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convencidos de la sabiduría de su Rey; abí celebró Enrique de Trastarnará, con grandes fiestas, torneos y gallardías, el apaciguamiento de su conciencia fratricida, á futrza de conceder mercedes y oir lisonjeras gracias; ahí tuvo el rey D. Sancho prisionero á su hermano Alfonso VI, después de despojarle de la corona de León; ahí Enrique el Doliente, tras haber empeñado el gabán á los judíos de la Aljama burgalesa para no quedarse un día en ayunas, les gastó á los poderosos magnates de su corte la broma fúnebre de llamarlas al castillo á deshora de la noche y recibirlos en una sala mal alumbrada y en compañía única del verdugo; ahí se celebraron Cortes, se efectuaron bodas Reales, hubo saraos suntuosos, justas célebres, homicidios de gentes de alcurnia, y una famosa torre del Caracol, donde se encerraba á los prisioneros dignos de tal honra para que nadie volviese á saber de ellos. Todas las voces y todos los ruidos de guerra ó de alegría que sonaron durante diez siglos en estas mesetas castellanas tuvieron su origen ó su eco en ese castillo, que entonces alzaba su gallarda y majestuosa mole, bella y espléndida por su riqueza, poderosa é inaccesible por su situación- -fíjese usted bien, son palabras de un historiador muy ocXa, -dominando por completo á la ciudad, que humilde se postraba á sus pies, y rodeada por seculares bosques de abetos, hayas y robles. ¡Qué risa! í ¿Sabe usted lo que queda de aquella morada espléndida? ü n pozo muy hondo. Búsqueme también u n abeto, una haya ó un roble en todo el cerrc) y le regalo á usted una sombrilla. ¡Ay, señor pariente de los fu 4i fá fcto. Us 1 1 a ol- TiMiiéiii u t O- m PANORAMA DE BUKGOS DESDE EL CERRO DEL CASTILLO Fot Vadilio escarabajos, qué paso llevan las cosas de este mundo! ¡No se balancean como usted sobre sus patitas frágiles! Iban ya en auto antes de que muriese el primer can, víctima del rápido vehículo. ¿Que á usted todo eso le tiene sin cuidado? I,o comprendo perfectamente; vayase el buen burgués á tomar el sol, que yo quiero ensoñar un rato. Y si yo fuese rey mandaría reconstruir el castillo de Burgos para aposentarme en él los meses estivales. Haríalo reedificar, imitando estilos añejos, por muy excelentes artífices de la piedra, pero con todo el buen vivir de los gustos y necesidades de ahora. Repoblaría el cerro tan desnudo, tan calvo hoy, de abetos, hayas y robles, trazando muy bellos jardines con estatuas, puentes y terrazas, para solazarme en ellos y librar á mis buenos burgaleses, por obra del arbolado, de muchas traidoras pulmonías que hoy les asaetean desde el castillo. En ese reconstruido alcázar crceríame más rey que antes, por serlo del reino y además de la propia casa solar de mis antecesores; y así como había reconstruido ésta, me esforzaría, claro está, en reconstruir aquél, harto parecido, por culpas añejas, al pelado cerro del castillo de Burgos. Y cuando al fin de una jornada fecunda me asomase á descansar, vencida la tarde, á las ventanas de mi alcázar, verían mis ojos asombrados caer el día en derredor del encaje de la catedral, tendido allí abajo como un velo que sujetan de tierra á cielo dos firmísimas agujas. Vería qué colores rosados de carne femenina toman las piedras tan delicadamente labradas al toque de los últimos rayos del sol y qué maravillas hacen las luces del ocaso con las maravillas que surgieron de las manos de los hombres. ¡Digno de la corona de un rey es mirar cómo anochece sobre la catedral de Burgos! ¡Ya pronto se apagará la tarde; subamos al castillo para gozar espectáculo tan regalado! ¡Seamos reyes un momento! En cuanto cierre la noche abdicaremos. ¡Es tan hermoso tomar mañana el sol á lo burgués, en plena libertad y aun cuando sea sobre unas patitas frágiles... JOSÉ DE ROURE DIBUJO DE MEDINA VERA