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LA INSACIABLE -VOKADlTO, el valiente torero cordobés, sale á la arena seguido de toda su cuadrilla- -banderilleros, picar dores con las picas en ristre, las mulillas enjaezadas y los mo? zos sah os vestidos de rojo. -El cuerpo de Doradito se contonea graciosamente: avanza hasta la barrera, y allí se descubre, con un movimiento tan breve como gracioso, saludandoal señor presidente de la corrida. Pero al mismo tiempo que saluda al presidente: los ojos de Doradito se dirigen veloces hacia un palco, un bello palco adornado con una luciente, con una magnífica capa de color morado, que cuelga negligentemente como un tapiz. En el palco hay una mujer, y á esta mujer es á quien los ojos del torero han saludado. Es una mujer rubia, de rostro impasible y hermético. Ah ra el torero se adelanta al medio de la arena y extiende su capa. El toro se yergue un instante, mira á la capa que le reta y embiste con toda la furia de su alma indomable. Z oraí z í? se ladea, y burla al toro; vuelve á tender la capa y á burlarse otra ¿vez; nuevamente reta al toro, hasta que, por últi. A- j mo, la bestia se rinde, se declara vencida, se de ¿itC tiene jadeando. Doradito se ha detenido también, pero á dos palmos del toro; luego hacogidosumontera y se la ha puesto al toro en mitad del testuz. Un unánime y estruendoso aplauso brota del seno de la muchedumbre. Doradito sonríe á la muchedumbre, dándole gracias con esta sonrisa, y al mismo tiempo que sonríe, sus ojos vuelan, hasta el palco y parecen preguntar: ¿Estás contenta? Pero la hermosa mujer rubia hace un mohín con sus labios, á la vez que tuerce la cabeza. Sin duda no está contenta. Doradito ba empuñado dos banderillas azules y corre á buscar al toro. Seguramente que las bandeiillas no son más largas que el palmo de un niño. Arremete el toro, Doradito lo ha sorteado con sólo un ligero quiebro. Nuevamente embiste el toro, y nuevamente lo quiebra Doradito; pero esta vez le ha clavado las dos banderillas eu el mismo centro del cogote. La muchedumbre ha dado un grito, viendo que la punta de un asta le rozaba el pecho al torero; después ha roto á aplaudir frenéticamente. Doradito le dedica otra sonrisa de agradecimiento á la multitud, mientras que sus ojos vuelan al palco, como si repitieran la pregunta: ¿Estás contenta? Tampoco está ahora contenta la hermosa mujer, Ela hecho un mohín de indiferencia y se ha cubierto el rostro con su abanico de nácar. Ahora es cuando el torero parece poseído de- ina pasión suprema. Coge la muleta con una mano, la espada con la otra mano, y sin acordarse de brindar marcha corriendo adonde está el toro. H a gritado á toda su gente: ¡Dejarme solo! Y como sus peones se resistan á abandonarle, pega un puntapié en la arena y grita con una gran voz: ¡Dejarme solo! IvC han dejado solo en mitad de la plaza, solo con el cauteloso y pérfido toro de Miura. De ha dado un pase de muleta, luego otro pase: el toro s e h a detenido y Doradito también. No se oye á nadie en la plaza; dijérase que el alma de la multitud se halla suspensa del torero. Una voz amiga ha sonado de pronto en un tendido: ¡No te tires... Pero Doradito estaba lívido de coraje, vibrante de emoción, y se ha tirado á matar. Éa espada le ha entrado al toro hasta los gavilanes; es una herida de muerte. Pero antes de morir, el torc alarga los cuernos, engancha á Doradito y lo arroja al aire. El toro y el torero caen desplomados á la vez Han levantado a Doradito, lo llevan entre cuatro toreros. Ea muchedumbre gime de espanto. Una ola de sangre le mana del pecho al pobre matador. A tiempo que lo levantan, los ojos de Doradito todavía tienen fuerza para remontarse hasta el palco. ¿Estás ahora contenta... Pero esta vez la hermosa rubia no oculta el rostro ni hace mohines de desdén. Se ha incorporado anhelante h a mirado al torero con ojos desolados, ha movido los labios temblorosos, h a dicho con un sollozo: Perdón! J. JVl. i SALAVERRIA. D 10 UJ OS MPDJNA VP. R 4.