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IMPRESIONES VERANIEGAS p tESDE EL CASTILLO Sentado eii un ribazo del cerro del castillo de Burgos, veo desplegada por el cielo la majestad de una serena tarde. A mis pies duerme un cementerio, clausurado su doble sueño por el de los muertos que alberga y por el olvido en que les dejaran aquellos, menos cada vez, que un día les acompañaron hasta esas puertas que ya no han de abrirse. La üave que clausura un cementerio, es la llave que más cierra. Algunos pájaros vuelan sin embargo alegremente entre las crueles y los panteones. Sobre mi cabeza, en lo alto del cerro, se alzan los paredones de otra gran ruina. Allí fué el alcázar de los Reyes castellanos, allí el famoso castillo de Burgos. Diez siglos de historia han pasado; nada queda. ¡Y es tan hermosa la tarde, cuya serena majestad veo en el cielo cuando alzo lofc ojos que acaban de contemplar el cementerio cerrado, ó rebota hacia arriba mi miradíi desde los paredones medio derruidos del que fué alcázar de reyes! Esta melancolía de existencias que fueron, no puede sustraerme al encanto del moirento de sol y plenitud que goza la tierra. El espíritu quiere dolerse, pero vuelan los pájaros entre las cruces y los panteones. L- a calma de la fecundidad cumplida se enseñorea de la tierra burgalesa. Más allá de una espesa trama de árboles que cabecean lenta y solemnemente saludando como en un rigodón á la brisa que hace su balance, veo los campos fuertemente amarillos que acaban de ser segados. El bravio rasirojo alza sus puntas metálicas que fijan la luz con brillo de esmalte. Ciega, á pesar de la distancia, aquella sucesión de esmaltes que van escalando las colinas hasta la línea azul del cielo. Y á veces un punto luminoso, un cristal menudo, un trozo de vasija esplende desde el rastrojo sus alegrías de triunfador de un segundo. Una vida de Napoleón que pasa. Por la derecha las umbrías siguen el curso del río, y una gran mancha de verdura me indica por donde lleva el Arlanzón su corriente. Entre esa mancha asoma la torre de las Huelgas sus ventanales de mujer curiosa, y veo en la espadaña el nido de la cigüeña y aun á la cigüeña misma que, pue. sta en pie, avizora desde el nido la extensión de los campos. Y he aquí que de pronto se mueve levemente el hierbiu próximo á mi mano, reposada sobre la tierra, y aparece, tras un momento de vacilación de cosas negras que se agitan, el cuerpo de un escarabajo. No, no es un escarabajo; es otro señor más importante y grandullón, tal vez pariente remoto de los escarabajos, pero que tendrá un terrible nombre latino, como prez de su inconfundible prosapia, el cual, después de dormir soterrado la siesta, sale burguesamente á tomar el sol de esta hermosa tarde. Bien venido, señor; tiene usted un cuerpo demasiado grande para esas patitas tan flacas, que, aunque son muchas, no pesan lo que un hilo, y no me extraña que se balancee usted al andar, como los caballeros ventrudos de piernas delgaditas, que van tan jacarandosos por los paseos de Madrid después de dormir la siesta. Sólo le falta á usted la sombrilla. El sol está alto todavía; párese, y hablemos. Sí, señor; el destino nos ha reunido á usted y á mí sobre un trozo muy grande de historia de España. ¿Ve usted ese cementeiio de ahí abajo? Pues dicen que antes fué el emplazamiento de un palacio real. A su derecha, según le vemos desde aquí, está el solar del Cid, donde siaponen graves varones que se alzaba el edificio entre cuyos muros nació Rodrigo Díaz de Vivar, y á su izquierda puede usted ver, empinándose mucho, el arco de Fernán- González, erigido en tiempos de Felipe II, en memoria del sitio que ocupó la casa- fortaleza del primer conde independiente de Castilla. ¡Vea usted si debajo de sus patitas capilares hay montones de Historia! ¿Pues qué diremos si alza usted la cabeza y mira á lo alto del cerro? No tenga usted prisa, que aún queda tarde larga para pasear, y estos recuerdos gloriosos matan el tiempo. Ese castillo famosísimo fué construido por Diego Rodríguez Porcelos para morada de los condes de Burgos; pero después lo habitaron como albergue principal todos los Reyes de Castilla, engrandeciéndolo, ensanchándolo y fortificándolo á su antojo. Ahí nació aquel terrible D. Pedro I, muerto por su hermano bastardo en los campos de Montiel; ahí recibió el Rey sabio á la emperatriz de Constantinopla, que venía con un sable mayiisculo á pedirle dineros para rescatar á su marido, dineros que el Rey sabio tuvo la debilidad de entregarle, con gran escándalo de sus vasallos, los cuales, por ésta y otras razones, nunca estuvieron muy