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A -m LOS GRANDES PLACERES níai. f JAFE CON MEDIA TOSTADA üANDO vine á Madrid y me matriculé en la facul tad de Derecho, sentí una tristeza de niño graní al verme solo. En mi pueblo era el hijo del aboido, y todo el haz de la villa era una prolongación í mi casa, y todos los vecinos eran una extensión mi familia. Aquí, entre tanta gente, ¡estaba solo! La soledad en que me veía me daba un miedo inmenso y me consideré entonces como un hombre abandonado en el medio del Sahara. Mi dolor era tan indiferente en la Puerta del Sol como en mi casa de huéspedes. ¡Qué horrible morada aquella! No olvidaré nunca á sus habitantes. Comían puercamente, discutían á gritos, y la panzuda patrona imponía el orden cuan do sentía peligrar á los platos que bailaban por saltar por el aire. Mi querido Leopoldo- -me escribía mi padre, -como tú ya eres un hombre... ¡Como yo era un hombre! Aunque solía humedecer la almohada con lágrimas de chiquillo, hice de las penas una fuerza, y amparado en ella seguí mi camino como si en realidad fuera una persona mayor. Una de mis satisfacciones consistía en verme dueño de mi libertad y de mi dinero. Saber que podía ir y enir sin pedir permiso á nadie y que podía cambiar un duro... cuando lo tenía, eran partes que espantaban las penas y que me llenaban de orgullo... ¡Efectivamente, yo era un hombre! Mi dinero me produjo algunos placeres; mi libertad, algunos alientos. Hoy que tengo, á Dios gracias, más dinero y más libertad, no hallo con el uno y con la otra goces como los que entonces he gozado. ¿Gastaría mi capital de placeres? ¡Quizá! Y lo malo es que esa mercancía sí que no se encuentra en el comercio. Es un venero que llevamos todos en nosotros, y cuando se agota, la madre queda estéril y no hay modo de fecundarla ni con oro ni con nada. Mefistófeles no hace milagros todos los días. ¡Qué grandes placeres gusté entonces! Uno de ellos consistía en ir á desayunarait J. un café de la calle Ancha. Me levantaba tempranito, me vestía cuidadosamente, como siempre lo hice; despreciaba el chocolate de aquella tía panzuda, y me dirigía, calle de Jacometrezo abajo, el lugar de mis sueños. ¿Qué va á ser? -Café con media. Traíame el camarero la taza de café, ancha en los bordes y estrecha en el fondo, de porcelana fina y con filetes dorados; en un platillo, como rendida ante mi poder, yacíala media tostada, cubierta de manteca amarilla; la servilleta, hecha un cucurucho, esperaba mi mano en la copa de cristal luciente irisada por las luces d e un rayo de sol matutino... Venía el echador ponía café y leché en la taza á medida de mi dedo índice que imperioso decía: ¡basta! Cuando era conveniente á mi gusto y después de endulzada la sabrosa mezcla, era la hora de separar un tercio de la tostada y sumergirlo en la taza. ¡Cosa rica, caramba! ¡Cómo crujía entre mis muelas, después de que la cortaban mis diantes blancos y fuertes como los de un cachorro! Después, después de darla unas vueltas se iba á fondo, al fondo de mi estómago, que la recibía con extraordinarias pruebas de placer, diciendo alegre: ¡Venga más! ...Pagaba, y... para completar aquella fiesta no iba á clase, y tomando por la calle de los Caños abajo me dirigía á la parada para prestarla mayor brillantez y aparato con la presencia de un hombre bien mante mido y completamente satisfecho. TOMÁS CARRETERO. DIBUÍO DE E 3 Pj