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Pero lo cierto es que el doctor Esteban Palomo no tenía más ocupación exterior que la de cuidar los enfermos que solicitaban su asistencia, cosa para la que se daba excelente maña. Respecto á su modo de vivir en el cerrado de su casa, ¡cuánto hubieran dado sus curiosos vecinos por enterarse de él al menudeo! Para el doctor no tenía la existencia más que un objeto: el estudio. En su biblioteca pasaba largas horas leyendo grandes librotes, escritos en griego, latín ó árabe. Si esa tarea no le absorbía, encerrábase en una habitación con vistas si patio, adonde ninguna indiscreta mirada podía llegar, y en la que nadie, aparte del mudo, penetraba. La habitación era un laboratorio, y en él pasaba sus mejores horas, estudiando los misterios de la Naturaleza en la coui posición de las substancias, para desentrañar los efectos que éstas producen en el organismo humano. Claro es que el doctor Esteban no era uii químico ni un bacteriólogo al estilo de hoy, dado que de esas ciencias la una no había adquirido el desenvolvimiento prodigioso que hoy tiene y la otra era por completo desconocida. Pero su trabajo tenaz y constante, puesto al servicio de una clara inteligencia, y el azar que favoreció sus investigaciones, hicieron que presiritiese algo de lo que hoy constitiiye la base de las ciencias antes nombradas: la teoría de íos seres infinitamente pequeños, y aun cuando no alcanzaba á verlos por no disponer délos poderosos instrumentos con que hoy se cuenta, llegó á convencerse con repetidas experiencias de que una parte infinitesimal- -inapreciable á los sentidos- -de tales substancias producía determinados efectos y alteraciones. Una vez en posesión de esta verdad, ¿cómo sacar partido de ella? A esto tendieron sus esfuerzos, que, tras ímproba labor, se vieron coronados por el éxito. Operando con precauciones infinitas, persuadióse de c ue bastaba que un insecto, una mosca, por ejemplo, estuviese encerrado en una atmósfera saturada de ciertos ingredientes por él compuestos, para que los animales sobre los cuales se posara luego sufrieran tales enfermedades, accidentes y hasta la misma muerte. Seguro de su descubrimiento se consideró poderosp, puesto qué tenía la facultad de privar de la existencia, lo que equivale á crear, á dar la vida. ¡Era, por tanto, tan fuerte como la divinidad! ¡Con qué desprecio miraba á los demás hombres, pigmeos á su lado, que existían gracias á su magnánima benevolencia! Ahora, á cumplir su venganza. Porque si el doctor vivía era con un objeto; si había trabajado año tras año, sin decaer un instante, era persiguiendo un fin: la satisfacción de un agravio sufrido. El hecho era ya antiguo. Stéfano recordaba su niñez, que ningún soplo de cariño vivificara; niño abandonado, fué recogido por caridad en el hogar de unos artesanos acomodados. Más tarde, cuando tuvo doce años, un gran señor le tomó en calidad de paje; viéndole despejado y deseoso de aprender le puso maestros que hicieran de él un hombre instruido, y él aprovechó este beneficio, aplicando al estudio toda su voluntad y su natural talento. Terminada la educación, su protector le hizo viajar, con pretexto de encomendarle el arreglo de asuntosque tenía en distintas partes de Italia, para que conociera tierras y completase, con la práctica de la vida, la teoría que en los libros aprendiera. Por último, al regreso, le nombró su intendente. Bien hubiera querido Stéfano emplear en su señor el cariño que su corazón atesoraba; pero ni sicjuiera pudo quedarle agradecido, porque un día le llamó á su presencia, y le habló de esta suerte: Stéfano, ya es hora, pues tienes edad para ello, de que conozcas la verdad de tu situación. Yo tuve hace años unos amores que duraron varios meses; los rompí cuando me cansaron, lo que no