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Ú 4 -ir EFíJMERlDE? 8 DE SEPTIEMBRE DE 1645 M U E R E D. F R A N C I S C O DE Q U E V E D O I LAMADO por D. Francisco, se presentó el médico á cosa de las ocho de la mañana, y como éste, después de pulsarle y preguntarle varias cosas referentes á sus apostemas, le asegurara que había vida para tres días, entreabrió el enfermo los labios y, con la voz ya trémula 3 acongojada, contestó: -Vuesa merced se equivoca; antes de tres horas habré muerto... El médico le animó y le dijo que tuviera esperanza en Dios y en la Naturaleza que á veces obra prodigios; recomendó á los circunstantes mucho silencio y recogimiento alrededor del enfermo y, doblándose como una ballesta á puras cortesías, abandonó la estancia de. spidiéndose hasta la tarde. Estaba D. Francisco de Quevedo tendido en el lecho cuan largo era. Bajo las sábanas adivinábanse las líneas y perfiles de su cuerpo; su busto, apoyado en dos blancas almohadas, levantábase un poco para su comodidad y mayor descanso, y su cabeza s e doblaba hacia el hombro siniestro con aire de atormentada languidez. Colgaban sus brazos fuera de Jas ropas á entrambos costados, y de vez en cuando se enderezaban para dar lugar á que sus manos, escuálidas y finas como de princesa encantada, fuei an automáticas á componer los crespos y entrecanos cabellos que en desordenada irrupción invadían su frente surcada de viejas cicatrices y sus mejillas que enflaqueció y amarilleó la dolencia. Un quejido continuo, arrancado por el fuerte dolor de las siempre abiertas apostemas del pecho, movía su. s finos labios, aquellos labios suyos que tantas veces se movieron á la risa y á la ironía, y sus ojos miopes, desamparados de los espejuelos, se entornaban débiles y como cansados de contemplar la vida. La habitación, de limpias y encalaéas paredes, estaba amueblada, si no con escasez, tampoco con fastuosidad. Aparte del lecho, todo él de madera obscura, trabajado en la cabecera y en los cornijales con mucho primor de molduras, veíanse tres parejas de sillas con los asientos de blanca enea, una mesa atestada de manuscritos, librotes, tinteros y plumas de ave, un sillón frailuno de amplio respaldar y una como mesilla de noche llena de ungüentos y brebajes que despedían un ingrato y cansino perfume. Además, resaltando como negras costras en la blancura de las paredes, pendían de sendos clavos un Cristo, que al amparo de un rojo doselete se contraía agonizante, y un par de cuadros que, vistos en conjunto y en detalle, demostraban pertenecer á la no extinta escuela orbanejera. Aunque había una ventana, como la luz molestaba al enfermo, estaba entornada; así es que todos los objetos, un tanto desdibujados por la penumbra ambiente, tenían cierta indefinible vaguedad de ensueño. Los circunstantes á quienes el doctor recomendara filencio eran dos: un viejo de rostro apacible y de negra y modesta ropilla, llamado Juan López, secretario de D. Francisco, y un clérigo jesuíta, amigo y confesor del mismo, de nombre Diego Jacinto de Tebar, por cuyos consejos quemó Quevedo en mala hora la mayor parte de sus jacarandosas y festivas poesías. Estábanse los dos quietos, sentados en sus sillas y llenos de pena los ssmblantes y de lágrimas los ojos. De vez en cuando se levantaba uno ú otro, y, andando de puntillas, se acercaba al lecho, miraba al enfermo, hacía seña al compañero de que todo seguía lo mismo, y tornaba á sentarse y acaso á rezar... A eso de las nueve, y á petición del enfermo, fué el vicario D. Florencio de Vera, su amigo y albacea, y le administró la Extremaunción; y despidiéndose de él hasta la tarde por tener que acudir á la función de la parroquia, la voz de Quevedo sonó por última vez en el mundo para contestarle que no se despidiera de él hasta la tarde, sino hasta la eternidad. Y no habló más, pues pasada que fué una hora, como se levantara y acercara al lecho Juan López, avisó al padre Tebar y ambos vieron con pena que D. Francisco se acababa, se acababa como res herida en el corazón. Insinuáronse bajo la ropa los faertes sacudimientos espasmódicos de su cuerpo; sus ojos se abrieron como platos y brillaron con reflejos de cristal bohemio; sus dedos se engarfiaron en las sábanas; su quejido se apagó convirtiéndose en un hiposo estertor y, acabado éste en un espumarajo que le subió á los labios, expiró... expiró antes de las tres horas que anunciara al médico. El padre