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s e j a acercó en toda la noche. I a ración d e J Í? fué buena. -Tan buena como las que despacha su padre en Madrid. -Pero ¿esta P u n t a es ia nijji de Calle, el dueño de la célebre repostería... C l a r o que sí. Aquí no vienen, más que horteras enriquecidas. I a amena conversación continúa, y tan sólo cambia de motivo cuando es otra la víctima. Si por frente al corro cruza alguna familia colonial... ¡se ha caído la familia... Serán sus individuos muy cortésmente saludados por las murmuradoras; pero apenas aquellos se alejen diez pasos la tijera entrará en funciones y... más les valiera no haber salido de casa. A más de estos corros de señoras ítgancho y abiija, existen en el lugar otros centros de murmuración. lyOS hombres graves suelen reunirse en algún comercio del pueblo ó en la rebotica del farmacéutico, y allí disparan bala rasa contra todo el mundo. Los chistes que de aquel conciliábulo salen, suelen ser terribles. Allí se ponen á discusión los más escabrosos temas y se ataca de modo sangriento á las señoras casadas, á las señoritas solteras y á las viudas en buen estado. De mujeres y de juego es de lo que más se charla. I, as peripecias del bacarrat san jocosamente comentadas. -Anoche le dieron á Antúnez quince pases favorables- -dice un contertulio. ¿Quince pases... No me choca- -añade el boticario, haciendo un chiste taurino á costa del pobre Antúnez. A estas reuniones de la rebotica suele asistir siemDre un señor, famoso por su mala lengua y por el atrevimiento y descoco que en sus críticas pone. En torno de s fresco se forma el corro, y ¡vengan barbaridades con gracia. Afortunadamente para los murmuradores veraniegos jamás faltan temas á los q e sacarles ptmta. ¿En qué fo í) z? a no hay señoritas que canten Bohemia, bailen sevillanas ó trabajen en alguna funcioncita de aficionados? Tras una de estas fiestas, y durante ellas, la tijera colonial no descansa. Cuando alguna familia veraneante se decide y da en su villa una verbena, un bailecito ó una kermesse, no sabe el- -No le compadezcas. Estoy seguro de que se ha íavor que presta á los maldicientes. Y realmente hay muerto por no tener que sacar el palco para la bece motivo de risa en estos guateques sin pretensiones rrada... ¡El año pasado hizo lo mismo... (como dice siempre la señora déla casa) y en los que Tablean. i. uis DE TAPIA. se ponen en ridículo los que invitan, los qixe trabajan y h? sta los que asisten... Y no hay medio de evitar estas muraiuraciones. Todos tenemos la culpa de que se hable mal de nosotros. Cuando nos reunimos con los demás no kácemos más que hablar bien de nosotros mismos. Ponemos un especial cuidado en dar á entender que somos perfectos, que vivimos desahogadamente, que hemos viajado mucho, que gozamos de perfecta educación... Tanto exageramos la nota, que producimos en los que nos escuchan cierto deseo de venganza, y apenas nos apartamos de ellos... ¡ya la tenemos encima... La manía de presumir perjudica á estos modestos veraneantes. Unos presumen porque su apellido es igual al de algún político ó banquero de fama. S e dejan tomar por parientes del personaje, y, generalmente, no hay tal parentesco. Otros presumen de riqueza, y hacen ver que en la corte viven espléndidamente. Rara es la familia colonial que no ha estado abonada al Español todo el invierno. Si tal cantidad de abonos fuese cierta... ¡menudo tamaño tendría que tener el coliseo de la plaza de Santa Ana... La vanidad está muy bien castigada con la murmuración. Y aunque es verdad que los de la tijera suelen mil veces meter la pata, su papel es útil en estas sociedades de verano y en muchas de invierno. El que se moleste porque de él murmuren, pierde lastimosamente el tiempo. Además, no hay manera de evitarlo. El traje que se usa, el rasgo fisonómico saliente, el color de la cara, la forma del cuerpo, todo puede dar lugar á una frase ingeniosa, á un chiste sangriento, á un o á bien puesto. Ni muriéndose se ve uno libre de maldicientes. Y en prueba de ello, y para acabar estos renglones, voy á referir á ustedes un caso: Veraneaba yo hace años en cierta coLoma serrana. Las muchachas y muchachos habían organizado una corrida de becerros á favor de los pobres. Durante los preparativos un avaro industrial, que allí era antiguo veraneante, murió de un cólico nefrítico. ¿Creen ustedes que ante su muerte se detuvo la tijera... Pues nada de eso. Yo sorprendí á dos futuros lidiadores hablando del caso, y uno de ellos le decía al otro: DIBUJOS DE SANCHA