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IMPRESIONES VERANIEGAS CAN PEDRO DE CARDFÑA El viento Nordeste, furioso, alza remolinos de polvo en la carretera y golpea el coche. No parecen los suyos bríos de viento, sino de brazo varonil y robusto. Apenas consiguen defendernos de su violencia los cerros por cuyas ¡aderas trepa el camino, no á pecho libre, sino como procurando esconderse de tal cólera. Cae el Nordeste desde lo alto de los cerros, bramador y tajante, abatiendo las mieses, doblando los árboles; más que fuerza de la Naturaleza, pasión de! alma; más que vendaval, Aquiles ú Ótelo. ¡Salud, cierzo locamente salvaje de las mesetas castellanas; tú, que haces resonar las planicies inmensas, estremeciendo su soledad con tu alarido, mientras un sol abrasador é indiferente cruza la paz del cielo, sin dignarse difumar con sus rayos las nubes que por el Septentrión alzas como espumarajos de tu cólera! ¡Salud, rebelde, eterno rebelde, que enmarañas y ensortijas la mies opulenta, donde el hombre ha puesto sus afanes; que desbandas el rebaño, sujetando con tus brazos al pastorzuelo que lo guarda; que arrancas al árbol ayes de sus raíces más hondas, y que llenas, en fin, de tu soberbia la tierra, mientras el sol camina indiferente por el cielo! Yo ignoro el por qué de tus violencias, y no puedo explicarme la utilidad de tus cóleras; creo, sin embargo, que es hermosa tu rebeldía, y que en tu épico clamor suena el romance de las tierras trágicas, substentadoras de hombres vestidos, de. hierro, y en cuyos cuerpos se confundía la cálida humedad del sudor y la sangre. Batidos sin tregua por tu furia, vamos subiendo lentamente al descampado de Cárdena, á la planicie de los héroes legendarios, donde descansaba el Cid de las fatigas del guerrear y el vencer, aspirando de tu aliento nuevos bríos para nuevas hazañas. ¡Mal podrían detenerle las débiles voces de Jimena y de sus hijas, 03 endo tu clamor de arrebato y viendo cómo tu cólera sojuzgaba todo lo que en el haz de la tierra hacía sombra! Resguardado en el fondo del coche miro pasar ios árboles, doblados á tu embate; oigo tus triunfales alaridos, y tengo miedo de llegar á la alta meseta, en la que Rodrigo Díaz de Vivar se te hermanaba en sus descansos. ¡Ahora que nos asusta un gesto de Maura, épico cierzo! Por fortuna, las humildes y chatas casas de Cárdena nos amparan de tus violencias durante algún rato. ¡Cómo cansan la epopeya y el viento! Con gusto penetraría en una de e as casas con ventanucascasi secretas, donde los labradores se cuentan sus codicias, el techo sobre las cabezas y el flaco bolso empolvado en un escondrijo. En ellas no entrarás tú con tus guerreros sones ni tus gallardas soberbias; libre de ti, el labrador cazurro discurrirá en su ambiente de cueva el hábil modo de defender su bolso contra las exigencias del fisco, y en la perenne obscuridad de su hogar, ignorante del mundo, egoísta y devoto, amará por la carne, beberá por regalo supremo, é irá sintiendo el peso de la vida, sin que una sola vez le hable la voz del cierzo de nuestras glorias pasadas, de nuestras leyendas heroicas deshechas... ¡Y á cuántos senadores vitalicios, titulados opulentos y beatos, les pasará lo mismo en sus grandes palacios que á los labradores. cazurros en sus chatas casas de Cárdena! ¿Pero rio os agravia que unos campesinos, tan próximos á la leyenda, vivan esa vida humilde y egoísta entre adobes? No; lo terrible es que los adobes perduren y Rodrigo Díaz de Vivar no esté ya en San Pedro de Cárdena, ni siquiera en postreras cenizas, sino todo lo más como un sueño, como una pesadilla de las que pasan contando los clamores del cierzo. Pero no importa; subamos á lo alto; las ascensiones al ideal están llenas de tristeza, y no por la ira de los vendavales, sino por la quietad de los adobes. Subamos á lo alto. Si habéis sentido alguna vez sed en los ojos, mirad ahora y hartaos. Una gran extensión de tierra burgalesa se domina desde el altozano de Carcedo y las mieses que ya amarillean, agitadas fieramente por el viento, ondulan, se encrespan aquí y allá como en mareas vivas, ¡mareas vivas de oro! Hacia llevante alza su espalda azul la sierra de la Demanda y por. el Norte se acusa como en parda humareda la esteparia elevación de la Brújula. A vuestros pies se extiende un campo yermo en ei que asoman cráneos de rocas que el cierzo ha ido desenterrando con sus uñas incansables, y allá abajo, en un hundimiento del terreno, una gran masa de árboles en pelotón obscuro se queja del torcimiento y martirio de sus ramas. Allí está San Pedro de Cárdena; algunos instantes podéis ver amarillear su piedra entre la agitación confusa de los árboles. El coche se detiene y la crin de los caballos que jadean flota en el aire como iin velo deshilachado. Bajamos á pie por una rampa de arbustos retorcióos y henos ante el monumento de nuestras glorias muertas. Señala su ingreso un arco roto; la yedra se ha abrazado á él amorosamente con la piedad de un perenne epitafio. Ya estamos en la región encantada de la leyenda heroica. ¡Qué angustia oprime nuestro corazón ante la indiferencia de esa mole de ese muro conventual desde cuyas múltiples ventanas nadie ni nada nuestro nos mira, sólo el arco roto nos dice hermanos! Un fraile s a l e a nuestro encuentro. El cochero me advierte que pertenece á una comunidad de capuchinos expulsada de Francia, y, con efecto, ante el sepulcro del Cid, uno d e s ú s guardianes nos saluda en el castellano de las traducciones fáciles. Nos guía el buen padre hacia la iglesia, preguntándonos si hablamos el francés, y ante nuestra respuesta negativa por respeto á Ruy Díaz de Vivar, sigue el capuchino recreando nuestros oídos con su jerga. I a iglesia... Nada queda ya en ella de cómo la vieron los ojos del Cid, indiscretamente clara y iíctima de la vulgaridad de la cal; el misterio huyó de ella como el heroísmo de nuestros corazones blanqueados. A la derecha del altar mayor se abre la capilla de los reyes, condes éthistres varones, según dice enfáticamente un rótulo de su portada. Ocupa su centro el túmulo vacío de D. Rodrigo y doña Jimena, con dos estatuas yacentes, á las cuales la compasión de alguno ha rehecho en barro las facciones del rostro que más fácilmente pierden las estatuas. ¡Oh tú, terrible guerrero que ni vivo ni muerto permitiste mano sobre tu barba!