tardó mucho en suceder, y nunca más me volví á ocupar de la interesada. Algún tiempo después de la ruptura, al regresar una noche á mi casa, encontré un envoltorio en el último peldaño de la escalinata; el envoltorio contenía un niño; eras tú, y, prendida éntrelas ropas, había una carta, en la que me daban detalles que sólo esa mujer conocía, y me atribuía en ella tu paternidad. No ha sido ese el primer caso que me ha ocurrido, y en todos ellos he seguido siempre la misma conducta: ni creer ni renegar del parentesco, extremos tan aventurados el uno como el otro, y encomendé á mi mayordomo que buscase quien se hiciera cargo de la criatura. No me lo agradezcas, porque, aparte de que igual habría hecho con un perro, un gato ó cualquier otro animal que hubiese hallado en mi camino, no he dedicíido á esa acción la más mínima parte de interés ni de sensibilidad; sólo he puesto mi dinero, cosa que no me cuesta trabajo, porque mis riquezas: son incalculables como sabes. Esta confidencia que te hago no te da derecho á nada con respecto á mí, puesto que he empezado por decirte que, aunque ni niego ni afirmo que seas mi hijo, tengo mis razones para apreciar en lo qué valen la fidelidad 3 las palabras de las mujeres. Te hablo de esta suerte, porque he visto en ti una inclinación á dedicarme un afecto que no solicito ni apetezco, y que, además, me sería enojoso. Estás en aptitud, de bastarte á ti mismo; si quieres seguir aquí en el cargo que te he confiado, puedes hacerlo; mientras me sirvas bien te conservaré á mi lado, y sirviéndome lograrás una fortuna sólo con recogerlas migajas de mi festín. Si no quie res continuar aquí, vete en buen hora, que yo no te diré que te quedes ni te echaré de menos. No es necesario contar el efecto que le produjo á Stéfano este discurso. En aquel punto mismo dejó la casa de su protector. Púsose á averiguar quién podía ser su. madre, y estas gestiones no dieron otro resultado que el de atraerse la malevolencia de. varias damas de alto linaje que, enteradas por sus pasos imprudentes y. sus audaces pesquisas, de que era tan osado que pre- tendía remover un pasado sin duda ingrato derecor- dar, comenzó á ser objeto de una persecución tantenaz é implacable, que, para huir de una; puñalada traidora que le quitase del mundo de los vivos, deci dio expatriarse, trasladóse á España, y en cuerpo y, alma se dedicó á preparar su venganza Porque el descubrimiento de su origen despertó en; él un odio feroz contra los que le dieron el ser y, noconociéndolos con certeza, contra todos los que en, Milán vivían, contra la sociedad que permite tales desmanes y contra la humanidad, en fin, que engendra monstruos de ese calibre. y la venganza fué tremenda. Si los mila. neses hubieran sabido la suerte que Íesestaba reservada, habrían huido de un hombre vestido de negro, cubierta la caía- con un antifaz, ué sigilosamente dejaba, allá por el filo de media noche, dos cajas de regular tamaño sobre los mismos esca- Iones en donde años antes abandonaron á Stéfano; recién nacido. -La curiosidad hizo que las cajas fueran abiertas á la mañana siguiente, y, con sorpresa; vieron salir de ellas un enjambre de moscas, que unas se esparcieron por la casa y otras volaron hacia los distintos puntos de la población. Atribuyeron el hecho á una broma, y nadie volvió á parar mientes en él, Y de allí á poco se produjo una mortandad espantosa; la gente, aterrada, huía de aquella cmdad maldita, llevando consigo el germen destructor, A ese mal, que nadie conocía, se le dio el nombre de peste, y difundióse por toda Italia, en donde hizo millares de víctimas. Mientras tanto, el doctor Esteban Palomo seguía tranquilo é impasible, cuidando á los enfermos que solicitaban su asistencia, tarea para la que se daba una maña excelente. G. ANTHONIí DIBUJOS DI; MIÍNBEZ BKJNGA