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nube, porque caigan cuatro gotas ó porque refresquen las noches. -Ya se acabó el verano- -exclaman gozosos. -Va siendo cosa de liar los bárhilos y volverse álos Maciri- las... Por Agosto, frío en rostro... Lo que es á mí no- me pescan aquí las lluvias... etc. etc. A partir de estas frases, que son las que actualmente se escuchan, los preparativos del retorno comienzan. En ciertos síntomas se descubre que el momento de la partida está próximo. ivas tiendas que en la playa, en el balneario ó en el pueblo expenden los recuerdos de la localidad, empiezan SUS: ventas en gran escala. No hay veraneante que tenga el gusto y la fuerza de voluntad necesarios para volver á la corte sin alguna de estas cursilerías características del l iga. r en que veranearon. El puño de bastón con labores de Eibar, el vaso de ristal con la vista del balneario grabada ó esmerilada sobre la curva superficie, la caja forrada de conchas y caracoles, son objetos que siempre tienen salida y que desempeñan papel muy importante en estos últimos días de la temporada. -Hay que llevar algo á las muchachas- -dice una- de las niñas de la familia. -Y á la portera- -añade la madre. -Para eso la hemos dejado encargada de limpiar nuestro piso. Y efectivamente, para la portera se compra cualquier recuerdo económico, siempre procurando que la palabra recuerdo figure escrita sobre el objeto adquirido. Este detalle es de rigor. Para las muchachas se suelen, comprar dos corles de blusa, que aunque maldito si tienen nada característico del país (pues en todas partes existen telas iguales) son, sin embargo, muy. útiles, y más vale algo p ácüco, según afirmación de la señora, que clrucÉerías sin valor. A veces, á estas tiendas de hisuleria veratiiega acuden Para él no tiene importancia semejante principio las amarteladas parejas que en aquel mismo balneario ó en aquella misma playa entablaron sus relacio- del fin. clase de principios son los que á él le tuvieron Otra nes, 3 recíprocamente se obsequian con simbólicas siempire con cuidado... Ijaratijas. Luis DE TAPIA. -Admite este cora, zón de oro con la fuente del hígado esmaltada en colores- -murmura él á la oreja de ella. -Lo admitiré con una condición- -contesta la ingrata, -la de que tú aceptes esta pitillera fabricada con paja del país. Este cambio de obsequios mantiene vivo el recuerdo del lugar en que se amaron, y corazón y pitillera son febrilmente acariciados durante los cuatro meses de invierno, que es el plazo de duración de estos íi inores de estío... ¿Quién recuerda en Enero la novia que se echó en baños... Pero no amarguemos nuestra charla. La compra de regalos es tan sólo un síntoma revelador de C ue el fin del veraneo se aproxima. Y no es el síntoma más doloroso. El más cruel es el de las propinas. Parece cosa fácil iriarcharse de una fonda, de un hotel, de un pueblo ó de la aldea donde se haya veraneado, pero no hay tal facilidad. Pvn caanto se piensa abandonar el sitio en que pasamos los días felices de nuestro descanso estival, an sinnúmero de caras amables nos salen al paso. Imposible moverse sin que haya que aflojar la bolsa. Todo el mundo nos ha servido. Con todos estamos obligados. No hemos hecho otra cosa que notar deficiencias en el servicio, pero el último día resulta que todo ka estado muy bien y que tenemos que deshacernos en cumplidos de dos pesetas. Las propinas son el indicio mejor de que el verareo toca á su término. Si veis á un bañista recogiendo el vaso en que tomó el agua y gratificando á la mujer que se la sirvió; si notáis que una señora pide el traje á la marinera con que se sumergió en las olas, mientras desliza un duro sobre la mano del bañero, podéis decir que la temporada agoniza. En Septiembre empieza este doloroso movimiento, que es sin duda alguna tristísimo para los veraneantes. De este dolor se ven libres los que, como mi amigo Rodríguez, se quedaron en Madrid todo el venano, viendo asfaltar, contemplando las obras de revoco de las fachadas y paseando en tranvía alguna noche que otra. A Rodríguez no le preocupa el actual momento histórico del veraneo. DIBUJOS DE SANC: A