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la vida, y que vj -mbiando nuestros servicios todo puede ser de todos 3- universal el disfrute de esta existencia venturosa? Si se trocaran nuestros papeles respectivos, vos, doña Hormiga, cantaríais mientras yo llenaba mis áreas, y ahora tendríais que acudir á pedirme un anticipo. Podríais llamarme con algún fundamento holgazana si yo dejara de cantar, es decir, de cumplir mis deberes. Y éste es precisamente el castigo que os impongo; si no atendéis mi ruego, el verano próximo me callaré cuando crucéis la tierra afanosamente, sin endulzar vuestras horas de fatiga y de trabajo... ¡Vaya si me echaréis de menos... Venga, pues, lo que os pido, y con el adelanto me daréis también lo que ya tengo devengado... Y no presumáis de trabajadora, porque, en resumidas cuentas, eso que hacéis lo hace cualquiera. Si 3 0 quisiera dedicarme á lo que tanto os envanece, como tengo más fuerza y mejores facultades, os iba á dejar en la miseria. ¡Procurad n o enseñar á las cigarras á que se sientan hormigas, porque entonces pobres de vosotras- -I prcsíando a l a tarca penosa algún consuelo... ¿Y entonces no pensaste! r; que trabajando arreo, si el canto es mi trabajo lel canto vivir debo? I a vida ha de buscarse cada uno con sus medio: y el cambio de servicios es justo y santo y bueno. Cantaseis, doña Hormiga, tuviese 3 0 un granero, y lioy, ante mí, buscarais lo mismo que yo anhelo. No he sido una holgazana, como decís, enserio; cantando, á mis deberes ¿i exacto cumplimiento. Para el verano próximo contad con mi silencio, que así he de castigaros si no atendéis nii ruego y si el trabajo os rinde bajo del sol de fuego, m, e buscaréis con ansias y me echaréis de menos. Venga, pues, lo que os pido omo anticipo, hiego, 5 f n, j, i Pi- Tan contundentes eran estas razones, que la hormiga se quedó convencida. La amenaza de no volver á escuchar un canto, al que 3 a se había acostumbrado, la inquietó principalmente. Aunque lo que la alarmó de veras, fué el temor de que algún día pudieran realizarse aquellas palabras: ¡Procurad no enseñar á las cigarras á que se sientan hormigas, porque entonces, pobres de vosotras. La pagó, pues, u n a cantidad pequeña, en pago de sus servicios y la prestó otra insignificante, previo el oportuno recibo donde se hacían constar los intereses, bastante crecidos... Esta es la segunda parte de la conocida fábula, que puede ponerse en verso para completar la versión de D. Félix María Samaniego, en la siguiente forma: Entonces la cigarra la contestó, diciendo: Primeramente, amíp a, dejad ese tuteo, y á la nianera clásica me dad el tratamiento... Y ahora escuchadme atenta: no hay nada aquí superflnode utilidad es todo cuanto en el inundo hacemos: á mí hoy, cualquier cosilla de los ahorrillos vuestros; á vos, mi dulce canto lo fué en pasado tiem- ¿io pues que dejar os hizo las inquietudes lejos más los lialjeres justos qsie devengados tengo. Y no má: i resnncioncs con la labor, porque eso yo lo hago, si me pongo, mucho mejor, más presto... ¡Ay, pobres de vosotras si un día pretendemos hacer lo que, hasta hoy, sólo fué patrimonio vuestro... Con tales amenazas y tales argumentos, se convenció la hormiga y se alegró por ello; pues tras pagar el canto por un exiguo precia, después dio á la cigarra muy poco, nada, en préstame, sacándola un recibo con interés compuesto... Se sabe que, según fueron pasando los años, la cigarra cobró mucho más caras sus canciones, y l a hormiga ha ido cediendo en los intereses. Se sabe también que algunas cigarras se sienten hormigas d vez en vez, y que se intenta la recíproca. De todo modos, en las relaciones entre hormigas y cigarras se sigue viviendo casi, casi, en la infancia del mundo. Esta fábula ha sido considerada como la explicación del origen del arte, cuando sólo se conocía la primera parte. Ahora, ya completa, nos sirve para explicarnos también el origen de la usura. ANTONIO PALOMERO. DlE- ljOS DF, REGIDOR-