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de Júbilo, y brillándole de alegría los negros ojazos, aprobó Petrita el programa de su padre, parados ambos junto al fielato del Puente de Toledo, donde acababan de apearse del tranvía de Leganés. ¡Cuidado que lo pasó bien la niña! Por la mañana, después de una larga espera en la plaza de la Cebada, cogjeron el eléctrico que les llevó al pueblo vecino, pasando antes por los Carabancheles. Petrita, arrodillada en el asiento al lado de su padre, miraba las tiendas de la calle de Toledo; la Fuentecilla adornada con aquella caricatura de animales pertenecientes á tina fauna de ensueño; más abajo, el Matadero, tranquilo á aquella hora, exhalando un tufillo de carne muerta y a oo atrasaüo; después, la puerca de piedra, Después ya no vio Petrita más cosas, por- sítie la dolían las rodillas por causa de la dureza de la banqueta, y sentóse al lado de su padre, á quien empezó á preguntar noticias de las personas á quienes juntos iban á visitar. jY poco que jugaría ella con los hijos del señor Juan el Cordobés! Unos niños felices, que contaban para su recreo y esparcimiento con un corral lleno de gallinas y conejos, en el que todos los juegos eran posibles y divertidos, no como le sucedía á ella en Madrid, siempre en el encierro de la tienda ó, todo lo más, sentada á la puerta de la calle en su sillita baja, la muñeca en los brazos, mirando jugar á los chiquillos, que üeiieu por campu de operaciones lo amazacotada y fea, y luego, la pendiente rápida que baja al puente, demasiado estrecho para el tránsito que soporta, en donde hubo de detenerse el tranvía, á fin de no arrollar el rebaño de ovejas negruzcas que, entre una n. ube de polvo, pasaba, escoltado por hn pastor, dos zagales y dos mastines. Antes de salir del puente, nueva parada; un entierro que desarrollaba la teoría de sus coches, dentro de los cuales unos señores, de luto vestidos, iban fumando con aire de aburrimiento, como personas á quienes las conveniencias obligan á madrugar más de lo acostumbrado y á exhibirse engalanados- -vamos al decir- -con una indumentaria que el brillo del sol, la clara luz de la mañana, el azul del cielo y los alegres tonos verdes de los sembrados y huertas que baña el rio, hacen desentonada y exótica. que sólo debía servir para el tránsito de personas y de coches. Pero estos bellos planes no se pudieron realizar, porque, llegados á Leganés, les enteró el señor J u a n el Cordobés de que sus tres hijos tenían el sarampión, y hubo que salir más que á paso y tomar de nuevo el camino de la corte. Y he aquí por qué razón el señor Pedro, honrado maestro de obra prima, después de haber almorzado con su hija en un merendero de Carabanchel Bajo, estaba haciendo el programa de festejos, parados ambos junto al fielato del Puente de Toledo, donde el tranvía les depositara momentos- antes. Dicho y hecho; muy cogidos de la mano encamináronse carretera adelante, mirando al frente el panorama espléndido de la sierra, cubiertos aún de nieve