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Este cazador es inofensivo. Sale de su hogar con todo y se vuelve á casa sin nada. ¡Tanto mejor para él y para las perdices! Distinta vida y distinto traje lleva el earador furtivo. Para éste, no hay coque, tería alguna. Por la traza exterior nadie diría que se dedica á tan peligroso ejercicio. i? ara él no hay descanso ni placer ni siquiera escopeta. Su caza es silenciosa, de lazo, y probablemente con final de Guardia civil. El castigo de estos cazadores es terrible. lya defensa del conejo ha preocupado siempre á los legisladoíes, y. el Código se enfurruña en cuanto nota la falta de uno de estos animalitos. ¡Pobres cazadores furtivos... En cambio ios que tienen licencia y coto arrendado, ¡cuánto gozan... Es decir, gozan algunos, porque los que por primera vez van de caza, ¡maldito si se divierten! El cazador novel tiene que sufrir humillaciones sin cuento. Los cazadores viejos le llenan de advertencias. Cazando en mano le colocan á la extrema izquierda, como diciéndole: -Ahí no podrá usted matar á nadie. I o más que puede pasar es que nosotros le demos á usted una perdigonada. Si la caza es en puesto, ¡valiente puesto será el que le concedan! ¡Ya puede esperar echado á que entren las piezas! Y por si esto no fuese bastante, durante todo el día escuchará palabras del argot cinegético, de las que se quedará en ayunas. El cazador novel sufrirá además la bromita pesada que, ya en la casa y durante la noche, se acostumbra á dar á los novatos. Si después de todo este calvario vuelve al monte, ya se puede decir que tiene afición? I OS cazadores veteranos son crueles con los que empiezan, y no sabemos por qué, pues el único pecado de éstos consiste en disparar muy pronto. Porque eso sí, el primer tiro que suena en cuanto se mueve una hierba es el del cazador primerizo. ¡Calma, jóvenes, calma! Y asi vuestra suerte será menos dura Por más de que aún existen cazadores más infelices que vosotros. ¿Que cuáles son... Pues los cazadores á la fuerza. H a y ciertos señores á quienes no les gusta cazar, pero tienen amigos cariñosos que les dicen á cada paso: ¡Vente con nosotros... Verás cómo te diviertes... Si no quieres cazar no cazas, pero comerás al pelo y harás ejercicio y contemplarás el paisaje que es encantador... Y quieras que no, allí va nuestro hombre, y come picante, y duerme mal y, coge, por fin, una escopeta y se pega un tiro en la primera ocasión que se presenta. Estos son los cazadores más dignos de lástima. IvOS demás sufren también, pero es por su gusto. Y por empeñarse en cazar en el campo, no siendo el campo el lugar más á propósito. La verdadera caza, según dice un amigo mío, está en las grandes ciudades. Bien es verdad que mi amigo pertenece á una clase de cazadores muy socorrida. La de los cazadores de dotes... Luis DE T A P I A OIBUJOS DE SANCHA