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-No, liijita, no es eso. Claro que también eso es, porqueen esteinstante. por ejemplo, mi felicidad consiste en que la tostadica venga transparente, el su- chong hirviendo y la crema fresquísima... Pero lo que quise expresarte fué que aun en las cosas más graves ejercen influjo decisivo las pequeneces... ¿Por qué no me he casado yo, vamos á ver, por qué no me he casado? Ignorando absolutamente por qué no se había casado mi tío, me limité á sonreír. -Pues fué por una insignificancia de las más tontas. Te lo contaré, ahora que ni ella está en este mundo ni yo estoy sino en Babia, que es la residencia de los viejos carroñas é inútiles... Ella, para que lo sepas, era doña Andrea de Pimentel, madre de esas muchachas tan bonitas y tan simpáticas que tú conoces... Pero bonitas y todo, ninguna es comparable á. su mamá antes de serlo, y estoy por jurar que hasta después. ¡Doña Andrea! ¡Ya lo creo! u n a cara perfecta, y, sin embargo, graciosa y simpática; un cuerpo al cual todo le caía bien... El tipo y el aire de una verdadera señora... No lia muerto anciana, no... ¡Qué había de morir anciana! -protestó mi tío, que, como todos los señores machuchos, retrasaba cuanto podía los límites de la ancianidad. ¡Si era una muchacha aún! Cuarenta y cinco ó cuarenta y seis años... y representaba mucho menos... Lo que pasó es que siendo desgraciadísima en su matrimonio, crió mala sangre; se le formó un tumor, no se cuidó bien, no se operó á tiempo, que acaso la salvase... y ahí tienes lo que hubo. ¡Pobre Andrea! ¿Y usted... la quiso... ¡Que si la quise! Como que frustrado el proyecto de nuestra boda por la insignificancia que vas á ver, nunca se me ocurrió casarme con ninguna otra. Tuve mis antojos, mis devaneos... bueno, ¡qué milagro... La casaca no pensé nunca en vestirla, ó si pensé, se me desvaneció el pensamiento... igual que se desvanece la niebla... Por Andrea sentí especial interés, creo que desde niño. En el primer baile á que la llevaron, al vestirla de largo, su primer vals, conmigo lo bailó. ¿Tú qué te figuras, que yo no he sabido valsar? Hoy sí que no se valsa; á la muchachería se le ha olvidado; prefieren el bridge... Entonces valsábamos como trompos; había que mandarnos parar. ¡Eh, locos, que os mareáis! y no hacíamos caso... Bueno, pues en el tal bailecito ya me insinué, lilla se rió, lo echó á broma... lo natural en una chiquilla que sale al mundo y no piensa en nada formal, sino en divertirse. Burla burlando, el caso es que no me dio calabazas, y fui tras ella por reuniones, paseos y teatros, sin perjuicio de esconderme en un portal frente á su casa en espera de que se asomase. Nada, lo de cajón... Boberías, chiquilladas que poco á poco van criando un cariño y una ilusión enormes... desmedidas... Y el tío Juan Antonio se volvió hacia el fuego con los ojos aguados, vidriados de lágrimas; ya se sabe que los viejecitos lloran á cada momento y por cualquier futesa... -Yo tenía á veces que marcharme de S... donde todo esto ocurría, porque mis estudios para la carrera y la mala salud de mi padre, que no vivía allí me obligaban á ello, asediaban á Andreíta otros pretendientes; único temible, aquel Francisco Javier Luaces, que acabó por ser su marido... Mi rival empleaba el sistema de la perseverancia; era el queeslá allí siempre, lo cual en toda empresa amorosa, lícita ó ilícita, suele producir seguros resultados. No obstante, en este caso especial se me figura que á no ser por la futesa que te he dicho, ¡vamos, que no te he dicho todavía! no es él quien se lleva á Andrea... En fin, oye lo que pasó; fué lo más tonto... Estaba yo con Andreíta en la situación del hombre que por mil señales se cree correspondido, y no puede con todo eso afirmarlo ni tiene el derecho de proclamar ésta es mi novia Faltaba una ocasión, una hora oportuna, y, el caprichoso destino jugaba á no proporcionármela. Figúrate cómo me pondría de alegre y de nervioso al arreglarse entre mamas animadas y gente joven de S... una jira de campo con merienda: en el soto, baile en la romería y regreso á la ciudad de noche, en cochecillos alquilados. Muy torpe íenía. yp que ser si entre la confusión y algazara déla fiesta no le arrancaba á Andreíta la entera confesión; si no salíamos de allí pública y oficialmente novios. AI organizarse la expedición, ya me favoreció la suerte; íbamos en el mismo cestito, cara á cara. Con esto me constituí sin afectación en pareja de x ndreíta, y toda l a t a r d e anduvimos juntos; pero mí rival, entrometiéndose, acompañándonos no me dejaba plantear el problema del modo terminante que; yo deseaba. Vagábamos por el soto, un frondoso soto de castaños, penumbroso á aquella hora de la tarde. Una neblina, ligera al principio, luego densa y húmeda, empezó á confundir los contornos de los troncos, á velar el ramaje entre gasas grisientas. Gomo aún no me había sido posible reclamar una solución de Andreíta... se me ocurrió una. idea... iuuy, natural. Lo que no dicen mil palabras lo proclama victoriosamente una caricia. Si entre aquella semiosbcuridad, protegido por aquellos tupidos cendales aéreos, consiguiese y o a p r e t a r una manita ó me permitiese alguna osadía mayor sin encontrar resistencia... no cabía duda; ¿qué respuesta más clara podía obtener? Busqué, pues, á Andreíta éntrelas gasas que espesaban gradualmente. Su bulto, entrevisto un momento, se me ocultaba detrás de los viejos troncos. Su traje color perla se confundía con la nebulosidady se perdía en medio de ella. Andando abulto y, orientándome sin ver, hubo un momento en que de pronto me tropecé casi con el cuerpo de Andreíta, mientras repetía su nombre. Y. en el mismo instante tropecé y di también con el de mi rival, porque acababan de reunirse los dos; ella se había vuelto, y él la tenía entre sus brazos. -No sé lo que sentí. Fué un vértigo de locura. Eché á correr despavorido como el que encuentra de repente el cuerpo de un hombre asesinado... Seguí huyendo; á campo traviesa; regresé al pueblo á pie por sendas extraviadas... Y al otro día mfe marché sin despedirme de nadie. Ahí tienes... ¿Y llama usted insignificancia á lo del abrazo? -No, á la niebla... que fué la causa de todo. Porque más adelante supe que Andreíta, oyendo mi voz, me confundió con Luaces... así, al pronto, en su mismo aturdimiento y confusión... y como yo desaparecí... el error no pudo deshacerse. LA CONDESA DE PARDO BAZAN DIBUJ- S DE MÉNDEZ BiUNCiA