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niencla, como Jaay cantos... Sin amor, sin dolores... ¡Yo que había soñado hacer del lazo matrimonial un nudo muy fuerte, que per nada del mundo hubiera querido ver desatado! Usted, solterón insigne, no puede comprender esto. Jacobo. -Señora, se equivoca usted. Tengo del lazo matrimonial el mejor concepto, y á punto estuve de caer en el lazo... Como usted, yo soñaba un nudo fuerte, muy fuerte, verdaderamente indisoluble; uno de esos nudos que aprietan pero no ahogan, al revés de tantos nudos conyugales que ahogan aunque no aprieten... Pero ¡ay! me faltaba también el lazo invisible con que se atan las voluntades, la goma ó el syndeiikon que usa el amor para pegar bien pegaditos los corazones. Y me quedé como las comedias modernas, sin nudo y, por lo tanto, sin desenlace; porque una vez atado á gusto debe ser muy triste desen 1 azarse. María Teresa. -Sin duda por eso no quiso usted enlazarse. ¡QUé talento más previsor! Jacobo. ¿Pone usted en duda mi vocación matrimonial? Le aseguro que sentía gran vocación... Con gusto hubiera ofrecido mi cuello al lazo del yugo; de blanda seda se me hubieran antojado las ligaduras... Pero ¿quién me asegura á mí que un día no hubiera querido que fuese mi lazo, en vez de seda, de soga, para poder ahorcarme? Ante tan dudoso desenlace, preferí quedarme sin atar, suelto, viudo de ideal, sólo ligado á la mujer por los sueños... ó por los recuerdos. Vea usted, pues, si mi situación no es dolorosa; sin haber gustado las dulzuras del matrimonio sufro todas las tristezas de la viudez. Soy, á un mismo tiempo, solterón aburrido, marido desencantado y viudo inconsolable. ¿I, e parece á usted poco? María Teresa. -I,o que es usted es un burlón temible. Jacobo. ¿Burlarme yo del amor? Juro á usted que me merece toda clase de respetos. Al amor debo mis mejores ripios, mis, más dulces sueños, mis horas mejor vividas. Y permítame, señora, que ponga á usted por testigo de ello. María Teresa. -ik. mi? Jacobo. -A usted, sí. A los pies de usted, María Teresa, puse yo mis veinte años con todas sus ilusiones... María Teresa. (Riendo. ¡Jesús! ¿Quién se acuerda de eso? Jacobo. -Usted y yo. Querrá usted decir... ¿quién se olvida de eso? Usted y yo, sin vernos, sin querernos, cada uno en su camino diferente, sin saber el uno del otro, más de una vez, ya de burlas, ya de veras, hemos pensado los dos en una misma cosa... Hasta me atreveré á decir que el recuerdo nos ata con lazo muy fuerte... lazo indisoluble que nadie nos impuso, que no ahoga, que no cansa... Acaso usted no se ha acordado de mi nombre y olvidó por completo cómo era mi cara... Pero usted ha compartido con- migo el mismo recuerdo, la misma evocación... la dicha anónima del primer amor, que es el mejor hasta que no se invente otro; ¿Que es esto pueril? Tal vez. ¿Que dejé de amar á Usted? Tal vez. ¿Que usted no me amó nunca? Tal vez. Juró usted, que me adoraba y me lo creí. Verdad ó inentira, el primer amor, aun siendo el peor, es siempre el primero; le cupo la suerte de llegar en la mejor ocasión: á los veinte años, y el recuerdo de una dicha compartida á los veinte años es un lazo que ata para siempre. Por mucho que anduviéramos para alejarnos uno de otro, si fuésemos en busca de la dicha, al ir á cogerla, como se alarga la mano para cortar una flor, habríamos de vernos frente á frente y en disputa de una cosa que ni es de uno ni de otro, sino de ambos á la vez. María Teresa. I ¿isiteña ¡tnen e: j ¿I e manera, JsLCoho, que estamos unidos para siempre? Jacobo. -Para siempre; nos ata el recuerdo con lazo inquebrantable. Aunque enlazáramos usted su vida y yo la mía á otro hombre y otra mujer, seguiríamos sutilmente unidos usted y yo. Y el más hondo amor que pudiéramos sentir mañana, se daría por satisfecho con parecerse á la dulce mentira de los veinte años. No cambiaría yo la mentira de su boca de usted por el amor más verdadero... ¡Ijástimá es que á los cuarenta años no se crea uno las. mentiras! María Teresa. -Ks verdad... y como todo esto que dice usted es también mentira... no me lo creo. Jacobo. -No, María Teresa; esto que digo á usted es verdad, es la pura verdad; usted lo sabe... María Teresa. ¿Pues sabe usted lo que pienso? Jacobo. ¿Qué? María Teresa. Qae me desato... Que no quiero lazos, que me gusta sentirme libre, sin trabas, sola... Jacobo. -Lo mismo que yo, con todas las libertades que puede uno permitirse, menos con una sola: la libertad de amar como uno quisiera... Y ahora, María Teresa, doy á usted muchas gracias por haberse dignado estrechar, la mano de un antiguo amigo que se dispone á volver á su rincón María Teresa. ¿Pero se va usted hoy? ¡Qué lástima! foíí) ¡Lástima! ¿Por qué? María 7 í? r ííz. -Porque, francamente, podríamos pasar muy buenos ratos charlando y riéndonos de las cosas pasadas, de nuestros recuerdos y de lo que usted llama nuestro lazo... (Riendo. Me hace gracia esto de nuestro lazo... ¿No será el de su corbata de usted... ó el de mi cuello? Jacobo- SX que usted quiera, no siendo el corredizo del matrimonio, que ahoga tan dulcemente... Señora, he tenido el mayor placer... María Teresa estrecha l a mano de JacoDo; se dicen adiós, y se separan. Desde su asiento ve ella alejarse la figura erguida y simpática de su antiguo amigo, y una sutil tristeza empaña un instante las gotas aguamarinas de sus ojos que no han podido nunca llorar de amor... 151 se aleja sereno, sin tristeza, pero apagada la burla habitual de sus labios por un soplo frío que le sube del corazón, y la tarde, cayendo, desvanece el azul del agua del mar y de los ojos de María i cresa... J. ORTIZ DE PINEDO. BIBUJOS DE MÉNDEZ BniNO