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resplandor delhogar abierto en aquel momento; luego, rayos de luz que se escapaban de algunos coches, y por último, los faroles colocados detrás del furgón de cola, que por instantes se veían más pequeños. Vuelta entonces á cruzar la vía para levantar las cadenas y dejar expedito el paso de la carretera; otra vez la subida por la vereda que á la casilla conduce; una mirada á la aguja á fin de asegurarse que queda abierto y franco, por tanto, el pas de la línea general sin riesgos para la estación próxima, y á guarecerse del viento helado que entumece las extremidades y produce dolor en los ojos, que pugnan por cerrarse para evitar sus embates. -Anda, que hace un frío que hiela. Titso, sin hacerse rogar, pues ya cumplió su deber y esto le produce la satisfacción que da una conciencia limpia y tranquila, penetra el primero en la vivienda y se dirige hacia la estufa, ante la cual se echa, no sin haber dado varias vueltas buscando una postura cómoda. Su amo se despoja del capote y de la bufanda, acércase también á la lumbre y, después de atrancar la puerta, dispónese á aprovechar para el descanso las cuatro horas y media que restan hasta el primer tren descendente, el 34, que llega á las cuatro cincuenta y seis de la madrugada. Las buenas relaciones que median entre González y Tuso datan de cinco años atrás. Una mañana encontró el primero, junto á la cuneta de la carretera, un montoncillo de carne que gemía de una manera desesperada: era un cachorrillo que debió caerse de algún carro, y que la madre, atada sin duda á la trasera, no pudo recoger. A González le dio lástima el bichejo; Uevóselo á su casaj y con mil cuidados, dándole leche poco menos que con biberón como si se tratara de un niño, le fué sacando adelante, iji perro, en pago, profesábale un cariño sin límites, y no sabía separarse de su amo al que, como se ha visto, ayudaba en su tarea avisándole lallegada de los trenes si éste, rendido, se quedaba traspuesto. El desinteresado afecto de Tzsyo tuvo justa correspondencia en el corazón del hombre que, desde el punto y hora en que se lo llevó en su compañía, encontró un ser adicto, ante quien exponía sus ideas con toda libertad, quejándose de la suerte y de la vida dura y sin descanso que llevaba, sin que se diera el caso de que Tuso le llevase la contraria ó le hiciera objeciones, escuchándole siempre con cariñosa atención, lamiéndole la mano cuando las cavilaciones poníanle melancólico, y dando saltos y brincos si le veía contento. Lo cual ocurría pocas veces, pues González no había sido mimado por la fortuna. Joven, quedóse pronto huérfano y tuvo mil dificultades para ganarse el sustento. Al entrar en la madurez se casó, y muy tranquilo hubiera vivido entonces si no fuera porque su mujer sacó un genio más agrio que las hieles y, para no convertir el hogar en campo de Agramante, optó por el silencio y la total abdicación de su persona ante el empuje y la acometividad de su conjunta, esmerándose en no atraer sobre sí las iras de su corajuda mitad. Una hija nació de esta feliz unión. Mientras fué pequeña, González la dedicó toda su ternura, y la chiquilla encariñóse también con él; pero conforme fué creciendo se contagió, sin duda, con el ejemplo de su madre, ó al ver que ella mandaba en jefe y que el marido cosíase un punto en la boca así lloviesen insultos de los que levantan roncha, creyó innecesario querer á aquel padre que tan poco se hacía respetar, y separóse paulatinamente de él. Con lo que el pobre González pudo sumar un nuevo desengaño, grande y doloroso, á la ya larga lista que el vivir le iba formando. A punto fijo no se sabe si la muerte de la esposa la causó una rabieta que no tuvo lá necesaria exteriorización, ó si fué consecuencia de un tabardillo pintado. I O cierto es que se marchó de este mundo dejando á González, si bien tranquilo, con una mu chacha de diez y ocho años á quien cuidar. El cuidado no le duró mucho sin embargo, porque la chica, poco propicia á dedicar sus verdes años á un padre por el que no sentía cariño ni respeto, fuese á servir á la capital de la provincia, y más tarde á Madrid, no volviendo á dar muestra de su existencia. Y como el buen González se había quedado tan solo en el mundo, vínole como de perilla el hallazgo de Tuso, ser que le demostraba un afecto que á nadie inspiró hasta entonces, que no le regañaba jamás, y que era capaz incluso de dar un buen consejo, que podía leerse en los inteligentísimos ojos del can, el cual subrayaba sus sapientes juicios con un mover la cola equivalente á pmntuar el discurso. Con lo dicho queda bien explicada la intensidad del hondo afecto y de la mutua estima que se profesaban González y Taw, la compenetración que entre ellos existía, su unidad de miras, el sentimiento de solidaridad reinante en ambos, traducido en ayudarse el uno al Otro con el fitj de sobrellevar lo mejor posible las penalidades y cuidados que amenizan este valle de lágrimas. Así se comprenderá la pena que tuvo González cuando una máquiria que estaba maniobrando arrolló al perro, dejándolo herido, maltrecho y con una pata rota. No hay para qué decir cuánto cuidado puso en su curación, ni que hizo venir al veterinario del pueblo inmediato para que le entablillara el miembro herido, ni las mil atenciones de que hacía objeto al animal, sacándolo en, brazos á que tomase el sol, y reservándole los mejores pedazos para que pronto se repusiera y criase nueva sangre en substitución de la que aquel picaro tren le hizo perder. En plena convalecencia arriesgóse Tuso una tarde, ya entre dos luces, á acompañar á su amo, no obstante las reconvenciones cariñosas de éste, que veía el trabajo, y la fatiga que le costaba bajar y subir l s pequeñas cuestas que hay que trasponer para ir de la casilla á la vía y á la carretera. Hizo González las operaciones de costumbre, pero retrasado por lo despacio qua Tuso, marchaba, tuyo que cruzar rápidamente la vía para llegar con tiempo bastante á la aguja confiada á su cuidado. 21 o quiso seguirle, mas sin dada tropezó con una piedra y cayó rodando á la cuneta de la vía. Levantóse dando lastimeros aullidos por causa del dolor que la caída le produjo, y entró en los mism. os; rieles por donde 1 tren iba á pasar. A Gonzálezle dio un vuelco el corazón: el perro, inválido no tenía tiempo, de escapar, el. atropello era seguro, fatal. Dió un grito de angustia, quiso lanzarse en socorro de su fiel compañero, pero comprendió que ello era inútil, pues la máquina llegaría antes que él. Una idea le ocurrió entonces, fácil, hacedera, eficaz para salvar la vida del animal; no tenía más que cambiar la aguja; el tren pasaría por la vía apartadero y Tuso quedaba con vida. Bien es verdad que haciendo eso produciriase, una. hecatombe, pues el rápido venía, á toda marcha y en el apartadero estaban seis vagones de mercancías; ello era un crimen monstruoso, horrible... pero la vida del pobre Tuso, su único amigo, el solo ser que le quiso en el mundo, ¿no valía para González más que la de aquella gente indiferente y desconocida que iba en el treu? Desatentado, loco, abalanzóse á cambiar la dirección de la aguja, cuando vio que el perro, haciendo un esfuerzo colosal, conseguía salvar el peligro al punto mismo que el tren pasaba como una exhalación rugiente. Tuso se echó sobre el cuerpo de su amo, á quien la violencia de la emoción sufrida tendió, inanimado, en el suelo. ENRIQUE M A U V A R S DIBUJOS DE MBNtíEZ BRlKGA