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sus más altos picachos; á la derecha, el río, que fertiliza con sus turbias aguas las huertas que extienden sus cuadros de berzas, coles y lombardas, y en lo alto, Madrid, con su caserío pardo, los tejados de un rojo sucio, los campanarios de sus innumerables iglesias, sobre los cuales yérguense la rosada torre de Santa Cruz y la cúpula de San Francisco el Grande, y á la izquierda, la pradera de San Isidro y la fila de cementerios aristocráticos, poblados de monumentos funerarios de blancos mármoles y dorados bronces, que lanzan destellos al herirlos el sol. El señor Pedro y Petrita hacían muy buenas migas, porque como Candelas es costurera y tiene una clientela que la proporciona trabajo durante la mayor parte del año, para poco en casa, y tuvo aquél que cuidar de la niña desde que salió de la lactancia, ya hacía de eso sus siete años corridos. A su lado estaba sentada en el suelo ó en su butaquita cuando aún no sabía andar, y si lloraba, cogíala en sus brazos, adormeciéndola con cadenciosos vaivenes y arrullando su sueño con canciones fantásticas de ritmo primitivo. Y no es que Candelas no quisiera á su nena; ya le resarcia al volver por la tarde; ¡qué de besos entonces! ¡Qué gritos de alegría de la pequeña al verse halagada y festejada por su madre! Cuando, pasado el tiempo, la nena empezó á andar y sus labios fueron pronunciando palabras, el zapatero y Petrita intimaron más. Ella le contaba los disgustos que las muñecas la proporcionaban con sus travesuras, y él la refería cuentos maravillosos, en que siempre eran los protagonistas una niña buena, obediente y bien educada, y unos padres que la compraban juguetes y golosinas. Pues ¿qué diremos de los puros goces de los domingos y días festivos, en que vestidos los tres con los trapitos de cristianar, llevando Candelas al brazo la cestita con la merienda y el señor Pedro á la niña de la mano, se iban al campo, volviendo ya tarde, molidos por causa del largo paseo y por la fatiga que el sol y el aire libre producen á los que por costumbre nc disfrutan de ellos frecuentemente? Así daba gusto. ¿Qué importaba reventarse á trabajar y pasar en vela las más de las noches terminando la tarea, siempre apremiante, si eso se traducía en comodidades para la nena y en el mantón de fleco, en la blusa nueva ó en los peinecillos de moda para Candelas? Y, aparte de que ella ganaba diez ó doce reales diarios durante casi todo el año, con cuya ayuda la casa iba saliendo adelante, había que hacerse cargo de que era joven y de que son muy raras las que, teniendo su garbo y su palmito, no gustan de adornos y perifollos. 1,0 que ella decía: ¿Qué daño hace una á nadie yendo arreglada y decente? A más de que la que tiene que alternar con señoras debe presentarse bien y no ir hecha una zarrapastrosa. Tratábase, después de todo, de una mujer honrada, formal, trabajadora, ala que nunca cogió en un renuncio; que no se retrasaba en la hora de volver á casa, y, en las raras veces que esto ocurriera, siempre fué por razones de peso, que él hubiera podido comprobar si de ello tuviese gana. Poca pena le había causado á la pobre el compromiso contraído con la condesa de G- uiomar de dedicarle esa fiesta, dejando á su Pedro y á la niña ir solos á pasar el día en Leganés, mientras ella se quedaba terminando un vestido que esa señora necesitaba para aquella noche! ¡Si no fuera por que era una de sus mejores parroquianas... ¿A que no adivinas en quién estoy pensando, Petrita? ¿A que lo adivino? -Dimelo. -En madre. -Lo acertaste. ¡Con lo que le gusta á ella el campo... ¡V hoy que hace una tarde tan lennosa! -Por eso le estoy haciendo un ramito con estas flores; así verá madre que nos hemos acordado de ella. -Tienes razón, nena; yo te ayudaré. Y uniendo la acción á la palabra, empezó el señor Pedro á coger amapolas y margaritas, que entregaba á su hija, á fin de que ésta formase con ellas el ramo. Llegaron, por fin, á la pradera del Corregidor, en donde estaba la fiesta en su apogeo. Los caballitos del Tío- Vivo galopaban desenfrenadamente al compás del organillo instalado en el interior del establecimiento; los columpios, sin darse punto de reposo en sus vaivenes, coreados por los chillidos de las Meneí ildas aficionadas á estas emociones fuertes; los corros compactos, dentro de los cuales saltan y brincan y gozan los bailarines al monótono son de la dulzaina y el tamboril, riendo el chiste de un galán que acierta en uno de sus giros á levantar con la punta de su pie lafalda de la dama. Petrita eligió el Tío- Vnjo que fué más de su agrado, y, sentada en una carroza, de ia que tiraban cuatro violentísimos hipógrifos, estuvo todo el tiempo que dieron de sí los veinticinco céntimos que su padre destinó á ese placer. í altaba el último número del programa, el refrigerio, y pasaron padre é hija revista á todos los merenderos que hay en la Fuente de la Teja, desde el lujoso que tiene salón de baile y organillo á todo trapo, hasta el modesto que sólo saca á la carretera un par de mesas mugrientas y desvencijadas! En ninguna parte había sitio para ellos, por lo que el señor Pedro atravesó el río por el Puente Verde y fuese á probar fortuna en el camino de San Antonio de la Florida. Allí, j u n t o al balcón del piso alto de un merendero con honores de café, vieron una mesa libre y se apresuraron á ocuparla. Acudió el mozo á tomar órdenes, y, mientras tanto, Petrita asomóse al balcón, contemplando la carretera. Era ya la hora en que el regreso comienza, y la gente de la Fuente de la Teja, unida á la que venía de los Viveros y de la Florida, dirigíase á tomar los tranvías que les condujeran á Madrid, pugnando todos por subir en el primero que delante de sí veían. Los más, en grupos numerosos, iban á píe, cantando el tango de moda á grito herido; algunos entonaban alegres jotas, acompañados por el rasgueo de una guitarra; los automóviles, sonando las roncas bocinas; los ómnibus con el cascabeleo de las colleras de sus flacas cabalgaduras, hacían un ruido infernal, á que se sumaban los silbidos estridentes del tranvía de El Pardo y los de los trenes que á cada moiuento cruzan por el vecino paso á nivel. El espectáculo no carecía de encanto, y justificaba la aíencióri con que Petrita y su padre lo contemplaban De pronto, instintivamente, dio la niña un grito de alegría, y señaló una mañuela que, al trote cansino del rocín, pasaba por delante de ellos. ¡Mamá! ¿Qué dices? -exclamó el señor Pedro, echando el cuerpo fuera del balcón para seguir con la mirada la dirección que la niña indicara, y poniéndose más blanco que el papel al ver en el coche una mujer y un hombre en animado coloquio y muy amartelados. Dio un grito ronco y volvióse hacia su hija, que, al mirar su cara descompuesta, haciendo esfuerzos por aparentar una convicción que no sentía, y con una naturalidad impropia de sus pocos años, dijo: ¡Si seré tonta! ¡Pues no he confundido á esa mujer con madre, cuando la pobrecita está trabajando hoy! ¡Esa mujer era más gruesa que madre y tenía el pelo rubio, no como madre, que lo tiene negro! El señor Pedro, silencioso, se dejó caer en el asiento, y dos lagrimones, rodando por sus mejillas, fueron á perderse entre el áspero bigote. G. ANTHONY DIBUJOS DE MÉNDEZ QRINGA