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atracar á la Isleta las barcas que traen las provisiones necesarias al mantenimiento de la población penal, el agua (en la Isleta no hay más que aljibes) y la correspondencia, que todos, igual los funcionarios que los penados, esperan con ansiedad. Añadan ustedes que en la Isleta se cumplen las condenas más graves, y huelga decir que sus huéspedes son gente poco cómoda y nada manejable. Aunque muy enterado de cómo es por dentro nuestro régimen penitenciario, en donde el argumento moralizador es la contundente estaca y las razones persuasivas la argolla, las celdas de castigo y otras dulcedumbres por el estilo, no hay que decir cuanto me repugnó ver en la práctica aquello que sólo por referencias conocía. ¡Qué contraste entre la realidad que ante mis ojos se desarrollaba y las ideas que bullían en mi cabeza, generosas, humanitarias, por las cuales en cada criminal veía yo un espíritu enfermo, al que debía aplicarse un tratamiento atemperado á la clase de dolencia que le aquejaba, á lo arraigada que estuviera en su ser moral y á los síntomas que el mal presentase, para lo cual había que estudiar, con el corazón más que con la inteligencia, la enfermedad de cada uno, y aplicarle el remedio que produjera la necesaria reacción, base de la cura que la sociedad indudablemente nos encomendaba, pues no nos paga para que seamos cancerberos de fieras indomables, sino con el objeto de que ayudemos á la ley, que impone la pena como medio de corregimiento del castigado! Guárdeme muy para mí las modernas y filantrópicas teorías que tan en pugna estaban con las prácticas establecidas, pues me hubieran servido de motivos de disgusto, no sólo con el director (hombre rudo, encinecido en la profesión, que era más bien oficio para él, de cortos alcances, apegado á la rutina y partidario de que lo que se ha hecho hasta aquí debe seguirse haciendo siempre, dado que está sancionado por la experiencia) sino también con los restantes empleados, mis compañeros, todos ellos poco propicios á innovaciones, que juzgarían seguramente peligrosas. Además, mi plan consistía en desarrollar mis iniciativss dentro del radio de acción en el que me podía mover sin necesitar permiso de nadie. Y poco á poco, para no despertar sospechas y que mi conducta no pareciese censura á la de mis compañeros, comencé mi labor, reducida á tratar á los presos como á seres humanos, sin familiarizarme con ellos, pero demostrando interés, tanto por su bienestar material como por los pesares que les afligían, causados por malas noticias de sus familias ú otros motivos análogos. Hice también la caridad couipati ble con mis recursos pecuniarios; supe mostrarme justo cuando tuve que imponer algún castigo, sin agravarlo con innecesarios rigores, y, sobre todo, ni pegué ni consentí que mis subordinados pegasen. Mucha discreción puse en mi labor; pero lleo- ó á traslucirse, y más de una vez el director me motejó de blando y poco enérgico, amenazándome, entre bromas y veras, con mencionar este defecto en mi hoja de servicios, pues para él era mejor cumplidor de sus deberes aquel que más palos repartía. Una de las campañas que con más ahinco emprendí fué la de impedir que los penados tuvieran armas, costumbre, aun cuando prohibida bajo las más severas penas, dificilísima de desarraigar; tales son las argucias de que se valen para procurárselas. Algiin tiempo después de mi llegada á la Isleta, ingresó en el penal un preso que venia precedido de una fama de matón, baratero y amigo de pendencias que no había más que pedir. Era hercúleo, bastante cerrado de mollera, áspero como un cardo y muy difícil de abordar, pues castigado eon exceso por causa de su endemoniada condición, veía un enemigo mortal en todo el que llevaba gorra de galones. Según mi costumbre estudié con detenimiento sus antecedentes, los delitos que le trajeron á la Isleta, y con maña le fui sacando noticias por las que llegué á enterarme de que tenía madre anciana, mujer y tres hijos pequeños, uno de los cuales nació á los pocos días de que le prendieran á él. Un día, por un motivo que no recuerdo, tuvo un altercado con un cabo de vara, el cual, ni corto ni perezoso, pretendió romperle la suya en las costillas. No lo consiguió, sin embargo, porque á pesar de que el tal símbolo de autoridad era un verdadero garrote, se quebró en manos del penado, como si fuera una frágil caña. Desarmado el cabo, llamó en su auxilio á otros compañeros, y entonces el energúmeno sacó una faca descomunal, con la que á todos los mantuvo á raya. Acudieron los empleados de servicio, y entre todos lograron acorralar al rebelde en un ángulo del patio, sin poder reducirle á que entregase el cuchillo que blandía. Vino el director asistido por cuatro soldados y el sargento, no obstante cuya presencia continuaba el preso sin soltar el arma, aunque los soldados cargaron los maüssers y se aprontaron á hacer fuego. Yo entonces, viendo la cosa mal parada y que por salvar el principio de autoridad se iba á matar á un hombre, rogué al director que me permitiera hacer una última tentativa y, concedido el permiso, tranquilamente, aparentando una serenidad que no sentía, sin ningún arma para mi defensa, me acerqué al rebelde hasta ponerme al alcance de su agresión. ¿Qué es eso, Jerique. (asi se llamaba) le pregunté. ¿Por qué no entrega usted ese cuchillo? Jamás he tuteado á ningún preso, es una de las bases de mi sistema. -Ya ve usted que está ahila guardia; si insiste usted en su desobediencia le van á nieter una bala en el cuerpo y, aunque usted no quiera, una vez herido le desarmarán. ¿Qué gana usted con rebelarse? Quedóse parado al ver mi osadía y al observar que me acercaba á él sin defensa de ningún género. -Uo que va usted á eonseguir con esto es retrasar por un plazo muy largo la fecha de su salida de aquí. Y entonces despídase usted de ver á la abuela, que se morirá antes de que usted cumpla, y al último de sus hijos le verá usted cuando ya sea grande, si alguna enfermedad no se lo lleva antes. Vamos, Jerique- -le dije poniéndole con dulzura una mano sobre el hombro, -déme usted ese cuchillo. Me miró de frente, restregóse los ojos con la mano izquierda, como si le escocieran, y entregándome la faca, me dijo: -Ahí va, D. Manuel. Este fué el primer éxito que obtuvo mi sistem. a. ENRIQUE M A U V A R S DIBUJOS OE JHÉNDEií BKIKOA