Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL TA íTlLLÜLitLA A veinte minutos de L; isboa se alza una sierra, distinta por completo de todas las montañas del mundo; tan enhiestas, recortadas y elegantes son sus cumbres. Desde lo más alto hasta la llanura caen por las vertientes mantos de verdor. Bosques de pinos, de eucaliptus, de araucarias, de inmensos castaños cubren el suelo, y de vez en vez, subiendo entre los apretados troncos, aparecen masas de roca gris, pulida como el mármol, moteada aquí y allá por liqúenes amarillentos, por verdes musgos aterciopelados. Jirones de niebla transparente pasan por el monte, se prenden en las peñas, en los árboles, y con su perpetuo volar prestan á las lontananzas la apariencia fantástica de un paisaje wagneriano. Si las Walkyrias galoparon entre nubes alguna vez, seguramente fué sobre un fondo como el de la sierra de Cintra. Y, como un Walhalle s u n t u o s o y tangible, como un Monsalvat palpable, sobre el pico más alto aparece un alcázar, hundiendo su esbelta torre en las nubes que pasan, mirando con las áureas pupilas de su cuádruple reloj el mar lejano y misterioso, las playas de Cascaes, el espe- sor forestal yace a sus pies. Aquel orgulloso peñasco, la Pena, atrajo siempre á cuantos conocieron Cintra. En su artístico sibaritismo, los moros construyeron allí un p a l a c i o del que aún quedan vestigios; los monjes, buscándola altara para acercarse al cielo, labraron también un retiro; obra suya son la capilla y el claustro descubierto, englobados en laedificación actual. Durante algunos años la fcyza quedó sin moradores y hacia la mitad del siglo x i x el, re 3 D. Fernando de Coburgo, esposo de doña María I I de Portugal, edificó el romántico castillo que hoy exi. ste y que es la residencia favorita de la reina doña Amelia, de esa admirable señora que, por su belleza, su inteligencia y su infortunio, será en lo porvenir una figura de leyenda. Inútil es hablar del castillo de la Pena. Todo el mundo describió sus maravillosos bosques de camelias, aglomeración de árboles y árboles, cubiertos de hojas lucientes, d e flores i ojas, blancas, rosas, jaspeadas; ningún viajero habrá permanecido insensible ante la melancólica placidez de sus lagos, donde anchos nenúfares y desmelenados pápi-