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H. t i- j ENDIDO sobre ambas márgenes del arroyo, sirviendo de rústico puente, hay un madero carcomido por la humedad y por los años. Pepito lo ve, corre á pasar el puente, y en cuanto ha idado tres pasos, comienza á palidecer, titubea, se llena su pobre corazón de terrible pánico. Bien quisiera él pasar por el puente, pero el pavor se lo impide; y me mira perplejo... -No te acobardes- -le grito yo entonces, -ten ánimo y pasa el puente. F e r o si me cayera... -murmura Pepito. -Si te cayeras, ¿qué podría ocurrirte? Ven acá, muchacho, y guarda en tu cerebro esta máxima, que quisiera hincártela con un martillo: En el mundo no hay nada que se salve sin el concurso del valor. -Pero si me cayera... -sigue diciendo Pepito con obstinación, -Aunque llegases á caerte, ¿acaso te sobrevendría una desgracia irremediable? Y en último extremo, d e ti depende el evitar la caída: pon toda tu atención en esa magna empresa de pasar el puente; reúne todas tus facultades de atención, de maña y de valentía, y lánzate á la obra decididamente. ¿Qué podrá ocurrirte, aun, suponiendo que la fortuna te falte? Lo más que puede ocurrirte es que te caigas. -Pero me haré daño si me caigo. -Pues eso, precisamente eso necesitas aprender: desafiar y reírte del dolor. Oye, Pepito, había eri la antigüedad unos hombres que á sí mismos se llamaban estoicos; pues bien, estos hombres singulares llegaron á tal punto en su fortaleza moral, que podían retar al infortunio impunemente. Habían endurecido sus cuerpos y endurecido su voluntad, de manera que el dolor no podía causarles mella ni en la carne ni en el espíritu: eran, por consiguiente, invulnerables. Si uniéramos aquella fortaleza varonil y virtuosa de los estoicos, con algo de la agilidad mental de los hombres modernos, y con otro algo de alegría, habríamos fabricado al hombre del porvenir. Porque en el porvenir, los hombres serán ágiles, valerosos, austeros y á la vez alegres... Ea, Pepito, pasa el puente, aunque te expongas á caer. -Pero si me muriese al caer... -El morirse, amigo Pepito, no es lo peor que á una persona le puede ocurrir; lo peor y lo inaudito, lo desesperante, et vivir esclavo del miedo, vivir temiendo á la muerte. Porque entonces, el vivir no es vivir, sino permanecer dentro de la muerte. Es una muerte previa. Todavía es más, puesto que la muerte sabemos que es insensible, mientras que si vivimos dentro de la muerte, sufriremos á toda hora la sensación de que estamos muriéndonos. Lo que importa es vivir bien, á nuestro gusto, sin pensar en la muerte. Y para vivir de este modo, lo primero que necesitamos poseer es el valor... Pasa el puente, Pepito. Y Pepito, en efecto, dando tres briosos brincos, ha pasado el rústico puente. Desde la otra margen del arroyo, Pepito lanza la gorra al aire, gritando con todas sus fuerzas: ¡Viva el valor! JOSÉ M. a SALAVERRIA -JIBIIJO DE REGIDOR-