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persigue. Todos heñios tendido nuestros brazos velludos y hemos inclinado nuestras pobres testas cornudapidiendo amparo al que se anuncia como único Dios inmortal. Yo también he visto á ese anciano de la barba blanca, delante del cual has sentido el influjo de un desconocido poder. Ha pocas horas, en el vecino valle, encontréle apoyado en su bordón murmurando pleo- arias vestido de una áspera tela, ceñidos los ríñones con una cuerda. Te juro que era más hermoso que Homero que hablaba ron los dioses y tema también larga barba de nieve. Yo tenía en mis manos á la sazón miel v datües. Ofrecile y gusto de ellos como un mortal. Hablóme, y le comprendí sin saber su leno- uaje Quiso saber quien era yo, y dijele que enviado de mis compañeros en busca del gran Dios, y rogábale intercediese oor nosotros. Lloro de gozo el anciano, y sobre todas sus palabras y gemidos resonaba en mis oídos con atmonia arcana esta palabra: ¡Cristo! Después levantó sus imprecaciones sobre Alejandría; y yo también como tu, temeroso, huí tan rápidamente como pueden ayudarme mis patas de cabra. Entonces el centauro sintió caer por su rostro lágrimas copiosas. Lloró por el viejo paganismo muertopero también, lleno de una fe recién nacida, lloró conmovido al aparecimiento de una nueva luz Y mientras sus lagrimas caían sobre la tierra negra y fecunda, en la cueva de Pablo el ermitaño se saludaban en Cristo dos cabelleras blancas, dos barbas canas, dos almas señaladas por el Señor. Y como Antonio refiriese al solitario su encuentro con los dos monstruos, y de qwé manera llegase á su retiro del vermo díj ole el primero de los eremitas: -En verdad, hermano, que ambos tendrán su premio; íii mitad de ellos pertenece á las hostias d é l a s cuales cuida Dios solo; la otra mitad es del hombre, y la jwsticia eterna la premia ó la castiga He aquí que la siringa, la flauta pagana, crecerá y aparecerá más tarde en los tubos de los oro- anos de las I- ¿41 k. 1 f Wi t- í stlftfTS basílicas, por premio al sátiro que buscó á Dios; y pues el centauro ha llorado mitad por los dioses antiguos ae ji- ecia y mitad por la nueva fe, sentenciado será á correr mientras viva sobre el haz de la tierra, hasta que de un salto pprtentoso, en virtud de sus lágrimas, ascienda al cielo azul oara quedar para siempre luminoso en la maravilla de las constelaciones. RUBÉN D. RI 0 DIBUJO DE HUERTA