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salida de la cuadrilla. ¡Qué precioso! Ahí vienen Som- breriío Chico y Pajel con mos andares... I os trajes me encantan. Un ascua de oro el de Pajel y una pura filigrana de plata el de Sombrerüo. Visten mejor que nosotraa. El Pajel muy elegante, muy esbelto. De cara morena, es chistosa su cara, -De cerca, picado de viruelas, con cada agujero así- -advertí, porque á ningún novio le hace maldita gracia que su novia ensalce á otro hombre. -Un tío más bruto que un cerrojo. Si lo zamarrean echa bellotas. ¡Bah! De cerca creo que no habrá muchas ocasiones de contemplarle- -respondió Bertina riendo coquetamente, penetrando mi intención con agudeza de mujer, -por más que á él y á los de su cuadrilla me los encuentro en la calle vestidos de corto y me echan chicoleos. ¡Ay... Mira, acaba de. entregar el capote de paseo á Félix Nieva... Son muy amigotes. -Veo que estás informadísima... ¡Ah, el toro! -exclamó vivamente. La fiera, que había salido corriendo, se plantó en mitad de la plaza. Era un bicho negro, poderoso, que parecía modelado por Benlliure. Sus astas, finísimas en la punta, curvadas con brío amenazador contrastaban con la cabeza estúpida, casi dulce, casi pacífica. I, a ferocidad vendría á su hora, cuando hubiesen acosado á la res, desgarrado su piel, acribillado su carne, inflamado su sangre, excitado su desesperación, hinchando sus pulmones con la queja cavernosa del mugido; pero en aquel instante, sorprendido y deslumhrado, molestado sólo por el picotazo de la divisa, el toro no sentía más que extrañeza y la nostalgia con que el instinto le recordaba los frescores de la dehesa, los aromas de los pastos, el borboteo del agua del arroyo... Iba á comenzar la faena de caballos. -Allí esperaba yo á Bertina. -Espiaba, en el lago pérfido de sus pupilas, la agitación de la sensibilidad. Por mucho que se la hubiesen explicado, la suerte de varas tiene siempre lo imprevisto y brutal del espectáculo cruento; la sensación material es nueva necesariamente, aunque la inteligencia la haya razonado de antemano. Rígidos, terciada la pica, los varilargueros esperaban la embestida de la ñera, que, después de recorrer á escape el redondel dos ó tres vueltas, distraída y desdeñosa, se fijó por fin en aquellas macizas estantiguas. ecuestres, en los famélicos bultos que las soportaban, y cuya línea angulosa, desvencijada, se exageraba caricaturesca en la proyección de sombra. Resopló el toro, partió como un rayo, y mientras la puya se le hincaba en la carne, rasgó él con la aguda cuerna el arca del vientre del caballo... Brotó de la rasgadura larga, humeante, todo el paquete intestinal; fiemo y sangre, en hedionda mezcolanza. se emplastaron en la arena; las patas del caballo, al querer arrancar en espantada huida, se enredaron en el revoltijo de tripas colgantes, y lo pisotearon y despedazaron, sacudiendo trozos y piltrafas; el jaco, vacío, titubeó, tembló convulsivo sobre sus cuatro remos, y en tanto que el picador se zafaba pesadamente, tumbóse desplomado, mascando el aire con bascas de agonía... Fijamente miraba á Bertina yo. Su perfil, de entre las ondas de la mantilla, salía acentuado, como adelgazado por una contracción nerviosa. Las alas de su nariz delicada palpitaban, y sus mejillas eran dos hojas de magnolia recién abierta, tersas y blancas, que jamás ha regado el rocío... -Es indudable que siente- -pensé al pronto. -Es el horror lo que hace aletear su corazón y albeaí su tez. Va á volverse y á decirme que no la traiga más á esta carnicería. Volvíase Bertina, en efecto. Su rostro, al buscar el mío, sonreía con travesura deliciosa, con una mezcla de queja y mimo, de resignación y chuscada, que desafiaba al pincel del retratista más expresivo. Y su mano, cual relicario de anillos de pedrería, engaste de la joya más valiosa aún de los deditos ebúrneos y las uñas rosadas, alzaba airosamente el abierto abanico manileño, poniéndolo como un biombo ante la vista del cuerpo de la sardina despanzurrada, y dejando, á la parte que el país exornado con extravagantes flores no interceptaba, libre el campo para contemplar ávidamente cómo á. Paj el iha. é, parear: una galantería al público, un rasgo de condescendencia del diestro... -De estas cosas feas, lo mejor. es defenderse con el abanico- -murmuró, traduciendo á su manera la pregunta de mis ojos. -Porque no viénídolo, ¿verdad? es lo mismo que si no las hubiese... ¿Te basta á ti con el abanico? respondí en el mismo tono confidencial y afable. -Claro que sí... Ya no se ve ese asco- -afirmó acercando á su nariz el esenciero, que epn otros dijes minúsculos colgaba de su cadena de oro. Me precio de prudente, de hábil, y tardé aún seis meses en retirar de un modo suave é insensible mi candidatura á la mano ensortijada dc: Bertina. En este tiempo pude cerciorarme de que el sistema del abanico lo aplicaba á todos los casos posibles. Tapar, tapar, que ojos que no ven corazón que no quiebra... ¡Y yo no quiero un corazón que se regula por la materialidad d é l o s ojos! -No estaba usted enamorado de Bertina- -objeté. -Si lo estuviese, prescindiría de esos tiquis miquis; y aun sin estarlo, debió usted comprender que su actitud era eminentemente social. Nadie hace otra cosa. No se mira lo que no puede evitarse. La sociedad esgrime un abanico inmenso... LA CONDESA DE PARDO BAZAN. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINq