, zurcidos con habilidad; las perlas, descaradamente falsas; el brazalete, de similor; el pelo, teñido baratamente con agua oxigenada; la tez, clorótica al través de la pintura, y la mano, huesuda y curtida bajo el calado, mano que en el secreto del domicilio tiene que empuñar la escoba y mondar el medio kilo de patatas... En su actitud- -estudiadamente artística, tendiendo á la silueta de cubierta de semanario ilustrado -se descubría, á pesar suyo, el cansancio que engendra todo lo que no es natural, todo lo que se hace únicamente porque nos miran... La sonrisa, violenta como la de las bailarinas cuando jadeantes dan gracias al público, se exageraba al pasar un hombre, que fijpse en la rubia esa ojeada, curiosa é indiferente á la vez, del desocupado. Un hombre, claro está, vestido con el inismo ropaje de las personas decentes, disfraz tantas veces del extremo apuro económico; para la rubia los de chaqueta no existían. Ojos y labios forzaban su juego; pero ningún tran seunte se detenía, deseoso de entablar conversación. Una mirada de soslayo, tal vez un trillado piropo... Nada más. Con el instinto de los merodeadores callejeros, que rara vez se equivocan al juzgar la posición social de una mujer, adivinaban la honradez y la estrechez, las pretensiones y la bambolla... y comprendían que allí se buscaba marido licita y legalmente, y ni por sueños nada pecaminoso. Eí espectro de laVicaría helaba la sangre á los que, encaprichados un momento por la vista del pie, arqueado y breve, cautivo en estuche de cuero gris, sé hubiesen Sentado de buena gana á gastar un rato dé palique con la rubia del sombrero atrevido y el peinado a l a Cleo... Las osadías postalescas del traje... ¡cómo contrastaban con la realidad, encogida, mezquina, menesterosa del viyir de la rubia! Al contemplarla así, en-