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LA CORTE DEL KAISER Casi todos los estudiantes berlineses tienen una pipa, una cicatriz y un perro. Durante los primeros días de cada mes, la cicatriz es roja, la pipa echa más humo que la locomotora de un expreso y el perro retoza juguetón y alegre. A últimos de mes, la cicatriz tórnase pálida, de la pipa apenas salen algunas bocanadas de humo y el perro camina con las orejas gachas, rezagado y tristón. Y es que el color de la cicatriz, el humo de la pipa y el humor del perro reflejan exactamenteel estado del bolsillo estudiantil. Ivlegan los primeros de mes, y el estudiante no se priva de ningún placer... Cena por las noches en el café Scandinavia, fuma tabaco ruso y se mete seis litros de cerveza rubia entre pecho y espalda. No olvida al perro... ¡Oh, no, no! Para el perro habrá siempre la rebanada de pan con manteca y los pastelillos de crema. Pero allá, hacia el 20, el bolsillo se debilita, 5 el estudiante berlinés huye de los restaurants caros, y hace sus modestas colaciones en las tabernas vegetarianas, muy sanas indudablemente según los que preconizan el lluevo sistema de alimentación, pero que ponen muy tristes al estudiante... y al perro. Sin embargo, el estudiante berlinés no deja de asistir á sus clases ni con dinero ni sin dinero, y estudia todo el año de verdad, porque aqui no sirve confianza en la bola que saldrá en el examen, ni en la influencia, ni en la recomendación. Aquí los exámenes son prácticos. Para aprobar hay que saber. El sistema alemán es indudablemente el que sueña el marqués de Villaviciosa. En Berlín no hay más exámenes que los de fin de carrera. Un médico, por ejemplo, ha hecho sus cursos y llega al final. Hasta este momento nadie le ha molestado con exámenes de fin de curso ni con exigencias para que justifique si hizo ó no los estudios. El se cree médico ya y solicita el examen. Fórmase el Tribunal en un sanatorio ó en un hospital, y el examinando se ve colocado, no en presencia de un juez, sino de un enfermo... Allí le dejan solo para que diagnostique y recete, y luego los catedráticos le preguntan su opinión respecto del caso clínico que ha tenido en observación. ¿Que acierta? Pues ya es médico. ¿Que no acierta? ¡Oh, no creáis que le dejan para Septiembre! ¡Le obligan á que comience de nuevo los estudios desde el primer curso! ¡Una friolera! Y ahora tenéis explicado ppr qué en Alemania hay médicos. A pesar de este sistema- -que implantado en Í 3 spana co serviría más que para que nadie estudiara, -el estudiante berlinés se aplica y trabaja. Su única diaria distracción mientras tiene dinero es emborracharse de cerveza. Cuando se le vacía el bolsillo se da estocadas con los compañeros hasta que aciertan á señalarle en la cara con una cicatriz indeleble. Ese día el estudiante berlinés se coloca un aposito y convida á todos los compañeros que le felicitan por el honor alcanzado. Esa cicatriz será su ejecutoria, su timbre de gloria; esa cicatriz le hace acreedor al saludo de sus conciudadanos, porque con ella va diciendo á todos que es un hombre de estudio, un hombre de ciencia, y en el teatro, en el café, en cualquier parte donde entre, le saludarán con la frase sacramental: ¡Gutentag- Herr Dolitor! Y no obstante su orgullo, su brusquedad y su altivez, el estudiante alemán es simpático. Luce con soberbia la gorrilla de color y la banda de su facultad; huye de los líos mujeriegos que pueden distraerle de sus estudios y concentra todos sus afectos en el jarro de cerveza rubia, en la bien cargada pipa y en el perro que le sigue á todas partes, compañero fiel y amigo inseparable. La gente los respeta porque sabe que de estos jóvenes de hoy saldrán los hombres de mañana, los que contribuirán con su saber al engrandecimiento del Imperio, y los estudiantes gozan de una autonomía completa, tienen tribunales especiales que los juzgan, fueros independientes y una reglamentación á la que se ajustan escrupulosamente observándola con absoluta fidelidad. Pero tres horas todos los días consagradas á Gambrinus, y cuando salen á inedia noche de las resplandecientes salas del Scandinavia dando tumbos por las aceras, al rojo cereza la cicatriz del rostro, humeante la pipa y dejándose guiar sumisos por el pobre perro que los va enseñando el camino de sus casas, las gentes que los ven pasar sonríen benévolas y murmuran: ¡Van como cubas! ¡Bah! ¡Cosas de muchachos! Al siguiente día, serios, altivos y orgullosos, asisten á sus clases imperturbables... Jos; JUAN CADENAS DIBUJO DE GINBK