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apresurarse, como el que ti- ene medidos los minutos y los segundos; púsose el capote, abiochando cou calma todos sus botones; se rodeó el cuello con la bufanda, que le subía hasta la rubicunda nariz; se caló la capucha, y, cogiendo la linterna, colocada en una especie de hornacina hecha en el muro, abrió la puerta, diciendo al mismo tiempo al perro: -No salgas, no seas tonto. Tuio no atendió esta atnable invitación, juzgando sin duda que, cuando su amo dejaba el cómodo sillón y la amable temperatura del cuarto para exponerse á -is inclemencias del helado viento que soplaba con de su amo y señor, pensando tal vez en la inutilidad de este género de lamentaciones. Iflegados que fueren al paso á nivel, enganchó González la cadena al poste de hierro, cerrando por junto á la casilla el camino real; cruzó luego la vía para hacer la misma operación en el lado opuesto, y atravesó de nuevo los rieles con dirección á la casilla. -N o corras tanto, hombre, no hay prisa- -iba diciéndole al perro, que, impaciente, andaba y desandaba el camino, como ansioso de concluir estas operaciones. -Ya ves, todavía no ha salido el tren de la curva. violencias de huracán por la desierta llanada, ello constituía un deber, y el sustraerse á cumplirla seguramente era muestra deegoísmo, impropio de un perro bien nacido. No cedió sin trabajo la puerta, porque el ventarrón, atisbando quizá por las rendijas de la ventana el bienestar que la estufa daba al ambiente de la habitación y la comodidad de la butaca, prometedora de calma y de sosiego, parecía como que empujaba la puerta, aun cuando para abrirla fuera necesario derribar el muro en donde estaba empotrada. ¡Vaya una noche, Tuso! -dijo González á su compañero; pero éste bajaba corriendo la cuesta que conduce á la carretera sin añadir ningún comentario al Cou! o para desmentirle, asomaron entonces los ÍTros de la locomotora por el final de la trinchera e donde la curva termina, y con un nuevo silbido anutj ció su proximidad, al par que aumentaba la marcha una vez tomada la recta. Pero González y TÍKO estaban a ante la puerta de la casilla, y el primero, puesta en alto la linterna de forma que el maquinista viese la luz que anunciaba via libre, empuñaba la aguja con la mano derecha, al propio tiempo que la aseguraba con el pie, coa objeto de que el trepidar del tren no la hiciese desviar de su posición. Y con un ruido atronador pasó el expreso, sin que González pudiera percibir otra cosa que, primero, el