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EL MANCO Y LA PULGA TruMBADO á la bartola sobre el césped, á la grata sombra de los árboles dulcemente nicvidos por un vente cilio suave y deleitoso, hallábame en uno de esos momentos cercanos á la verdadera felicidad. Era en un rincón del Retiro, predilecto de las parejas enamoradas; á espaldas del bullicio de la frivola y ilegante muchedumbre; frente á la llanura donde van extendiéndose lentamente las modestas colonias de los vecinos pueblos. La soledad de aquel paraje y la calma de la tarde fueron apoderándose de mí hasta llegar á hacerme suyo. Ningún deseo agitaba mi corazón, ni mi frente se obscurecía al paso del más ligero pensamiento... Mas he aauí que, de pronto, cesó mi felicidad al solo anuncio de la ajena desventura... ¿Es el deseo de auxiliar al prójimo, ó es el temor del propio peligro lo que nos pone alerta cuando nos creemos alejados del mundo? Sea por el individuo ó por la especie, lo que en nosotros hay de humano despierta de su sueño cuando una voz extraña reclama la ayuda que necesita... Así yo entonces volví á la vida asustado, y abandonando instintivamente mí refugio dispúseme á inquirir la causa del trastorno. Eran unas voces angustiosas que sonaban n a lejos de aquel sitio. Voces de queja, de dolor y de rabia á un mismo tiempo; voces de alguien caído, sin duda, en un peligro que no podía vencer con sus propias fuerza, ¡Dios mío. Dios mío... ¿No habrá quien me so- corra... ¡No puedo más! No tardé en encontrarme junto al hombre que se quejaba, al que hallé revolcándose en el suelo, junto á un árbol. Tenía la cara encendida, la boca espumeante, saltones los ojos, nublados por las lágrimas, y el pelo alborotado. Sur ropas estaban en desorden y su sombrero á regular distancia. Irguióse al verme, dirigiéndome una mirada suplicante. Entonces observé que era manco de ambos brazos. ¿Qué le ocurre? ¿Qué tiene? -Caballero- -me dijo, -el favor que voy á pedirle es un poco ridículo, y, sin embargo, se lO agradeceré tanto como si me salvara la vida... ¡Me está martirizando una pulga por la espalda, y y a ve usted que no me puedo valer! Quédeme un poco perplejo al escucharle; mas comprendiendo al punto su martirio, me acerqué solícito y sonriente á librarle de aquel monstruo, Con el amor y la humildad de aquellos santos que á los pobres y á los enfermos tendieron sus di- vinas manos para curarles, le quité la chaqueta, k desabroché el chaleco y la camisay lancé mis ojos y mis dedos por sus espaldas, que estaban, á decir verdad, plagadas de ronchas. No tardé en descubrir la pulga, que empezó á dar saltos violentos en cuanto sospechó mis intenciones... Como si fuera capaz de escuchariné y de comprenderme, la dije con verdadera indignación: ¡Esto es una canallada... ¡Picar á u n p o b r e manco, valiéndote de que no puede defenderse! ¡0 h sorpresa... Como en tiempos de losfabulistas, la pulga habló y me dijo, mirándome desde el cuello de su víctima: ¡Has dicho una tontería... No hago más que imitar vuestro ejemplo... ¿No procuráis también los. hombres vivir con el menor riesgo posible... Además, aunque prefiero los mancos, tampoco me asustan los que tienen buenas uñas... Voy ádemostrártelo. ¡Y desapareció! No tuve tiempo de admirarme, porque en seguida la sentí sobre mi cuerpo. Tan furiosa estaba, qne al poco rato me puse tan angustiado como mi compañero, y tuve que repetir conmigo la caritativa acción que aca, baba de realizar en él. ¡Oh debilidad del corazón humano... ¡El manco se reía de mis apuros... Desde entonces, siempre que trato de apartar al prójimo de un peligro, medito un poco antes de decidirme, y procuro tomar mis precauciones... Lo que me va alejando, cada vez más, de la cruz de Benefícencia... ANTONIO PALOMERO. DIBUJO DE MEDINA VERA P