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se lee: En los XX años de su edad... Y ahí acaba la leyenda, porque el que la trazó figuróse sin duda que esas pocas palabras decían más de las flacas esperanzas de este mundo que los más perfilados discursos y ¡os más sonoros versos latinos. Viste la efigie del malogrado paje rica armadura, excepto en la cabeza, cubierta por un original y caprichoso gorro, levantado por el lado izquierdo, acaso marcando el sitio en que se clavó la flecha, y sobre la armadura luce un largo ropón con adornos de brocado y pedrería, que es la más espléndida pieza escultórica que han labrado manos de artista y han visto ojos admirativos. Muchas y mr, y bellas promesas quebró el dardo del cerco de Granada; pero tener tal ropón sobre los hombros por largos y largos siglos, bien vale la pena de haber muerto joven. ¿Qué vida, por afortunada que la hile el destino, emú lará el brocado de aquel magnífico ropón, en el qué el alabastro parece tejido por manos de hadas y luego incrustado de piedras preciosas, con la esplendidez de un regio presente de reino oriental? Vosotros, locos que vais á la eternidad en automóvil, envueltos en plebeyos hules, ¿no sentiréis acaso honda envidia de aquel loco, predecesor vuestro, que murió en Granada hace siglos y hoy maravilla á las gentes por el espléndido ropón que viste sobre su armadura? ¡Cuánto más bello morir entonces... Tal pensaba yo en el claustro de los Padillas, sentado sobre el broquel de la fuente, que en el centro del florido patio alza una columnita de agua y un mundo de voces y risas. Había visitado de mañana á D. Juan de Padilla en su sepulcro del museo, y por la tarde me visitaba á mí su recuerdo en el gótico claustro de p- resdelval, por cuyos muros y sobre las tristes miradas que parecen surgir délos arcos ojivales veía profusamente estampados los escudos de Guzmanes y Padillas. Si hoy vivieras- -decíale mi pensamiento al loco mancebo- -y fueses, como fuiste entonces, hijo de casa poderosa, no habría quien te ganase en gobernar autos, patronear ji rtte y derribar á plomo pichones. Acaso hubieras alcanzado ya varias copas en peligrosas partidasdepolo, yademás tendrías un acta de í dKSií i diputado para alternarla con las copas, en v prueba de que es muy c o m p a t i b l e legislar seriamente con Maura y divertirse mazo en mano, rigiendo ó siendo regido por una jaca alocada. C i e r t o que hoy no, encontrarías otro Gil de Siloe que te labrara tan espléndido ropón para gala de tu efigie sepulcral; pero tampoco morirías en ningún asedio, porque ya, ¡oh paje de los señores Beyes Católicos! no ponemos cerco ni siquiera á nuestras esperanzas de tornar á ser lo que fuimos. Y cómo estas divagaciones me ponían triste y la tarde iba cayendo y la sombradel primoroso claustro se asomaba á los rosetoiies, a l a s ojivas, y aun se dejaba deslizar, acariciándolas, por las gallardas columnitas, y como la fuente no cesaba de hablar y de reir con gran escándalo delospájaros que ya buscaban sus nidos metiéndose entre la verdosa penumbra de las parietarias, salí de aquel claustro lleno de poesía, y volví cabizbajo camino de Burgos. Cerca del pueblo de Villatoro vi, como en fuga y envueVats en un remolino de polvo de la carretera, á dos viejecicas, arrebujadas en sus mantones y jinetes en menudos asnos. Poco después divisé una tropa de chiquillos que las deVISTA INTETIOR DEL CLAUSTRO DE FRESDELVAL nostaban y seguían, amenazando apedrearlas. ¿Por qué perseguís á esas pobres viejas? pregunté á uno de ellos. No son viejas, señor que son brujas me contestó muy decidido el mozalbete. Yo me acordé de todas las esperanzas rotas de un flechazo, como el que quebró la cabeza de el mi loco de Isabel la Católica (hoy sportsman y diput ado de Maura) y dije á los chicuelos: ¡Dejadlas en paz! ¡Qué han de ser brujas esas infelices! ¡I a bruja es la vida! y JOSÉ DE ROURE