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quesade Luciente; No, no crea usted que me he iuteriumpido porque me corte el habla ninguna emoción. Es que la noche empieza á refrescar, y yo tengo unos bronquios que todo lo notan en seguida. ¡Ejem... Y Sandalio tosió con la precisión y la pulcritud que le caracterizan, aplicando á la boca un fino pañuelo, fragante, de amplísima orla. -Bien; ya hemos pagado el tributo irremisible á la gran pericón manileño sembrado de flores extravagantes, imposibles. -La aureola de la mantilla, haciendo sombra á frente y sienes, profundizaba sus ojos atrayentes é insondables... Eu fin, era necesario tener mi calma, mi espíritu analítico para no olvidar completamente que se trataba de una experiencia de psicología, de que impresiones fuertes é inesperadas descubriesen algún rincón del alma de una mujer destinada á ser toda la vida mi amante companera... ÍM señora tos... Quedamos en que rae instalé á la vera de mi novia, que por; CÍerto estaba guapísima con su mantilla blanca de encaje rancio. Llevaba un traje rosa salmón, ó más bien, rosa carne, escotado, y la juguetona blonda confundía de un modo delicioso los tonos similares de la tez y de la vestidura. Sobre su pelo castaño y fosco, que el sol rafagueaba de oro viejo, un manojo entero de clavelones enormes, de ese matiz indeciso que no es ni rojo ni rosa y que al remate de las hojas se cambia en gris argentado, se erguía provocativo, dentro del medio canalón de la peinetaza de carey. No llevaba guantes, y su manita, cuajada de sortijas, relucía al manejar el abanico- -un IVIe dediqué solícito á explicar lo que allí iba á suceder, y desde el primer momento sufrí una decepción: Bertina sabía perfectamente los mínimos detalles de la fiesta nacional. Periódicos y conversaciones la tenían bien enterada. ¡Cualquiera enseña nada nuevo á nadie en la época presente! No quedan divinas ignorancias. Me sentí contrariado de veras. ¡Una iniciación que me perdía... Mi amor propio sufrió involuntariamente. ¡Cuánto placer en el capullo cerrado, cuánta delicia en rasgar el velo... Para más mortificarme, trocándose los papeles, ella misma, experta por intuición, me iba guiando á mí... -Ahora es lo más lucido: el despejo de la plaza y