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MIS PEREGRINACIONES I A CASA DE GCETHE Dos pequen is ventanas abiertas sobre un jardín llenan de luz esta humilde estancia donde Gcethe trabajaba. Kstá exactamente igual que cuando el grande hombre la í naba con su olímpica presencia. No hallaréis en eila ni butacas, ni sillones, ni cómodos y confortables divanes... Sobre una tabla, un pequeño almohadón para apoyaren él el brazo mientras escribía... Este era su único lujo... Dos pupitres de madera, viejo. s, relucientes; unos cuantos libros polvorientos. Las casas ricas- -decía Gcethe á su amigo y confidente Eckeimann- -son para los príncipes... Yo en una casa lujosa me haría perezoso, mientras que aquí trabajo... Esto es todo lo que necesito... El contacto con los muebles cómodos y confortables me ela sueño, y me encuentro tan agradablemente que... na se me ocurre hacer nada. Ai penetrar en esta habitación, he experimentado una sensación extraña... ¡uh! Yo conozco ya este estremecimiento que recorre todo mi cuerpo cuando me hallo en presencia de cosas y objetos que pertenecieron á alguno de mis grandes ídolos... Sí... Este estremecimiento le he sentido en el curso de mis peregrinaciones cuando penetré en el modesto cuarto de trabajo de Alberto Durero, cuando visité el Museo de Schiller- y he aquí que ahora vuelve otra vez á invadirme apenas entro en las estancias íntimas del divino Gcethe... A la izquierda veo una pequeña puerta... La empujo suavemente, y al atravesar el umbral me veo en la alcoba del poeta... Un cordón la cruza de parte á parte para impedií- á los visitantes que se acerquen á los objetos y los palpen, cambiándolos de lugar. La habitación es modestísima, casi miserable, y en ella lodo está conservado exactamente igual que fué encontrado el 22 de Marzo de 1832, dia de la muerte del poeta... Un ventanillo estrecho y largo deja ver fuera un espléndido jardín de rosas... WEIMAR. LA CASA DE CAMPO DE GCETHE Mis miradas recorren la miserable alcoba... No hay más que una cama de madera obscura, estrecha y larga, cubierta con un tapiz de lana verde... Sobre un almohadón, la tetera de Goethe, una taza y los residuos del último medicamento que el médico le prescribiera... Sobre la almohada, una corona de laurel... Junto á la ventana, el sillón de madera donde murió... ¡Ni más ni menos! Aquí murió el amigo y consejero de un Rey, el mayor genio de que Alemania puede enorgullecerse, el hombre que á los setenta anos todavía, como el viejo duque de Richelieu, inspiraba pasiones devastadoras... Fué el hombre que se atrevió á presentarse ante Napoleón para suplicarle que respetara el trono del Rey su señor... Si arrojáis al Rey- -exclamaba, -yo iré con él recorriendo- la tierra alemana, y, apoyado en un bastón, cantaré por los caminos el odio y la venganza contra la usurpación. Y al ver salir á aquel enérgico anciano, de blanca cabellera y brillante mirada. Napoleón se volvió para contemplarle, y murmuró, dirigiéndose á su séquito: ¡Ese es un hombre! Pero no se quería acostumbrar á ser viejo, y protestaba con todas sus fuerzas. Yo tengo dos dioses escribía á su amor de diez años, á madaine Steia. -Tú y el sueño... Los dos me habéis curado de todo cuanto en mí se puede curar. Por fin, ese día 22 de Marzo encontró el sueño reparador que había de curarle; el sueño eterno... Aquella última mañana se levantó del lecho... Quería andar, pasearse por la habitación de un extremo á otro, moverse... ¡vivir! Rendido, agotado, se dejó caer sobre el sillón... Dulcemente llamó á su ahijada Ottilia, pidiéndola que sc sentara cerca dé él, que le hiciera compañía... La joven le oprimió las manos, y el poeta, al sentir el calor del contacto, pareció reanimarse, la sonrisa iluminó sus labios, 3 habló de la primavera que ya se acercaba, de los hermosos días templados que iban á curar su mal... Luego, de pronto, comenzó á divagar... Mira- -exclamaba. -Alií... En el fondo... ¿No la ves? ¡Qué hermosa cabeza de mujer... ¡Oh, qué linda... Y tiene los bucles negros... Sus palabras eran cada vez más torpes y absolutamente incomprensibles... Su mano moribunda agitábase en el vacío trazando arabescos, queriendo fonnai letras... A medida que sus fuerzas disminuían, las curvas eran más vacilantes, y ei dedo índice se inclinaba, se inclinaba y descendía poco á poco hasta reposar sobre el brazo del sillón... Allí la mano se detuvo... El gran poeta inclinó la cabeza sobre el almohadón y lanzó un suspiro... Después todo quedó en calma, tranquilo... La joven creyó que se estaba quedando dormido... L acomodó bien, le cubrió las rodillas, y, poniéndose un dedo sobre los labios, murmuró: ¡Se ha dormido! Y salió de la habitación dulcemente, andando de puntillas, quedo, muy quedo, para no despertarle... losé JUAN CADENAS.