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i wé V. I 4 LA HORMIGA Y LA CIGARRA Ü N los tiempos fabulosos, de cuya existencia no quedan ya sino muy vagos recuerdos, ocurrió aquella escena que ha llegado hasta nosotros envuelta en el ligero ropaje de un romancillo de D. Félix María Samaniego. Cantando la cigarrr pasó el verano entero, sin liaecr ijrovisiones allá para el invierno. Era en la infancia del mundo. Quiere decirse que aún no existía lo que hoy llamamos civilización, y así vivían felices todos los seres que poblaban la tierra. Gobernaba el instinto, y en cumplimiento de sus divinas leyes, los individuos de las infinitas especie: animales colaboraban en la admirable obra de la Creación, engrandeciéndola con sus acciones. La cigarra pasó cantando el verano entero, como era natural, porque para eso fué creada. Una sabia pereza la envolvía, impidiéndola cualquier propósito de adhesión a l a s tareas manuales, para cuyo ejercicio la faltaban aptitudes; y asi comprendió que su destino era cantar, y que cantando trabajaba. También supuso que con el canto llenaría su abdomen, pues por algo tenía precisamente en tal parte el sencillo mecanismo productor de los sonidos. Bien que para sustentarse se contentaba con poco; cualquier Insectillo, cualquier hoja, cualquier fresco retoño de las fibrosas plantas bastábanla para reparar las fuerzas y seguir cantando. Cantaba, cantaba la cigarra enardecida por los ardientes rayos del padre sol; cantaba el himno á la vida, la oración sincera ofrendada en plena iNaturaleza para recordar á todos los nacidos el primero y más grato de sus deberes... Dicho se está que no pensaba hallarse nunca abandonada. Por eso no hizo provisiones para el int ierno. ¿Ni cómo, aunque quisiera? Los insectillos, las hojas y los frescos retoños habrianse descompuesto si los guardara durante tanto tiempo. Llegaron los fríos j- desapacibles días de la esta- ción invernal. Faltó el sol, y la cigarra perdió su entusiasmo y su alegría. Quiso cantar, pero comprendió que á nadie le podría aprovechar su canto, puesto que todos los seres se recluían en su casa huyendo de los rigores del tiempo. jlSTo tendría públieo... Y esta nueva tristeza la recluyó también en su domicilio y aumentó su natural timidez para la lucha por la vida... Entonces fué cuando pidió la ayuda de la hormiga, su vecina, ofreciéndola unos intereses respetables por el adelanto que la demandaba, según en la fábula se cuenta. Y oyó la terrible negativa, acompañada de una grosera burla, como puede verse en el mismo texto... Ya hemos dicho que esto era en la infancia del mundo, en la edad de felicidad universal, en los tiempos gobernados por el divino instinto para mayor grandeza de la Creación. Falta agregar ahora que el fabulista no h a hecho llegar hasta nosotros más que la mitad de aquella escena. Reconstituyéndola por completo, nadie encontrará la más ligera contradicción entre nuestro comentario y el suceso fpie lo motiva. En efecto; luego de escuchar la filípica de la hormiga contestó la cigarra: -En primer término, dejad el tuteo con que tratáis de humillarme; habladme de vos, igual qiíe yo os he hablado, por ser éste un tratamiento más cortés y más clásico. Y ahora escuchadme atentamente: Nada hay en este mundo que sea superfino, pues todo se ha creado para que sirva de utilidad. Util me será á mí cualquier cosilla de las que guardáis en vuestros almacenes, como os fué á vos útil mi canto, con el que endulzasteis un poco vuestras penosas tareas, olvidándoos algunos instarxtes de las inquietudes que á todos nos acometen... ¿No pensasteis entonces que yo también trabajaba y que debo vivir de mi trabajo? ¿No caísteis en la cuenta de que á cada cual se nos h a provisto de los medios necesarios para buscarnos