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TjJEVkA fo trata de una gran repatriados. N Lasetijera colonial parece, sastrería pararótulo anunen efecto, el ciador de un almacén de ropas hechas. Pero no haj- tal ropa. Cg l, HtHl hay que decir de los que nos rodean, está dicho en dos minutos. En cambio, el ridículo de que todos vamos acompañados es manantial inagotable para la charla ingeniosa. Quedamos, pues, en que la murmuración no es cosa mala. Eo malo es murmurar sin gracia ó con intención dañina. En las estaciones veraniegas, todo el mundo murmura. Las mujeres son siempre las acusadas de este terrible defecto, pero ¡hay que ver á los hombres! En muchos asuntos de la vida sucede esto mismo. Los hombres se adelantan áacusar alas mujeres para que la atención resbale y no caiga sobre ellos. No hay un s, 1o señor que no tache á las mujeres de presumidas. Y sin embargo, yo conozco á muchos caballeros qiie cuando marchan por la caliese miran en las lunas de los escaparates para cerciorarse, á cada paso de lo ¿ónZ íw que van... Pero no divaguemos, y conste que hombres y mujeres manejan la tijera colonial con el mismo placer. Eas señoras suelen reuiíirse en algún rincón agradable del pueblo, y allí, con pretexto de hacer labor, se despachan á su gusto. ¡Valiente labor es la que se traen... ¡Encaje puro... Una por una van pasando revista á todas las que no están en su corro... ¡Ay de la que falta... En estas laboriosas tertulias se comentan todos los acontecimientos pasados y futuros. Se habla del baile de la noche anterior y de la excursión preparada para el día siguiente. La charla empieza siempre por alabarlo todo. ¡Qué mona estaba anoche en el Casino la chica de Gutiérrez! -dice una cualquiera de las del grupo. -Sí- -contesta otra. -Ese vestido ya lo trajo el año pasado. Se le han arreglado con vcnos, eiitredoses i e encaje de Irlanda, pero de forma va estando ya un poco anticuado... -La que iba hecha una lástima- -agrega una amiga caritativa- -era Purita Calle. ¡Pobrecita! Parece que la visten sus enemigos. -Pues enemigos debe tener muchos, porque nadie Es decir; hay magníficos cortes de trajes á la medida de los veraneantes. Porque la tijera á que me refiero es la que llevan guardada dentro del estuche carnoso de sus bocas todos los que veranean. Más que tijera, es lo que los gitanos llaman la imii. O sea la lengua. Que es el único órgano que no descansa durante el verano. Por regla general, salimos de Madrid con el decidido propósito de dar reposo á nuestros fatigados miembros. Y procuramos, efectivamente, dárselo. Veraneante hay que se sienta á primeros de Julio en una mecedora y en ella le sorprende el mes de Octubre sin haber liecho otra cosa que balancearse suavemente. Por no mover un solo dedo hay quien daría una fortuna. Pero la lengua es imposible tenerla quieta en estos lugares en los que las gentes se reúnen en colo 7ii a para destrozarse mutuamente. Y si no para destrozarse, por lo menos para hacerse unos cuantos chistes entre sí. En los balnearios, en las playas y, sobre todo, en los pueblos serranos, próximos á la corte, la tijera corre que es un primor. Ustedes habrán oído decir que en la sierra los arroyos y las fuentes son murmuradores... ¡No lo crean ustedes. Eos que son murmuradores son los que en estío vienen á sitios tales. Y hacen bien en murmurar. Porque la maledicencia es una cosa muy fea, pero que entretiene mucho. Si la conversación se redujese á hablar bien de las gentes, duraría muv breves momentos. Eo bueno que