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EL SACRIFICADO do de sonar las músicas; la fiesta acaba de comenzar; el primer toro ha salido á la arena. Y este primer toro es el que se encuentra frente á frente del caballo. Agacha la cabeza, se afirma sobre sus cuatro ágiles patas, va á embestir... Ya el picador le aguarda con su arma apercibida, con las riendas en la mano y con los músculos bien tensos. Y el caballo, el infeliz caballo viejo, tiembla desde el extremo de las pesuñas hasta la punta de las crines. El toro se dispone á embestir. Pero de pronto, el caba lo le grita al toro con voz agonizante: ¡Oh toro, hernioso toro, valiente y gallardo toro, por la memoria de tu madre que te amamanto, ten piedad de mí! Y el toro, sin abandonar su fiera actitud de ofensa, le responde al caballo: -No puedo perdonarte, viejo caballo, ¡no puedo! Ya ves que el picador me reta, y yo no osaría nunca retroceder ante ningún reto. Acepta, pues, tu destino, y prepárate á morir. El caballo vuelve á gritar con una voz más lamentable todavía: ¡Oh toro, hermoso y temible toro, por la memoria de aquellas dulces terneras que amaste en tu remota patria, ten piedad de mí... El público, entre tanto, se impacienta y se indigna; no puede permitir que un toro titubee delante del P icíKlor. ves que no caballos! vocifera la multitud. Y empieza le dice al de mi valor. ¿Concibes tú mayor ver- -Ya iCaballos, pueao petdonarte. l, a multitud el toro á dudar caballo: plaza Sebastián un caballo y un toro. Tan bella es ENlalatarde y de toros de Sanfirmamento, se han encontrado frente á frente entusiasmo y de alegría. Han cesatan diáfano el que la multitud se estremece de MK güenza para un toro? Yo bien quisiera perdonarte, pobre caballo anciano; pero me es imposible. Ea, acabemos. Entonces el caballo se pone á gemir y á temblar de tal manera, que verdaderamente su aspecto conmovería á una roca. i T i j- Oh toro! -exclama por tercera vez; ¡oh toro, el más valiente y hermoso de los toros! ¿No tendrás una fibra de piedad en tu corazón? Mira cuan desgraciada fué mi existencia, cuántas fatigas sufrí, ¿y ahora quieres abiirme el vientre, á mi, ser indefenso, que no te odia, sino que te admira y teme, como se admira y teme á un Dios? ¡Por la memoria de tus praderas natales, en donde pastabas inocentemente á la luz poeiica de la mañana, ten pieda: d de mí, ten piedad de mí, ten piedad de mí... Y así diciendo, el caballo ha doblado las rodillas, sin poder sobrellevar por más tiempo el peso de su terror. El toro, que ha oído aquella última súplica y que ha visto arrodillarse á su víctima; el toro, lleno su corazón ne piedad ha vuelto la cabeza, se ha dirigido trotando hacia el lado opuesto de la plaza. ¡Que escándalo se ha armado entre la muchedumbre! El caballo de rodillas, el toro huyendo cobardemente, ¡jamás se vio espectáculo más ridículo! Y el público, puesto de pie, levantados los brazos, increpa á la presidencia, vociferando: A 1 corral, al corral, al corral! Efectivamente, han salido los cabestros, se han llevado al toro. El toro se retira con la cola gacha, con los ojos caídos, ¡como un cobarde... Pero en su corazón había una fibra que palpitaba gozosamente, y había una voz que le sonaba al oído, diciéudole: ¡Eres el más valiente, el más abnegado de los toros! M. a SALAVERRIA. DIBUJO DE REGIDOR