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ros duermen sobre las inmóviles aguas, ni tampoco nadie habrá dejado de admirar la entrada, digna de un castillo de leyenda, y el panorama portentoso, único, que se descubre desde la torrecilla que corona la cúpula del palacio. Mas por mucho que las gentes cuenten y hablen, digan y describan, nunca expresaran bastante la magia del castillo de Cintra, de la serranía que le circunda. Al ver aquel trozo de Naturaleza se imagina que Dios, cuando arrojó á nuestros padres del Paraíso, no lo destruyó, ni tampoco lo cerró inexorablemente á los humanos. Seguramente el Hacedor, en su compasión inagotable, no aniquiló el Edén, sino que lo dividió y distribuyó entre diversas comarcas de este pobre mundo donde vivimos. Por eso de vez en cuando, entre la fealdad y la monotonía de los aspeclos terrestres, aparece una de esas maravillas que se llaman Granada, el lago Mayor, el Monasterio de Piedra, el Tirol, Cintra, todos esos oasis de la tierra que, como los genios, se distinguen de la vulgar multitud por ser escasos y perfeetos y por estar visiblemente sellados por la Divinidad. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS. I A ENTRADA Á LA CAPltLA REAL DEL CASTILLO