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tra dicha ó desdicha momentáneas penden de esas fruslerías: de la ventana que cierra mal, de la puerta que nos coge los dedos, del plato soso ó muy salado, del zapato que aprieta y de la llave que se ha perdido... El solterón guiñó los ojos picaresca y melaneólica- refinamientos. La nieve, fina, blanda, de fantástica levidad, caía sin prisa, y la veíamos al través de los vidrios, con lo cual se aumentaba esa extraña y dulce sensación de seguridad y egoísmo característica del invierno en interior lujoso. Lo único que le faltaba al mente, y se llegó un poco más á la chimenea rutllantéí Disparadas chispezuelas saltaban de los lefios, y el crujido seco y deleitoso del arder era lo único que se oía en la estancia, admirablemente enguatada y resguardada del frío con toda clase de ingeniosos bienestar de! viejo era un orbito le té muy caliente, en delicada taza nipona, y se lo serví con las rSiies de pan, retorcidas como barquillos de puro delgadas y sutiles. Al deshacérsele en la boca la tercera ó cuarta róíie empapada, murmuro: