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LA VIDA VIENESA p N EL ALTAR DE SANTA La elegancia y la gracia ELISABETH vieüesas reuniéronse para elevar ese monumento á- -la Reina mártir, á la desventurada Elisabeth, y es tan modesto que encanta, y es tan sencillo que atrae. ¡Infeliz Elisabeth! Ella fué la víctima postrera de esa leyenda que casti, J: a implacable á los Hapsbour os, Icyenáa que ella misma quiso escribir un día en versos suaves, sentidos y resignados. Es un cuervo el ave de mal agüero que se presenta á los individuos de la augusi. a familia momentos antes de las grandes catástrofes, y un cuervo fué el que acarició con sus alas los cabellos de aquella archiduquesa que pereció íibrasada, y un cuervo voló por los tejados de Mayerling el día del asesinato del archiduque Rodolfo, y un cuervo fué siguiendo el coche de la archiduquesa María Cristina cuando ésta abandonaba Viena para entrar en la corte de España, y un cuervo, en fin, arrebató 00: 1 su pico un pedazo de la fruta que en el campo mordis ¡ueaba una tarde la Reina inconuolivble, horas antes de caer mortalmente herida bajo el puñal de un asesine. Yo he buscado en este monumento erigido á la memoria de Santa Elisabeth el cuervo agorero, el pájaro nefasto que persigue á los Hapsbourgos, pero el mármol aparece limpio de alegorías. El artista no ha querido evocar la leyenda. ¡Y si vierais cuánto impresiona esta blanca figura de mujer, grácil y aiiosa, recibiendo el frío beso de la luna tn el silencio de la noche sombría y callada... Aquí, en presencia de la piedra helada, evocamos sin querer toda la vida de esta mujer sin ventura, que se unió á un Rey locamente enamorada y sufrió las más espantosas humillaciones, siendo tres veces escarnecida: como Reina, como mujer y como madre. Sí... Aquí evocamos el recuerdo de la niña gentil que á los diez y seis años ocupó un trono... La vemos madre de dos pequeñueios, jugar con ellos, revolcándose sobre las alfombras, correteando, riendo, niña ella también. Cuando sus damas de honor, esas insoportables viejas de la corte austríaca, iban á imponerla el suplicio de la. etiqueta, la joven Reina estaba cantando á siis hijos, acunándolos para que durmieran ó velando su sueño s i s e encontraban enfermos. ¡Oh, qué incorrección! -gritaban consternadas las viejas cortesanas de ia corte de Astria, que todavía siguen pintándose venas azuladas á través de las mejillas para hacer creer á las gentes el infundio de la sangre azul La Reina se vengaba como podía. Artista de vocación decidida, dibujaba sangrientas caricaturas, que ponían en ridículo á los cortesanos, á los ministros, á los políticos... Y la ciudad de Viena, que adoraba á la Reina, reía á carcajadas. Odiábanla los cortesanos, odiábanla los políticos, la burocracia oficial odiábala también. ¿Pues qué? ¿La iban á perdonar sus impulsos generosos? Cuando se presentaba inopinadamente en un asilo, en un hospital, en una cárceil, caían sobre ella las maldiciones del elemento oficial... y las bendiciones délos desventurados, que veían en la Reina un ángel que el cíelo los enviaba. Pero la corte, sin embargo, quería imitarla, copiar sus movimientos, su elegancia y su gracia... Al saberse que Elisabeth tocaba la züker, la guitarra tirolesa de melancólicos acordes, y que cantaba, acompañándose ella misma, las poéticas estrofas del Tiro! todas las señoras en Viena y en Pesth dedicáronse á tocar la zithery á cantar tirolesas. Y si una noche paseábase á la luz de la luna por el lago de Traun, entonando canciones y arrancando lamentos ala zither, al siguiente día las damas de la corte, llevándose las manos consternadas á las nwmentales cabelleras, exclamaban; ¡Oh, qué incorrección! Porque la persiguieron coa las leyes inexoiabi a de la etiqueta, querían reglamentaria la alegría y el dolor, se propusieron martirizarla. A la muerte de uno de sus pequeñueios, la joven Reina, loca de desesperación, corrió á encerrar su duelo en el solitario castillo de Laxenbourg, y apenas puso el pie en los umbrales de las puertas, un perrazo enorme la saltó al cuello... Era el compañero fiel oue la había seguido en sus correrías de amazona QurauLe sus días de sol- MONUMRNTO DE LA EMPERATRIZ ELISABETH tera, y la pobre Reina, abrazándose al cuello del Terranova, sollozó largo rato... En medio de la brillante corte sólo aquel perro comprendía su dolor, pues las damas honorables se santiguaban espantadas murmurando: ¡Oh, qué incorrección! Peregrinos de apartadas regiones vienen á besar el mármol que perpetúa en medio de la ciudad imperial la memoria de la Reina mártir. No pasaréis por delante de) monumento una sola vez sin ver que un transeúnte, una modistilla, un obrero arrojan á las gradas un houqtiel. Peregrino también de lejanas tierras, yo no he querido abandonar la ciudad del desenfreno y la locura sin venir á depositar á los pies de esta santa, tres veces escarnecida: como Reina, como mujer y como madre, la ofrenda de una flor y una oración... JOSÉ JUAN CADENAS