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Bu la que fué plívza de armas del castillo, hí; n instalado losinf- zos una bolera, y ciertas fiestas corren allí vaquillas, no siendo raro que alguna res huyendo del acoso suba espantada á las almenas y las recorra, desprendiendo racimos gritadores de mujeres y chiquilios. Hasta una leprosería ú hospital de leprosos, que la previsión y murificencia de los duques fundó en las cercanías del cerro, es ys montón deruinas, proclaman do la santa igualdad ante el aniquilamiento de las moradas señoriales y los asilos de los leprosos, y yo os pregunto si después de esta larga razón de cosas que fueron, no ha de estar permitido acordarse de las conocidas estrofas de Jorge JVíanrique, ó repetir otros versos menos resobados del maestro Campoámor que dicen: sin más que andar los ríos acabau por llevarse las riberas. El Ebro, que arrastra sus verdosas aguas al pie de la ciudad de rrias, y al poco trecho de los muros de ésta se ha abierto en las rocas un desfiladero, puede certificaros las palabras del poeta que se negó á ser coronado. VISTA DE TRIAS y no quisiera recargar mucho el cuadro que melancólicamente ha ido trazando mi nluma diciéndoos que la mayor pailc de las bodegas, que fueron un día orgullo y opulencia de la ci -ida (i, están cegadas ó en abandono, y que las mismas viñas del término municipal padecen los estragos de la filoxera. No, no; basta de duelos y quebrantos; el lector que tropieza con tal rimero de penalidades, dobla la hoja, porque así como en el teatro busca la risa, busca en las páginas del semanario de su predilección honesto solaz y esparcimiento, sin que le agrade, ni mucho menos, que un escritor torpón le ponga ante los ojos el panorama de las futilidades humanas en fuga hacia los sitios obscuros donde guarda sus juguetes el tiempo. Yo, como buen burgués bastante liberal, conozco un poco á mis burgueses, y si les describo alguna vez ciudades dignas de ilustrar las páginas del Kempis, lo hago por creer que á cortas do- is estas cosas acedas ayudan las digestiones lo mismo que una pequeña cantidad de bicarbonato químicamente puro, bien disuelta en una copa de agua. Nunca duerme mejor su siesta un burgués feliz como descabezándola con el recuerdo de una gran familia qwe fué poderosa y yace desvaida de fortuna; estas ciudades históricas, fuertes, con castillos y almenas que van derrumbándose poco á poco, ¡cómo ayudan la digestión de las urbes modernas pobladas de burgueses multimillonaiios! Únicamente por tales razones me he atrevido yo á hablar hoy de Trías, de esa ciudad cuyo nombre evoca tantos recuerdos de proceres y magnates, y en la cual todo se viene al suelo con el fastidio de lo que ha durado mucho sobre una roca que está y está y frente á un rio que pasa y pasa. Y me niego rotundamente? pintaros su silueta romántica, iluminada por la luna, porque apenas concluya de escribir, me lavaré. Dios mediante, ¡as manos en una fina palangana de fabricación francesa que ostenta en su concavidad las ruinas de un castillo muy parecido al de Trias, con una luna redonda encima y dos cisnes dorados bogando en la laguna tendida al pie de los fallecientes muros. ¡Gh, Trias, Trías, quédense para ti y para nú nuestras melancólicas horas de íntimos cuchicheos! para vosotros, mis queridos burgueses, yo tengo una romántica palangana de fabricación francesa... r n i A S CALLE DEL MEUCAOO Fots O. JOSÉ D E ROURE.