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Tebar recitó sollozando las oraciones de los moribundos, y el buen López, esgrimiendo los puños como sí amenazara á un invisible enemigo, gritó con voz henchida de gemidos y preñada de ira: ¡Ah, conde- duque de Olivares... Vaya esta muerte á cargo tuyo. Tú le has matado, pues de su prisión de San Marcos de León ya salió mi señor muerto y acabado... En esto, atraída por los gritos, acudió una criada ya vieja, limpia en sus pobres ropas, arrugada de cara, ratonil de ojos y despabilada de aspecto, la cual, al ver difunto á su señor, hizo grandes y sinceros aspavientos de lástima. Pasados los primeros momentos de congoja, el padre Tebar ordenó á la mujer que, mientras ellos amortajaban al difunto, fuera ella y avisara de lo sucedido al vicario y ordenara que todas las campanas tañeran á tránsitos. ¡Válgame Dios y qué solivianto de ánimos causó la fatal nueva al extenderse por los ámbitos de la quieta y tranquila población de Villanueva de los Infantes... Baste decir que fué tanta la curiosidad de los vecinos, que todos ellos, no bien terminaron su yantar del inediodía, como si los convocara el tañer lúgubre de las campanas, se fueron agolpando frente á la casa del difunto y, unos con voces levantadas y otros con runruneos de moscardas, todos pedían ver á D. Francisco. La calle ancha y orillada de no muy altas casas, estaba inundada de sol. Tras los herrajes prolijos de las ventanas había racimos de rostros mujeriles que entre risas y coqueteos daban vaya á los conocidos que paseaban por la calle. Dos ó tres hidalgos muy hinchados con -US saj os de velarte y sus calzas de vellorí, discurrían entre los miseros destripaterrones, con las manos izquierdas apoyadas en los pomos de las espadas, atusándose los bigotes y comentíndo los dichos y agudezas del difunto, mientras que unas hidalgas los miraban desde un balcón con ojos hambrientos de amor. Eran ya las cuatro de la tarde y las puertas de la casa no se abrían; y como el sol calentaba más de lo conveniente y la curiosidad, según se veía defraudada, se crecía y agigantaba de manera que j a los runruneos eran gritos y los gritos clamores, el padre Tebar, comprendiendo que el deseo de la g- ente nacía tanto de curiosidad como de cariño y admiración al difunto, mandó que se permitiera la entrada, siempre que la multitud guardara la compostura y el recogimiento que en todo caso son debidos á la muerte. Precipitóse el gentío y sus ojos curiosones f ítron posándose sobre el helado cadáver. Dábanle guardia de honor el vicario, el padre Tebar, Juan López y do. hidalgos viejos de entrecanas barbas y enjuto. s cuerpos, todos los cuales ya rezaban, ya se sumían en un contemplativo silencio ó bien acudían á despabilar cou fgIPi. sendos papirotazos los cuatro amarillentos cirios qMe, p iiestos en grandes candelabros, ardían 5 chisporroteaban á la vera de los cuatro cormiales del lecho. En éste yacía el señor de la Torre de Juan Abad, todo envuelto en los amplios pliegues del blanco manto santiaguista. Sobre su pecho, que tanto atormentaron las a. postemas, tendíase la flordelisada cruz del Apóstol, semeíanteá una espada tinta en sangre; sus finas manos, trabadas con un rosario, sujetaban un crucifijo; cerrados estaban 5 a para siempre aquellos ojos miopes que con tanta serenidad supieron ver la muerte en la terrible noche de la conjuración de Venecia; rota mostrábase ya aquella maravillosa inteligencia que tan pasmosas obras concibiera; sordos aquellos oídos que escucharon alabanzas de príncipes sin engreírse; mudos aquellos labios, fuente de la verdad y de la gracia; y quietos y calzados con las doradas espuelas de caballero aquellos disformes pies que anduvieron por los burdeles y chamizos sin encenagarse, j por los alcázares y palacios sin envilecerse. ¡Ah de la muerte profana y sacrilega... Los vecinos, satisfecha su curiosidad, fueron saliendo y desparramándose por calles y plazas y, al separarse, se citaban para el día siguiente, á las nueve de la mañana, hora en que con notable aparato había de ser conducido D. Francisco á la iglesia parroquial para ser enterrado en la capilla de los Bustos, en la misma bóveda donde yacía doña Petronila de Velasco... Alrededor de Villanueva reían los campos de Montiel. Las vides ofrendaban al sol sus ya dorados racimos, los grises olivos cabeceaban como filósofos pedantes, y entre los terrones de los rastrojos cantaban las cogujadas y los jilgueros el himno de la Naturaleza, eterna triunfadora de la muerte... JOSÉ A. LUENGO DIBUJOS D K MEDINA VZttA