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f ÍS. tltlÉíí n- lili i IGLESIA DE SAN PEDRO DE CÁRDENA En las paredes laterales de la capilla descansan, según afirman sendas cartelas, D. Ramiro, rey de Navarra, y D. Sancho, rey de lyeón, yernos del Cid, y las hijas de éste, doña Elvira y doña María Sol; los padres del Campeador, doña Teresa y D. Diego Eáinez; su primo Alvar Yáñez de Minaya, su hermano bastardo Fernando Díaz, y asi hasta veintiséis parientes con sus veintiséis escudos en veintiséis urnas sepulcrales. Pero es lo cierto que los restos delCid y de doña Jimena no están ya en aquel panteón, y así pudiera ser que también fuese huera la gloria de las urnas familiares. Al capuchino francés que nos acompaña no parece importarle gran cosa este problema postumo. Pero cuando salimos tristemente de la reedificada y vulgar iglesia nos enseña el buen padre, lleno de emoción, una gruta artificial de l ourdes, que en la explanada de la iglesia han construido sus hermanos. ¡I inda gruta, en verdad, para admirada en San Pedro de Cárdena! Orgulloso de nuestra sorpresa, nos refiere en patois cómo una de las noches anteriores contrahizo la comunidad esa hermosa procesión con antorchas, que es uno de los cultos más dovotos y encantadores de Lourdes. Bajaba mos por aquella rampa (la de los arbustos retorcidos) dice entonando el Santo Rosario... y, maldita imaginación la m í a he aquí que de pronto dejo de oír al piadoso frailé y salta mi memoria al cuarto de Díaz de Mendoza en el teatro Español, inmediato al saloncillo. Se estrenaba el hermoso drama Las hijas del Cid, de Marquina. Yo acudí á felicitar á Mendoza. Tenía la luenga barba característica del Campeador recogida en un nudo. Fumaba Fernando un cigarrillo. Su ayuda de cámara, francés, Fierre ¿se llama Fierre? no quisiera agraviarle, y suplico á mi excelente amigo D. Ramón Soriano, que está en España, me resuelva este nombre) le ceñía á las piernas las cuerdas de las abarcas, pues el bravo guerrero iba á disfrazarse de mendigo por exigencias del poeta y para que no le conociesen sus hijas doña Elvira y doña Sol. Alguna duda surgió entre el famoso actor y su ayuda de cámara, porque dialogaron vivamente y en francés, como es natural siendo ésta la nacionalidad del criado. Después me dio Mendoza un cigarrillo, se soltó la barba de Cid... y volví á oir al fraile, que ya en su lengua natal, desatada por el entusiasmo, nos refería el momento en que la comunidad, á la luz de las antorchas, llegó ante la gruta de Lourdes. ¡Adiós, San Pedro de Cardenal Desencantado país de nuestras leyendas heroicas. ¡Si siquiera me, hubiese sido dable encontrar los dos olmos que señalan, según la tradición, el sitio donde yacen los restos de Babieca! El sol va declinando, el cierzo redobla su coraje. Ha conseguido ya empujar por el cielo nubes que la luz muriente tiñe dé intenso color morado, como verdugones hechos á tralla. Pero qué hermosos contrastes del anochecer! Siguiendo la huella del sol, se extiende una finísima nube de malla de oro sutil y quebradiza, semejante a un velo de ensueño. En el Septentrión las nubes cárdenas; en el Poniente la trama áurea de la leyenda. ¡Cierzo, azota nuestros cuerpos y nuestros espíritus hasta que se llenen de verdugones; pero no deshagas ese dorado velo de ensueño, deja que lo contemplen nuestros ojos mientras dure el día en el cielo de España! He contado lo que he visto una tarde de furioso Nordeste castellano. JOSÉ DE R O Ü R E DIBUJOS DE MEDINA YElíA y